Otras miradas

Ante la ola reaccionaria: más feminismo, más derechos

Mireia Vehi

Portavoz de la Cup en el Congreso

Varias personas con carteles participan en una manifestación estudiantil feminista por el 8M, Día Internacional de la Mujer. -Jorge Gil / Europa Press
Varias personas con carteles participan en una manifestación estudiantil feminista por el 8M, Día Internacional de la Mujer. -Jorge Gil / Europa Press

El feminismo se ha erigido como oposición a la extrema derecha. Tras la popularización del feminismo y las grandes movilizaciones durante los últimos años, también ha sido capaz de aglutinar la oposición más clara y movilizada a gobiernos y regímenes de extrema derecha. A su vez, las extremas derechas de todo el mundo han tomado el feminismo como diana de sus discursos, situando en el centro de su ideología las cuestiones de género, su visión de la familia y la defensa de una forma de vivir (familia nuclear heterosexual) que consideran correcta, es decir, aquella que funciona y hace funcionar capital y Estado.

En este contexto de batalla, la sexualidad de las mujeres vuelve a ser objeto de debate, si es que alguna vez ha dejado de serlo. El derecho al aborto libre, la prostitución o la violencia sexual son terreno de disputa en todas las ágoras públicas, desde las redes hasta el Congreso de los Diputados. Y en esta contienda es crucial no equivocarse de enemigo, así como identificar cuál es nuestra trinchera.

Partiendo de la genealogía feminista, que nos sirve de brújula y guía, cabe recordar que cuando en los años 80 en Estados Unidos surgen los debates sobre la cuestión trans y el porno, las llamadas feministas culturales se aliaron con la derecha conservadora de Reagan para perseguir el porno -considerado como metáfora de la violación-, y cuando Reagan gana el poder, la alianza del porno fue la antesala de una agenda conservadora contra los derechos conseguidos por los feminismos el mayo del 1968. Así mismo, y tal como sostiene Núria Alabao en varios artículos, cuando en el estado español los debates reaparecen, lo hacen en el marco de las huelgas feministas, que a partir de 2017 tienen tanta fuerza, que algunas académicas ya las denominan como la 4.ª ola del feminismo. En este contexto, son asociaciones y planteamientos próximos al PSOE quiénes desembarcan los debates en formato irresoluble a las asambleas de preparación de la huelga, y que contribuyen a dinamitar el movimiento con unos efectos clarísimos: disminuye la combatividad de las huelgas feministas hacia el poder, y se alimenta el conflicto entre las mujeres.

Tras esos enfrentamientos hemos ido viendo cómo muchas de estas feministas han dedicado esfuerzos y energías a confrontar a otras feministas que no comparten sus propuestas o a lanzar campañas contra personas discriminadas –trans o prostitutas– en vez de hacerlo contra las peores manifestaciones del patriarcado. A su vez, han generado un efecto centralizador del debate, trasladando polémicas que se daban en Madrid a otros territorios, como Catalunya, donde no existía tal conflicto dentro del movimiento.

Así, ante la ola reaccionaria, que se alimenta del miedo, la inseguridad y la falta de respuestas certeras, es imprescindible luchar contra la falta de derechos de las trabajadoras domésticas o de cuidados; la carencia de alternativas reales para las trabajadoras sexuales; la situación de vulnerabilidad en que quedan las mujeres migrantes sin derechos donde se dan los peores abusos –también sexuales–; la falta de vivienda o de recursos que empujan a muchas mujeres a aguantar situaciones de violencia por falta de alternativas. En su lugar, las soluciones que proponen dichas feministas culturales (o conservadoras), implican: prohibiciones que suelen agravar las condiciones de vida de las mujeres más perjudicadas por el patriarcado y el capitalismo, como en el caso de las recetas punitivas para con la prostitución; patrullas vigilantes de las fronteras del sujeto feminista, para que solamente las mujeres biológicas puedan gozar del privilegio de ocuparlo, como hacen con las personas transgénero; o recetas basadas exclusivamente en la victimología casuística para afrontar la violencia machista, que no atienden cuestiones tangentes y multiplicadoras como la violencia institucional de la Ley de Extranjería, o la necesidad imperante de meter mano a la masculinidad como cuestión que debe ser materia del movimiento feminista. De esta forma es cómo el feminismo prohibicionista y tránsfobo conecta con el ambiente reaccionario. Y además, en un contexto marcado por la necesidad de construir comunidades, los espacios políticos se disputan en guerras culturales, identitarias y de imposición de valores, y es en este marco que el feminismo cultural plantea la sexualidad de la mujer como un terreno sagrado y espacio de peligro permanente, fijando, a partir de esta premisa, una sexualidad y una ética feminista que solo es para algunas. Hacer política desde este planteamiento no solamente anula la agencia y capacidad de definir el propio sujeto, sino que excluye todas aquellas que no operan en los mismos marcos, reforzando la clásica división de mujeres entre buenas o malas, verdaderas o impuestas, santas o putas que sostiene el heteropatriarcado.

Actualmente, las críticas más feroces a los planteamientos pro derechos de las trabajadoras sexuales en la discusión parlamentaria también provienen de ese feminismo cultural, centrando la capacidad política de las campañas en la pureza de los sujetos feministas y en la legitimidad de estos. Son planteamientos que cierran horizontes, y que restan bastante al movimiento porque se emperran en descuartizarlo. Es absurdo pensar que los derechos de ningún colectivo que está en guerra con el poder –en este caso patriarcal-, puede o quiere restar derechos al resto de compañeras de lucha, porque el objetivo no es competir, sino hacer más espacio, para hacer saltar por los aires un sistema de género que oprime hasta el asesinato.

Cierro con Silvia Federici, que nos dice "el movimiento feminista debe comprender que no se puede cambiar el mundo solo cambiando nuestras identidades, que se deben cambiar las condiciones materiales de nuestra vida". Porque ante cada ataque, cada ola reaccionaria, cada intento de robarnos derechos, la única respuesta posible es más feminismo y más derechos.