Otras miradas

Ni inútiles ni brujas, políticas

Laura Berja

Diputada socialista

La ministra de Igualdad, Irene Montero. -Fernando Sánchez / Europa Press
La ministra de Igualdad, Irene Montero. -Fernando Sánchez / Europa Press

Tenía 24 años y me gustaba la política. Recuerdo que paramos en un bar de carretera y allí estaba, era una especie de mural con recortes de periódico y con algo parecido a un collage con fotos de la entonces ministra de Igualdad Bibiana Aído. En ese vergonzoso santuario caricaturizaban a Aído de manera exuberante por un lado, por otro le hacían un montaje con el presidente Zapatero simulando una actitud íntima, también la colocaban al lado de unas fotografías de fetos muertos y todo ello aderezado con mensajes de asesina e inútil.

Salí horrorizada de aquel lugar, lo recuerdo a menudo. Bibiana Aído fue nombrada en 2008 ministra de Igualdad, la primera ministra de Igualdad y la más joven desde el inicio de la democracia. Desde el primer día fue cuestionada e insultada: ni estaba a la altura, ni su cartera era necesaria.

Cuando un hombre joven accede a un cargo político es motivo de congratulación general. Es común escuchar  "qué proyección tiene" o aquello de "va a llegar muy lejos" o también que "hace falta relevo, qué buena noticia". Pero, sin embargo, la ministra Aído no tuvo esa generosa consideración, sino que el odio vertido, también por su juventud, fue terrible.

Ella era (y es) feminista y asumió la responsabilidad de liderar el impulso de las políticas públicas de igualdad en España. La derecha mediática y política vilipendió diariamente a Bibiana Aído por cada una de sus propuestas, por cada uno de sus discursos. Decir "miembras" le costó una campaña de insultos que aún nos deja secuelas.

Lo que ocurrió con la ministra Aído no fue personal, fue una reacción machista ante dos hechos que molestaban mucho: la numerosa incorporación de mujeres feministas y de izquierdas a la esfera pública y el protagonismo en el gobierno de Zapatero de las políticas públicas de igualdad. El ataque fue contra los derechos políticos de las mujeres. Para los ultras y los machistas, el espacio público pertenece a los hombres, las mujeres en política somos intrusas. Por lo tanto cuando se nos insulta con sesgo sexista el ataque es contra nuestros derechos políticos.

Todas las políticas, por ser mujeres, podemos vernos en medio de una agresión así, pero es cierto que por nuestras ideas, las feministas tenemos un riesgo mayor de sufrir este tipo de ataques. Esto explica la virulencia contra las ministras de Igualdad, pero también contra concejalas o consejeras del ramo.

Este atentado contra los derechos políticos de las mujeres se da cada día en un espacio público de nuestro país. En el Ayuntamiento de Zaragoza, una concejala de Ciudadanos dijo de la ministra Irene Montero que "está porque le ha fecundado el macho alfa"; en agosto aparecieron pinturas llamando "puta" a la alcaldesa del PNV de Durango; contra la hasta hace unos meses alcaldesa de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) hubo una campaña en redes con mensajes como "se corre el rumor de que la alcaldesa se ha zumbado a todo concejal y concejala del Ayuntamiento cobrando, eso sí...".

Este ataque contra los derechos políticos de más de la mitad de la población, que somos las mujeres, deteriora nuestra democracia. Que las mujeres no podamos representar a la ciudadanía en las mismas condiciones que los varones es una grieta democrática que debemos subsanar. El objetivo de la ofensiva contra las mujeres en política es silenciarnos, el viejo y conocido reto del patriarcado. Quieren que no nos merezca la pena que estemos aquí, que entremos en política, quieren que el coste de estar en política sea tan pesado que renunciemos a nuestro espacio y a nuestro discurso.

Todo esto no implica que cada mujer que se sube a una tribuna tenga razón, ni que tengamos que apoyar todos los discursos de mujeres en política, ni que no podamos discrepar entre nosotras, tratarnos como ciudadanas de pleno derecho también es huir de la condescendencia y del esencialismo.

Las políticas queremos ejercer nuestros derechos políticos en igualdad de condiciones, sin más sacrificios, ni más insultos, ni más renuncias, ni más cuestionamientos personales que nuestros compañeros varones. Porque sin nosotras no hay democracia.