Otras miradas

El devenir señoro

Nagua Alba

Psicóloga

El filósofo esloveno Slavoj Žižek
El filósofo esloveno Slavoj Žižek

Hace años, cuando era una estudiante de primero de psicología, una alumna de filosofía me enseñó un vídeo de Slavoj Žižek. Acababa de descubrirlo y estaba entusiasmada. En el acto me fascinó, cómo no, con sus tics, su marxismo repleto de referencias cinematográficas y su desarrollo de la teoría lacaniana. Llegué incluso a hacer una cola de horas cuando visitó Bilbo para escucharle en directo cual groupie de un grupo de rock (todo fue en vano, había tanta gente que no llegamos a entrar). Estos recuerdos me asaltaron al leer el delirio reaccionario que publicaba en Project Syndicate hace poco (y que no voy a enlazar, porque no le deseo la indigestión que provoca su lectura ni a mi peor enemigo). Se me rompió el corazón. Žižek ha devenido señoro.

Y es que, desgraciadamente, el filósofo esloveno es solo el caso más reciente de una infinita lista que engruesa cada día. Desde Andrés Calamaro afirmando en El Debate que hoy día "asistimos atónitos a una castración cultural insólita, que casi supera lo anteriormente conocido en las dictaduras contemporáneas. Son nuevos gulag para cancelar la forma de vida occidental", hasta Joaquín Sabina que ahora ya no es "tanto de izquierdas" porque tiene "ojos y oídos para ver las cosas que están pasando". Varones que en sus años mozos decían ser de izquierdas y ahora son adalides de discursos reaccionarios como poco, si no directamente fascistas. Clásicos ejemplos de ello son Vargas Llosa, Jiménez Losantos, Nacho Cano (que no sé si alguna vez se dijo de izquierdas, pero ejerció de vanguardia aperturista en lo cultural y sexual en su momento) o, por supuesto, el mesías de lo señoro: Felipe González. Hombres preocupadísimos por la extinción de lo que ellos llaman civilización occidental, por su identidad agredida o porque les "cancelen" en cualquier momento sin saber siquiera qué han hecho mal. Resulta llamativo cómo, a partir de cierto número de primaveras, es inmensamente probable que un (hombre) lacaniano marxista llegue a las mismas conclusiones que Manolo, tu vecino el facha. Podría pensarse que todos los caminos conducen inexorablemente al hombre de mediana edad a devenir señoro.

Por eso, me encantaría entender cuáles son los elementos que encienden la chispa de este proceso de degeneración de los varones de izquierdas. Quizá sea consecuencia de la falta de capacidad para adaptarse, o siquiera entender, un mundo que cambia demasiado rápido haciéndolos sentir cada vez más ajenos e indefensos, obligándolos a rebelarse contra él, como animalillos heridos que se sienten rodeados y dan mordisquitos al aire. O puede que la explicación sea todavía más sencilla y simplemente tenga que ver con el complejo de quien ha llegado a un punto de su vida en el que, parafraseando el revelador texto de Vargas Llosa que Martín Bianchi redescubrió hace unos días, la "pichula" ya no les sirve para nada, salvo para "hacer pipí"; en el que todos aquellos elementos sobre los que construyeron su masculinidad se tambalean y necesitan catalizar su frustración por algún lado. O, a lo mejor, nunca ha existido tal proceso y ya en sus años mozos Slavoj, Mario, Andrés y todos los demás llevaban dentro de sí a un señoro agazapado, reprimido, frotándose las manos mientras esperaba ansioso que su hospedador comenzara a desfrontalizarse para brotar triunfante en forma de artículo, declaración o respuesta en una entrevista.

Es muy probable que el problema esté en que nunca se lo creyeron de verdad. Que nunca entendieron que su masculinidad era algo sobre lo que trabajar, no tanto algo a disimular o reprimir. Que podían ser hombres de otra manera y que eso era algo deseable, sobre todo para ellos (aunque también para quienes les rodean, porque aguántalos).

No sé si hay esperanza para los que han culminado el proceso de devenir señoro, me temo que no. Se está demasiado a gusto en el regodeo victimista, sobre todo cuando se lloriquea desde el privilegio. Pero sí creo que la hay para quienes aún no se han dejado arrastrar, aquellos que empiezan a echar canas, tienen alguna entrada, una barriguita incipiente difícil de mantener ya a raya y atisbos de tentación de, en palabras de Jonathan Martínez, sentirse paladines de la razón y acabar por actuar como abnegados militantes del privilegio. A ellos les pido que, ahora que están a tiempo, nos demuestren que otra masculinidad es posible, también después de los 50.