Holloween

Una de las tradiciones que el cine americano ha exportado a todo el mundo es Halloween. Su origen se remonta al 300 a.C. En la noche del 31 de octubre, los celtas rendían culto al dios de la muerte y las tinieblas, con sacrificios animales y humanos. Halloween no es una fiesta inocente, pues deriva del culto a Satanás, siendo uno de los días principales para los satanistas y adivinadores, y la noche del año nuevo para los brujos. Doreen Irving, bruja de renombre y concubina del más alto ministro de Satán de su tiempo, posteriormente convertida al cristianismo, alertó a los padres sobre esta fiesta en la que las orgías, las drogas, las misas negras y los sacrificios de niños forman un todo para pecar contra Dios y honrar al demonio. ¿También este año disfrazaremos tan contentos a nuestros hijos de brujas o demonios y les compraremos su calabaza?

M. DOLORES BRAVO BARCELONA

Qué barbaridad, oiga. Para mear y no echar gota. Supongamos que lo que dice fuera verdad… No, perdone, eso es mucho suponer. Si alguien aduce como autoridad la opinión de una tía que se presenta como “concubina del más alto ministro de Satán”, pues qué quiere que le diga: va a ser que no. No estoy muy al día en la composición del gabinete del tal Satán, pero imagino que ese “más alto ministro” será una especie de Solbes o Fernández de la Vega infernal. Ahí se ve la (conmovedora) flaqueza humana: incluso los altos cargos del infierno tienen amantes de dudoso renombre que, encima, se pasan al enemigo y se convierten en cristianas. Admito que lo del ministro de las tinieblas y la bruja meapilas es aún más espectacular que lo de Miguel Boyer y la Preysler.

Nada, ni siquiera una celebración, tiene un significado esencial por sí mismo, sino que se lo da el que la celebra. Digan lo que digan los curas, la Primera Comunión, para muchos niños, no es más que una fiesta con tarta y regalos: el microscopio y ese reloj sumergible y antichoc. La Diada es la fiesta nacional catalana, por más que conmemore una derrota militar. Y en Halloween no hay (por desgracia) orgías, ni tampoco sacrificios de niños, ni misas negras.

Haga lo que quiera, pero desde luego mi hija ya tiene su disfraz. En casa no somos fundamentalistas ni nacionalistas: no rechazamos las celebraciones extranjeras y ajenas a nuestra cultura, ni nos oponemos con firmeza a toda fiesta importada, ni nos proponemos recuperar nuestras “auténticas” tradiciones y patatín patatán. Somos gente de pan llevar y, si hay ocasión (o excusa) para divertirse un poco, que cuenten con nosotros. Si estamos, sin saberlo, rindiendo culto al diablo, estoy seguro de que Dios no nos lo va a tener en cuenta. Nosotros tan contentos y con nuestra calabaza, sí, ¿qué pasa?