No la engañan

Hoy he leído a varios columnistas que no están de acuerdo con la dispensación de la píldora del día después en las farmacias a niñas de 16 años. Los medios hacen gala de sentido común. Estupendo. La llamada píldora del día después no impide embarazos, los elimina. Además, la descarga hormonal que supone todavía no se sabe qué efectos secundarios tendrá. Porque tenerlos, los tendrá, no lo duden: el cuerpo humano reacciona siempre ante realidades adversas y la píldora abortiva lo es.

VISI BERNAL LÓPEZ BARCELONA

Hoy y cualquier otro día del año puede encontrar en la prensa opiniones en contra de lo que más rabia le dé. Por eso no pase usted cuidado. Los columnistas somos así: sólo disponemos de pensamiento adversativo. Nuestro cerebro se pone en marcha en contra de algo. Por iniciativa propia, a mí no se me ocurriría nunca nada: ¡menos mal que las ganas de llevar la contraria son más fuertes que mi pereza!

Los médicos y científicos afirman: a) que no es abortiva y b) que no se conocen ni contraindicaciones ni efectos secundarios. Usted, por su cuenta, ha decidido no creérselo y a mí me parece de perlas: con su pan se lo coma. El gran Jardiel Poncela murió sin dejarse poner inyecciones: no creía en las vacunas y se negaba en redondo a que le “metieran microbios dentro”, ¡él no se dejaba engañar por los médicos! Usted tampoco.

Su teoría: que el cuerpo reacciona siempre (y de la manera más imprevista) ante la adversidad. Puede ser, oiga. En mi (lejana, gracias a Dios) juventud he dejado de efectuar coitos, a veces durante semanas enteras, debido a la carencia, ora de profilácticos, ora de cómplices. Ni se imagina la reacción corporal ante tamaña adversidad: me quedaba afónico, tumefacto y, en los casos más severos, me daba por volcar mi (patética) vida interior en endecasílabos averiados. Una calamidad, figúrese el martirio para mis seres queridos. Si la píldora esa produce efectos parecidos, habría que prohibirla o, al menos, limitar su uso sólo a Andalucía, donde un millón más de poetisas bien puede pasar inadvertido: allí ya están acostumbrados a sufrir y poco les iba a costar hacerles sitio.