Esencias patrias

Habrá que regularlo, ponerle las condiciones necesarias para garantizar el interés general y la naturaleza pública de las playas, pero el chiringuito ha de subsistir. Ese lugar donde puedes tomarte unas cañas, comer una fritanga o darle al palique con los vecinos del apartamento, mientras te regalas la vista mirando al mar o a sus valquirias, es el solaz del moderno guerrero que se ha dejado la piel durante once meses para que su jefe se pueda comprar un chalé en la Moraleja. Así que la terraza solariega del pobre es intocable. Una playa sin chiringuito nos condena a la tartera y la nevera portátil, que, además de un paso atrás en la lucha por la emancipación del proletariado, es una auténtica horterada.

MARIO LÓPEZ SELLÉS MADRID

En Piles no hay chiringuitos y lo pasamos muy bien. El que quiere se va a un bar: no nos parece indispensable la comida, merienda y cena sobre la arena. Gracias a Dios, porque al lado sí hay: tienen precios prohibitivos y música insoportable a todo volumen, y ocupan un espacio enorme, reduciendo la playa pública a la mínima expresión. Por las noches, hasta el amanecer, se convierten en discotecas que siembran desperdicios, basura, vomitonas, cristales rotos y bulliciosos proletarios emancipándose (será) con estruendo, alcohol metílico y unas pastillas de colores que se venden allí mismo, sin prospecto y sin receta.

¿No se puede poner un poco de orden? ¿No se
debería proteger un poco más el uso público de la playa frente a la explotación comercial privada? ¿Tan intocable le parece el derecho de estos empresarios a utilizar un espacio común para su negocio particular imponiéndonos a todos el ruido, la degradación de la costa, la basura y los precios que les dé la gana?

Lamento coincidir con mi amigo Isaac Rosa, al que disfruto contradiciendo, pero creo que tiene razón: la playa es pública y su uso debe ser regulado, no dejado en manos de la depredadora iniciativa privada. Ese encanto castizo del intocable chiringuito a menudo se parece demasiado al de tocarle el culo a las chicas en el metro, colarse en el súper o escupir (previa expectoración) en la acera.