Pánico y cálculo

Les confieso que cuando leí la noticia un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me refiero al joven boliviano al que le fue arrancado el brazo izquierdo. En primer lugar, si los hechos se confirman, hay que ser muy desalmado y ruin para aprovecharse de una persona obligándola a trabajar doce horas diarias por un sueldo de 23 euros al día. Y en segundo lugar, ignorante y bestia para tirar el brazo a la basura y no tener la dignidad y compasión de dar la cara y acompañarle hasta la misma consulta del hospital. A veces uno se siente orgulloso de la grandeza humana; a veces muy avergonzado de sus miserias.

PEDRO SERRANO MARTÍNEZ VALLADOLID

Por lo que dice la prensa, a mí me parece que son dos acciones muy diferentes. Una provocada por el pánico. Quizá cueste creer que a alguien le provoque un ataque de pánico el riesgo para su empresa, pero no me parece imposible. También hay quien atropella a un peatón y sale corriendo y luego intenta borrar las pruebas, como fue el caso de un tal Farruquito. Hay que ser, en efecto, “desalmado y ruin”, pero seamos sinceros: nadie sabemos si en un momento dramático, en estado de pánico, vamos a reaccionar como héroes o como villanos. La estupidez de lo que hizo hace pensar en una actuación irracional, fruto del pánico. No se pudo reimplantar el brazo a la víctima, pero tampoco creo que el empresario culpable consiga reimplantarse el propio respeto. Si sólo fuera esto, podría ser el núcleo de Lord Jim, de Conrad.

Nada atenúa, en cambio, el horror de la otra acción; y nada impulsa en este caso a sentir por el culpable, no sólo repulsa, sino también alguna compasión. Sólo valdría para una novela de Zola, Dickens o Kafka. Aquí no hay pánico ni un accidente imprevisto, sólo cálculo egoísta, frío y racional, y ninguna estupidez, sino beneficio contante y sonante, y una acción criminal continuada a lo largo de años. Esto, si es así, sí que da escalofríos.

De ambas acciones tendrá que responder, como es natural. De que nos suceda a nosotros una como la primera, líbrenos Dios. De que nos suceda algo como la segunda, en cambio, tenemos la responsabilidad de librarnos nosotros mismos.