El costumbrismo

Al leer que varios partidos políticos han ofrecido a Juan José Cortés la posibilidad de presentarse en sus listas como candidato a la alcaldía de Huelva, me he quedado un tanto perplejo. ¿Cómo es posible que partidos sustentados en esquemas ideológicos diferentes  consideren idónea a la misma persona? El factor principal para intentar fichar al padre de la niña Mari Luz es la empatía social que despertó y, por supuesto, la mesura, entereza y racionalidad que éste mostró. ¿Sus ideas políticas y su experiencia o capacidad de gestión son temas menores? ¿Será la ética una práctica en peligro de extinción en el mercado del voto? A este paso, los gobernantes serán elegidos entre los ganadores de los programas con mayor audiencia, y el Estado recaudará dinero  a través de los SMS. 

ALEJANDRO A. PRIETO ORVIZ. GIJÓN (ASTURIAS) 

Es posible, en primer lugar, por la inexistencia de democracia interna en los partidos. La sola idea de que los candidatos puedan ser elegidos por los militantes provoca sarpullidos. Lejos del mandato constitucional, son organizaciones caudillistas donde manda quien manda. Esta concepción tan española se acomodaría mejor a un sistema de partidos turnantes y elecciones amañadas. Como por desgracia hay que ganar elecciones sin muñidores ni pucherazos, recurren a los famosos, como la publicidad. Puede ser Garzón o Juan José Cortés, pero mejor todavía Plácido Domingo o Rafa Nadal.  

¿Para qué tanta ideología, si nadie quiere transformar la sociedad? Es sólo quítate tú, para que me ponga yo. Su idea me gusta, aunque lo más cómodo (y tradicional) sería un civilizado turno. El resultado político sería el mismo, pero algo saldríamos ganando. Imagínese: adiós campañas, adiós debates, adiós caravanas con himnos. Qué descanso. Y los caciques al menos repartirían dinero en metálico, en lugar de promesas. La Administración se convertiría en lo que ahora sólo es a cencerros tapados: una gigantesca bolsa de recompensas para amigos y empresas. Volverían los cesantes galdosianos y los sablazos a devolver “cuando vengan los míos”. La única pega: volvería el costumbrismo literario. Claro que, ¿se ha ido alguna vez?