Prohibir la lectura

Ayer entré en Google y me puse a buscar personajes vivos relacionados con los mundos de la literatura y el deporte. He aquí unos ejemplos (nombre y número de resultados): Ana María Matute: 358.000; Ronaldinho: 33.500.000; Antonio Gala: 501.000; Raúl González: 1.540.000; Almudena Grandes: 424.000; Messi: 32.600.000; Miguel Delibes: 591.000; Fernando Alonso: 2.860.000. Después del último informe PISA en relación con la lectura, bien podría el Ministerio de Cultura hacer una campaña publicitaria a través de los medios de comunicación en la cual salieran las figuras más representativas de los distintos deportes animando a leer al personal.

ENRIQUE CHICOTE SERNA, ARGANDA DEL REY (MADRID)

 

Buenas ganas de perder el tiempo, don Enrique. Es decir: que los deportistas son más famosos que los escritores. Pues, para semejante viaje, no hacían falta tales alforjas, ¿no le parece? Sin embargo, esa fama de los deportistas, ¿ha conseguido acaso extender la afición a la práctica del deporte? Al menos en mi barrio, los fanáticos del fútbol son unos tipos con barrigas descomunales, que contemplan el partido trasegando cubatas y fumando puros, y cuya única práctica atlética conocida suele ser el levantamiento de vidrio en barra fija. Si la fama de los deportistas ni siquiera ha conseguido promover la práctica del deporte, ¿por qué iba a lograrlo con la lectura? La publicidad sólo sirve para vender cosas: balones, uniformes del equipo y relojes conmemorativos. O esas bicis de montaña que, tras dos días de uso, reemplazan a la bombona de butano en casi todos los balcones, al lado de la maceta de geranios.

Tampoco sé si hay que “animar al personal a la lectura”, como no hay por qué animarle al jamón ibérico, a dormir la siesta o al coito recreativo. Lo único preocupante es que lean mal y eso es precisamente lo que señala el famoso informe: una gran parte de los escolares no entiende lo que lee. Un libro no es como un supositorio, que lo lees y te hace efecto sin poner nada de tu parte. Un libro necesita un lector, no un consumidor. Y un lector no se consigue sin educación, cultura, sentido crítico, atención, etc. Crear lectores es caro y no produce beneficios. Es más rentable crear consumidores. Es mejor formar clientes que ciudadanos. Así nos va.

Para fomentar la lectura lo ideal sería prohibirla, desterrarla de los planes de estudio o, por lo menos, perseguirla todo lo posible. Hay que disuadir a los escolares, recomendarles que no lean, advertirles de los peligros de los libros. Quizá así los chavales se pondrían a leer como se hacen pajas: por iniciativa propia y sin poder evitarlo, con imaginación y ganas, a escondidas de sus padres y maestros, ensimismados y felices, un día sí y otro también.