Carta con respuesta

Las malas compañías

Tengo un amigo farmacéutico al que, cuando le piden ciertos productos, me confesaba, se le crean verdaderos problemas de conciencia. No sabe qué hacer, si darlos o no. Pienso que a él y a otros que se encuentren con el mismo problema les puede servir la siguiente noticia: un juez federal, en Estados Unidos, ha suspendido el reglamento de farmacia, que obligaba a los farmacéuticos a dispensar la píldora del día siguiente sin que pudieran alegar objeción de conciencia. La orden judicial permite a los farmacéuticos negarse a vender la píldora, con una condición: tienen que remitir a quien la pida a otra farmacia.

JESÚS DOMINGO MARTÍNEZ, Girona

Pues el único consejo que le puedo dar es éste: cambie de amigos, hombre. Como cantaba Slogan: "Cambia a tus amigos por desconocidos". Saldrá ganando, porque imagino que también tendrá un amigo kiosquero que duda si vender Público a los clientes que lo solicitan, no sea que la lectura les vaya a corromper. ¿Y qué decir de su amiga pastelera, la que jamás le vende una napolitana de chocolate a un cliente con michelines y un índice de masa corporal por encima de la media? A su amigo camarero también lo conozco: es el cretino que pone mala cara cuando le pides el quinto whisky, ¿a que sí? Otro de sus abofeteables amigos es el de la lencería, el que se niega a que le compres a tu novia esos sujetadores descapotables para ponerse (o ponerle) lipstick en los pezones. Y no podía faltar su amiga librera, que no vende las obras de Montaigne, por el bien de los lectores. En fin, ¿son ustedes muchos en su pandilla?

¡Vaya repulgos de empanada tiene su amigo! "Ciertos productos" supongo que son condones y la llamada píldora del día siguiente. Aunque a lo mejor las lavativas, la vaselina y las pastillas del Dr. Andreu también le crean a su amigo alambicados problemas de conciencia, porque… ¡vaya uno a saber para qué las usarán determinados pervertidos! La idea de que cada uno puede decidir por su cuenta y la noción de que los productos legales tiene que venderlos a quien los solicite, ¿no le han entrado nunca en la cabeza a su amigo? ¿Ni en un momento de locura transitoria ha concebido su amigo el disparate de que él no es quién para juzgar a los demás e imponerles sus propias convicciones? ¿Siempre ha sentido esa antipática superioridad moral? ¿Siempre ha elevado sus propias ideas por encima de la ley y de las de los demás?

Puesto que el viaje en el tiempo todavía presenta dificultades técnicas, y su amigo no puede trasladarse a la España de 1945, creo que, en efecto, estaría mucho más cómodo en un país puritano como Estados Unidos. Y los demás también nos quedaríamos más tranquilos aquí sin él. Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?

RAFAEL REIG