Opinión · El repartidor de periódicos

Líneas rojas y líneas fachas

Como era de esperar, en pocos meses nuestra brunete mediática ha normalizado la llegada de la ultraderecha a las instituciones cual la marquesa que invita a sus tes a un nazi.

–Ay, sí, Tita, es un poco nazi, pero…

–Déjate, tonta, que es monísimo, además.

Lo peor que se dice sobre Vox es eso de que le “incomoda” un poco a Albert Rivera, como si Vox fuera un zapato nuevo (que lo es), y así vamos dándole carta de naturalidad a unos señores que solo piensan en quebrar la pata a la mujer, montar a caballo por sus predios, sacrificar toros, meter a los gais en un gueto y observar displicentemente cómo se ahogan los inmigrantes en el Mediterráneo.

En esa pactolandia en que se ha convertido España tras las últimas maratones electorales, nuestros medios distinguen fervorosamente entre “líneas rojas” y “líneas fachas”. Las primeras están asentadas en fuertes convicciones. Se condena como inadmisible no solo cualquier alianza o pacto o diálogo con formaciones como ERC y Bildu, sino que también se demonizan las posibles abstenciones de estos partidos. Como si fuera posible en democracia impedir que un diputado independentista se te abstenga.

El asunto es, cuando menos, curioso. Resulta que una de las más graves crisis que sufre España desde siempre es la territorial. Y vetamos por tanto la conversación, la negociación y hasta el saludo con los representantes democráticos de los secesionistas. Muy español. Aquí los conflictos políticos e intelectuales se solucionan con zotal. Exterminando. Desinsectando. Desratizando. Encarcelando, en resumen, a cargos electos.

Pedro Sánchez no quiere emular el karma buenista de José Luis Rodríguez Zapatero, olvidando quizá que fue ZP quien desactivó con sutileza y buenas formas aquel plan Ibarretxe que también iba a destruir España, entregar Navarra a Josu Ternera para que se comiera todos los espárragos cojonudos y a todas las monjas de Opus, y fomentar la invasión de las escuelas por profesores con pasamontañas.

El veto de Sánchez a sus huestes para que eviten cualquier acercamiento a Bildu tiene tintes antidemocráticos. A nadie se le olvida que, hasta hace nada, los batasunos eran el brazo político de ETA. Pero ya no hay ETA. Y ahora que se puede hablar en paz es absurdo confinar a los repesentantes populares de una parte del pueblo vasco al destierro intelectual y parlamentario.

Otra cosa es el PNV. Ya nadie recuerda cómo vociferaban PP y PSOE no ha tanto por el escaso entusiasmo de los jeltzales a la hora de condenar las atrocidades etarras. En esto del pactismo es virtud de mucho valor la más acendrada hipocresía.

Las “líneas fachas”, sin embargo, enseguida se difuminan como espectros. De nada sirve que algunos periódicos vayamos dando noticia del pasado neonazi o filofranquista o falangista de la mayor parte de dirigentes de Vox. Nuestros viejos periódicos le tienen más miedo a Podemos que a Vox. Aquí todo lo falangista, filofascista o neonazi enseguida se folcloriza para restarle importancia, como si Santiago Abascal y su jaca reconquistadora fueran una simpática anécdota que enriquece nuestra idiosincrasia.

Ninguno de los viejos periódicos ha demonizado a Vox ni la mitad que sí hicieron con el presunto chavismo iranista y tragacuras de Podemos. Y así el monstruo se nos va metiendo en casa, como un siniestro huésped familiar imaginado por el gran Chicho Ibáñez Serrador. Él se ha ido, pero en España se siguen contando historias para no dormir.