El repartidor de periódicos

Fakes

Cuánto lío. Yo es que ya ni soy capaz de distinguir las fakes de las news. Antes, cuando éramos mucho más paletos y aun no dominábamos el angloespañol, nos enredábamos distinguiendo entre mentira, engaño, impostura, embuste, falsedad, patraña, injuria, falacia, invención, calumnia, chisme, maldad, omisión, superchería, insinuación, camelo, fábula, error, manipulación, fanfarronada, bravata y todo un lío de palabras inútiles que no hacían más que dispersar nuestro pensamiento. Ahora decimos fake news para resumirlo todo, y, afortunadamente, los diccionarios y nuestro pensamiento ya no ocupan tanto espacio en las estanterías ni en los parnasos.

Parece ser que nuestro gobierno satánico-bolivariano quiere legislar las fake-news. Aun no se sabe cómo. Ni contra quién. Se habla de "la difusión deliberada a gran escala y sistemática de la desinformación que persigue influir en la sociedad con fines interesados y espurios". Todos difundimos deliberadamente, todos lo queremos hacer a gran escala y sistemáticamente, todos deseamos influir en la sociedad. Lo único que no podemos dilucidar es cómo definir desinformación y cómo distinguir los fines interesados y espurios de los nobles y desinteresados. Por suerte, todo este batiburrillo semántico y ético tiene una fácil solución: las fake news. Así lo simplificamos todo.

Yo deploro las burradas y mentiras que suelta la prensa del régimen a diario, pero me encanta leerlas. Se llama libertad de expresión. Lo que sí me jode es que las llamemos fake news. Una cultura incapaz de asignarle un adjetivo propio a los mendaces no merece ser cultura. Y por eso funcionan las fake news.

Desde el albor de sus tiempos nuestra lengua se ha enriquecido con anglicismos, arabismos, galicismos y otrocismos, pero siempre eran adornos culturales para los bares y los salones. Ahora abusamos de los anglicismos para simplificar nuestro pensamiento colectivo, siempre contando con la ventaja de que no sabemos inglés.

Os voy a poner un ejemplo de fake. De hoy mismo. El Mundo, artículo de Ángela Martialay sobre el caso Dina, el de la ex asesora de Pablo Iglesias a la que robaron un móvil que luego tenía Villarejo y por el que acabó imputado Pablo Iglesias (sí, lo habéis adivinado, es la versión judicial de "es el vecino el que elige el alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde").

Asegura la citada y competente periodista en su texto que "el líder de Unidas Podemos mantuvo en su poder la tarjeta del móvil robado de su ex asesora durante meses y se la devolvió inservible". Es algo que se viene repitiendo con regularidad: que Pablo Iglesias partió a martillazos, cual si fuera disco duro de Luis Bárcenas, la tarjeta del móvil de Dina Bousselham.

De nada vale que los técnicos que analizaron la tarjeta del móvil,  y que aseguraron ante la Audiencia Nacional que llegó a ellos intacta y la devolvieron a la pareja de Bousselham (no a Iglesias), desmienta la falacia.

Si pones en google "tarjeta Dina destruida" verás un montón de informaciones sobre cómo Pablo Iglesias destruyó a martillazos la tarjeta, luego la achicharró en un microondas, más tarde la arrojó a las cataratas de Reichenbach y después la sodomizó con una hoz y un martillo. Pero tardarás, un buen rato, en leer que la Audiencia Nacional tiene constancia peritada de que la tarjeta estaba intacta cuando fue entregada por Iglesias.

Decían los curas de antaño que las mentirijillas eran pecados veniales. Y tenían razón. En el mundo de la información no hay mentiras, sino un montón de gente que anhela ser engañada. Nos creemos que somos cultos e informados porque tenemos acceso a toda la cultura y a toda la información, pero es como quien compra libros vacíos para adornar. No ejercemos, como pueblo, ese derecho (los que lo tenemos en el planeta, que no somos todos). No se puede perseguir la mentira, la falacia, la mendacidad, la manipulación, el engaño. Ya están legislados los delitos de injuria, por ejemplo. Lo que hay que perseguir es cierta cultura. Y no para encarcelarla. Sino para seguir persiguiéndola siempre. Hasta que ella nos alcance.