El repartidor de periódicos

Los olvidados del Yak-42

En estos días de aciaga afganidad, poco hablan Pablo Casado, Santiago Abascal y sus corifeos mediáticos de aquel 26 de mayo de 2003 en que un cochambroso Yakovlev-42 del ejército español se estrelló contra el monte Pilav. El avión transportaba a 62 militares españoles que regresaban de sus misiones en Afganistán y Kirguistán. Murieron todos, además de doce tripulantes ucranianos y un ciudadano bielorruso.

José María Aznar llevaba ​en la presidencia desde 1996, y solo quedaba un año para que Mariano Rajoy perdiera las elecciones contra José Luis Rodríguez Zapatero a causa de las mentiras soeces del Partido Popular sobre los atentados del 11-M. "Si convencemos a la gente de que ha sido ETA, ganamos las elecciones de calle", era el miserable mantra que se susurraba en Génova durante los tres terribles días que separaron las urnas funerarias de los muertos de los trenes madrileños, de las otras urnas, las electorales, que eran las que realmente consternaban en la sede del PP.

En el asunto del Yak-42 también la mendacidad había sido elegida como estrategia política a seguir por el gobierno popular. Los patriotas de banderita rojigualda y veneración al ejército, para ahorrarse los cuartos, habían mentido a los mandos militares garantizando que las naves eran seguras. No. Las habían negociado con unos "piratas aéreos rusos" (el entrecomillado es del comandante José Manuel Ripollés, uno de los militares fallecidos, que describía por mail la situación a un amigo cuatro días antes del accidente).

Pero el mayor rasgo de mendacidad patriótica española fue, sin duda, la repatriación de los cadáveres sin identificar. Había féretros que contenían restos de varias personas. Cuerpos cambiados. Las altas jerarquías gubernamentales y militares tenían prisa en que se olvidara el asunto. Y cogieron a sus héroes (ellos los llamarían así) y los metieron en ataúdes azarosos a paladas ciegas, como si fueran restos irreciclables de vertedero.

En aquella época escribí varios reportajes sobre el Yak-42, y recuerdo el asombro de familiares de las víctimas, y de los propios periodistas, cada vez que se conocía un nuevo detalle de aquel horror de gestión, de aquella total falta de humanidad y respeto a los muertos por parte del gobierno. Aznar y Federico Trillo consiguieron convertir la tragedia en comedia negra. Ni la Poética de Aristóteles explica cómo se consigue eso.

Por eso, porque viví el asunto con cercanía reporteril y escribir sobre estas cosas te afecta, hoy me deja atónito ver cómo los militares veneran al PP y a su brazo armado (Vox). No digo yo que por el Yak-42 los capitanes generales se tuvieran que hacer todos de Podemos, pero sorprende que una institución tan arrogante y belicosa como es el Ejército español arroje tan fácilmente al olvido aquella humillación flagrante a sus soldados. (Por cierto, el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska fue el que archivó el proceso del Yak-42: complicidades giratorias).

Andaba Pablo Casado estos días muy alterado porque en esta crisis afgana Pedro Sánchez anduviera desaparecido. Después, cuando Sánchez reapareció, lo que atribulaba a nuestro líder popular es que el presidente trabajara con alpargatas. A mí, sin embargo, me gustaría que Casado, y también Sánchez, nos hablaran sobre las víctimas del Yak-42. Y, ya puestos, tampoco estaría de más que el entonces jefe de los Ejércitos, Juan Carlos I, programara un homenaje a las tropas españolas fallecidas en esta guerra afgana que dicen que ahora termina. Pero ni a nuestros periódicos ni a la derecha ni al ejército ni a la corona parece interesarles ahora recordar a aquellos 62 militares muertos. No sé por qué será.