Opinion · Rosas y espinas

La maldición de Susana Díaz

 

En el pleistocénico mayo de 2017, la bicicleta de Susana Díaz se encontró su primera cuesta abajo perdiendo las primarias contra Pedro Sánchez. Desde entonces, el hoy presidente le ha ido inclinando cada vez más la ladera, y ahora, a la pobre, para espanto, se le han roto los frenos.  Pase lo que pase en las urnas este dos de diciembre, la bicicleta ideológica de la presidenta andaluza se va a estampar.

De lo profundo del pensamiento político de la dama trianera poco sabemos, salvo que repite la palabra ‘socialista’ con fruición nazarena cada vez que no puede, o no quiere, explicar cualquier política o estrategia de su gobierno. El vate vago que esto escribe ha escuchado decenas de entrevistas y mítines de Susana Díaz y, quizá por propia cortedad, no ha anotado más que arenga y soflama patrióticos, loas a un socialismo que aun no sabemos hasta dónde de socialista es, y andalucistas a por ellos más propios de entrenador de feroces piolines que de estadista. Pertenece a esa estirpe de dirigentes que no se sabe si carecen de pensamiento político o nos creen indignos de conocerlo, y nos conforman, o eso piensan, con estridentes envoltorios dialécticos sin caramelo intelectual debajo. Solo la historia aclarará a cuál de las dos razas pertenece la presidenta andaluza.

De momento, los hechos nos dicen que ha sido capaz de gobernar con el apoyo a contrapelo de los neoderechones Ciudadanos. El precioso vodevil contranatura se acabó cuando el divorcio les prometía, a ambos cónyuges, más paz electoral que el matrimonio de conveniencia.

Con su socio natural a la izquierda, Podemos, Susana Díaz siempre ha rechazado cualquier diálogo. Y de manera muy aspaventosa y televisiva. Rememorando más afrentas a los de Pablo Iglesias, perdió las primarias clamando que había que fulminar a Sánchez, pues su bello cuerpo había sido poseído por muy podemitas súcubos, que arrojarían el puño y la rosa al rechinar de dientes y al bolivariano fuego sempiterno (o algo parecido, que cito de memoria).

A partir del inicio de campaña electoral, estas casándricas admoniciones ya no le valdrán a la candidata andaluza. El súcubo ya está en Moncloa, firmando con cara de vicepresidente presupuestos progresistas junto al jefe Pedro Sánchez.

Juan Marín, el candidato de Ciudadanos, ya ha anunciado que abocará a Andalucía a nuevas elecciones si, tras el 2-12, la lideresa socialista no logra apoyos suficientes para gobernar. Si la palabra de candidato no tuviera menos valor que la vida del gato de Schrodinger,  la trianera socialista estaría condenada a vestir lunares morados en más de una feria. Ninguna encuesta se aleja mucho de los resultados que pronosticaba estos días este mismo panfleto rojo de mierda: 46 diputados para el PSOE, 25 para el PP, 20 para C´s y 18 para U´P, con la mayoría absoluta en 55.

Si quiere gobernar, el sino de Susana Díaz está sentenciado a la podemización forzosa por imposición de su némesis, Teresa Rodríguez, antipablista de armas tomar pero más morada que ninguna.

Con el adelanto electoral, la presidenta ha logrado esquivar el juicio de los ERE en campaña. Pero hoy mismo tiembla en la portada de ABC la historia de una jueza que ha abierto diligencias sobre un caso gemelo a aquel, con sus gastos y transferencias presuntamente fraudulentos, y otras lindezas financieras que da reparo repetir en público. Sirva de socialista consuelo que la investigación de la magistrada Pilar Ordóñez alcance solo de 2002 a 2011, dos años antes de la llegada a San Telmo de la actual inquilina.

Con Pedro Sánchez y Teresa Rodríguez como únicos aliados posibles, la maldición de Susana Díaz alcanza cumbres shakespereanas: ya solo puede confiar en sus más rencorosos enemigos. Y no veo yo a Susana Díaz manejándose muy bien con Shakespeare. Volverá a ser presidenta, pero solo a precio de renunciar a todo lo demás que ha querido y prometido ser. Pobre faraona, mordida por su viejo y fiel áspid.