Opinión · Rosas y espinas

La Iglesia, en campaña

Pedro Sánchez acaba de cometer el mayor error de su vida. No podrá superarlo por muchas centurias de velas que sople. Es un error soberbio, sobrehumano. El diablo no lo habría hecho peor ni a propósito. Colocar la Semana Santa en medio de una campaña electoral es meter a la Iglesia en la contienda. Y, en este país, la Iglesia es el único poder capaz de milagrear unas elecciones.

El Partido Popular, mártir cristiano en la caja B de los mercaderes, se ha dado cuenta de la metida de Pedro Sánchez enseguida, y ha anunciado a través de Pablo Casado y Teodoro García Egea que renuncia a Satanás, a todas sus pompas y a hacer campaña en jueves y viernes santo. “¡La celebración religiosa es sagrada!”, han proclamado los dos líderes populares encaramados al monte de Getsemaní y desnudos bajo túnicas de vaporoso rojigualda.

Milagrosamente, también se ha sabido que Teodoro García Egea será el pregonero de la Semana Santa en Murcia, y que el PP desplegará centurias de ministros y popes por multitud de actos litúrgicos entre jueves y viernes santo. No será hacer campaña, pero a esos actos litúrgicos acudiremos todos los medios de comunicación como zahoríes excitados, en busca de las últimas declaraciones o bufidos, y los periódicos y las televisiones se llenarán otra vez de crucifijos y de obispos, de sotanas y oraciones, de arrodillados, encapuchados y mártires. La Iglesia española habrá entrado en batalla electoral con esta publicidad tan gratuita, y eso es lo peor que podría haber desencadenado el tifón Sánchez.

La Iglesia estaba más o menos agazapada porque con Mariano Rajoy le iban bien los asuntos terrenales, aun a pesar de la falta de vocaciones, pero ahora se está jugando más de treinta monedas. Mucho más. Por ejemplo, que le revisen la exención del IBI (3.000 millones de euros anuales, dicen algunos). O que vuelva el sentido común y se anule la inmatriculación de la mezquita de Córdoba y de tantas otras propiedades y tesoros artísticos y edificios públicos y cementerios y huertas y capillas y cosas que antes de 1944 eran bienes del Estado español, o sea, del pueblo: esas gentecillas que agonizamos nerviosas en las rendijas marrones del orbe azul.

Si uno se para a pensar, en estos momentos (y quizá en algún otro) la Iglesia puede resultar más decisiva en las elecciones que el movimiento obrero, que es mucho más caprichoso y fluctuante.

Casado y Egea se creen que, poniéndose bajo palio, van a retornar las votantes platerescas que se les han fugado a Vox sin salir del barrio de Salamanca, y esas personas tan religiosas no suelen cambiar de opinión una vez han abrazado una fe. Mariano Rajoy perdió a ese votante ultra porque no tenía gallardía ni glamour, y quedaba ridículo vestido con el traje de súper Cid Campeador de José María Aznar. Casado tendrá que cabalgar muchos jacos por Cuelgamuros para recuperar a ese votante.

De entre la derecha, quien se va a quedar más descolgado en esos días de Pasión es el pobre Albert Rivera, tan laico él, tan liberal y moderno, tan Macron wiki-ilustrado. Contraprogramar la performance beata que van a protagonizar PP y Vox durante la Semana Santa va a exigirle mucha imaginación a Javier Maroto, director de campaña de C´s y mal visto en los templos por su condición sexual.

En resumen, que Pedro Sánchez ha desatado la ira electoral de Jehová y eso, en España, puede tener consecuencias impredecibles el 28 de abril. Demasiada fe para tan poca democracia. Asperges me, Domine, hyssopo et mundabor.