Opinion · Rosas y espinas

Granhermanesco

ACTO I

Siempre me ha parecido un ridículo pueril el ejercicio periodístico de valorar quién ha ganado o perdido un debate. Es una nota subjetiva que ponemos periodistas y espectadores demasiado influidos por nuestras filias y fobias previas. Además, y a pesar de la etimología, resulta absurdo pensar que pueda haber vencedores y vencidos en un debate político o de cualquier naturaleza. Si se hace con rigor, humanidad, empatía y honradez, habrán ganado todos. En caso contrario, solo con que un contendiente se salte las normas de la racionalidad y el respeto, ya no habrá existido debate, sino otra cosa. Y entonces aun es más absurdo poner y quitar medallas, salvo que sean de barro.

No fue nada sorprendente, por ejemplo, la valoración general que se hizo de Albert Rivera en las redes sociales tras el primer debate, donde su histrionismo de mal actor causó mucho regocijo, meme y risa. Sin embargo, al día siguiente los periódicos más cercanos al Ibex y a las hipotecas bancarias le daban como absoluto ganador, como campeador de la dialéctica, como el Zenón de Elea de la política española.

En el extremo opuesto, se acusó a Pablo Iglesias de no haber arrojado vísceras de mofeta sobre los rostros de sus contrincantes mientras vomitaba espumarajos verdes por los ojos. En las televisiones, en particular, estaban especialmente molestos con él. Se conoce que les jodió las expectativas de share granhermanesco. A Pedro Sánchez se le recriminó su pose excesivamente presidencial, quizá olvidando que es el presidente. Y a Pablo Casado ni siquiera se le concedió el eximente de ser primerizo en estas lides, lo que quizá explicó esa pose suya de niño en primera comunión con ganas de llevarse la primera hostia.

Dicen los expertos, esos señores que siempre se equivocan, que los debates solo mueven entre el uno y el dos por ciento del voto. Pero se basan en estudios estadounidenses o en uno que se hizo en España cuando el bipartidismo se repartía las presidencias avant el voto. Hoy todo ha cambiado tanto, hay tanto río revuelto que algunos pescadores pueden soñar con más ganancia. Que se lo digan a Vox, el gran ausente.

ACTO II

Si el primer debate estuvo marcado por un moderador inevitablemente institucional y encorsetado, como corresponde al ente público, en el segundo Ana Pastor y Vicente Vallés repartieron queroseno desde el primer minuto para descubrir a los pirómanos. Y les salió fabuloso. Albert Rivera y Pablo Casado salieron a perder matando, uñas afiladas y rabo anticomunista, Venezuela y tal, interrupciones constantes buscando adrenalizar a sus oponentes para descenderlos a su altura.

Enfrente, un Pedro Sánchez crispado, incómodo entre cuñados navideños y chillones, mostrando tics impropios de su galanura, nervioso y con ganas de salir corriendo. Por su parte, Pablo Iglesias entendió perfectamente que esta vez le tocaba el papel de niño bueno, y hasta se pasó, que a mi madre le dieron ganas de adoptarlo, y llegó a indultar a la princesa Sissí Cayetana Álvarez de Toledo y sus porno-bromas sobre la violencia contra las mujeres.

Épico fue el minuto en el que vimos a Casado como el príncipe egipcio del cazo mientras, con un pergamino, Rivera le daba el atrezzo. Asustados, Sánchez e Iglesias se cogían de la manita como Hansel y Gretel y se decían frases amorosas para conjurar el terror en lo más osuro de un bosque de insidias.

–Se lo digo con cariño, señor Rivera, deje de ser tan impertinente –llegó a sollozar el líder morado cuando sus palabras eran ininteligibles bajo el huracán de los alaridos.

Casado, mientras, blanqueaba con confeti al ausente Belcebú: «Según la encuesta de Tezanos, hay un solo escaño de diferencia entre el PSOE, los batasunos, los comunistas y los golpistas… y los partidos constitucionalistas». Vox como partido constitucionalista. Las carcajadas de Abascal provocaron interferencias en la onda catódica e hicieron arder antenas en los tejados de España.

Esta segunda vez sí ganó la tele y su querencia granhermanesca. Entre las víctimas, el día del libro: lo único que se habló de cultura en los dos debates se ciñó a la tesis de Sánchez y a la hagiografía que le escribió Sánchez Dragó a Abascal. Hasta cayó Hamlet herido en el lance último de la batalla: dulce príncipe, lo demás es ruido. Mucho ruido. Demasiado ruido. En vez de ir a las urnas, yo creo que esta España de derechas debería salir a votar a voces. No sé cómo valorarán esta idea nuestros politólogos expertos.