Opinion · Rosas y espinas

La que llena los bares

Pedro Sánchez se ha tomado muy en serio defender las puertas giratorias de sus mayores y ha terminado él mismo convirtiéndose en una peonza. Giró y giró durante meses alrededor de sí mismo pensando que la fuerza centrípeta de su rotar alocado atraería con su spin gravitariorio a Pablo Iglesias, Pablo Casado, Albert Rivera, Gabriel Rufián, las anchoas de Miguel Ángel Revilla y hasta a Santi Abascal, de quien dicen que en la refriega contra el viento se le voló la adarga. Pero el alocado tiovivo giró y giró tan velozmente que al final se quedó vacío.

A uno le queda la sensación de que Sánchez no quiere ser presidente. Que le pone lo de presidenciable. O quizá aquel motín que lo reemplazó por una gestora –el mayor bullying de nuestra historia democrática– lo incapacitó para relacionarse con normalidad con los demás niños del hemiciclo. El caso es que nadie, nadie, aceptó ajuntarse a jugar con él en el patio del Congreso. Cierto es que tampoco pidió concurso. Se limitó a botar el balón en medio de la cancha para ver si caía algún pardillo, pero dejando muy claro que la pelota es suya.

El caso es que la socialdemocracia europea, si tal ente aun existe, se quedó desde ayer sin su más exitoso baluarte. El suicidio del socialismo europeo, desde Gerhard Schröder a Lionel Jospin, ha adoptado muchas y muy imaginativas formas y manieras, pero ninguna tan extravagante y psicodélica como la del sucesor de José Luis Rodríguez Zapatero (cuya inmolación en la bacanal de la banca, vía reforma constitucional del 135, vistió como responsablilidad de Estado: uno, a un político, le pide antes responsabilidad ciudadana que responsabilidad de Estado, pero bueno).

Sánchez ha llevado el horrible verbo procrastinar a los límites estratosféricos de la semántica, y ya no está dejando para mañana lo que podría hacer hoy, sino que lo ha diferido hasta El Mañana, con mayúsculas, ese tiempo remoto donde está dispuesto a disputarle el liderato al propio Cronos.

El caso es que a Sánchez no se le puede tildar de vago. Pocas veces se ha visto a nadie trabajar con empeño tan empecinado en no conseguir nada. Como defensa chusquero, Sánchez se limitó a despejar al patadón las cabezas de sus posibles aliados como si fueran balones peligrosos.

También se puede inferir que, tras su descarnada batalla contra Susana Díaz, el Íbex y El País de Antonio Caño, dedicó su venganza a demostrar que puede ser peor, más duro, más neoliberal y más voraz que todos ellos. De este tipo de vaivenes están llenas las consultas de los psicólogos, como la falta de amor es la que llena los bares.

Ante lo delirante del espectáculo, no descarto tampoco la mediación divina o extraterrestre, la clonación para suplantar la identidad del líder socialista, el uso de bebedizos andaluces y susaneros para anular la personalidad, o que Pedro Sánchez sea un robot mal programado que se ha rebelado contra sí mismo y contra todo el orbe, cual Jocker desencadenado. Hechos tan excepcionales obligan a no descartar las más excepcionales conjeturas.

Todo esto resultaría hasta entretenido si no fuera porque en los mismos días hemos visto morir en paz a Ascensión Mendieta, que ya duerme en el cementerio civil de la Almudena junto a su padre, exhumado por ella de las fosas del franquismo. O porque aun no se ha derogado la ley mordaza. Y siguen los desahucios cotidianos. Las privatizaciones tragaldabas en sanidad y educación. Y algunos otros asuntos que, quizá, a partir de noviembre, estemos dejando en manos de nuestra polícroma y bien avenida derecha. Vota socialista: la vie en rose.