Opinion · Rosas y espinas

Los pobres nos empadronamos en Casiopea

A veces me pregunto qué es una noticia. Ya no distingo si es algo que acontece muy rápido o es algo que sucede siempre, cada día, con la cadencia simple y átona de una expiración eterna y gargantosa. Lo que está siempre ahí nunca nos parece noticia.

El otro día leí en El Confidencial un reportajillo sobre los que duermen en los parques de Madrid. Esos que suceden siempre. Esos que no son noticia. Que tienen más de cincuenta años, un pasado burgués con casa y coche y, hoy, solo un perro y unos cartones para dormir.

El clásico reportajillo, o sea, tan repetido como las campanas funerales de un pueblo empedrado, ya sin ningún bar, y viejo.

Sin embargo, esa historia repetida mil veces en mil periódicos repetidos, ese frondoso suceso de parques dormitorio donde sestean los sintecho, escondía en su ramaje un íncubo y un súcubo pervertidores, una gorgona con ínfulas de ramera, un capitán Achab condenado a ser mil veces Jonás dentro de una ballena flácida y glotona.

Disculpadme si me he puesto grandilocuente, pero lo merecen la ocasión, la noticia y las ballenas.

Nos enteramos por este tópico reportajillo de El Confidencial de que nuestros pobres pueden empadronarse debajo de una farola, en tal árbol de un parque o en un cajero automático, por poner algunos domóticos ejemplos. Los pobres necesitan empadronarse para tener derecho a alguna ayuda y el Estado español, por boca de un funcionario, reconoce a la reportera de El Confidencial que empadronarse bajo un árbol «es totalmente legal. Podrá parecer raro, pero es legal».

No es que uno se haya hecho de repente de Vox y quiera colgar de los árboles a los que se refugian bajo ellos, pero que un presunto estado del bienestar se permita empadronar a nadie bajo un árbol me parece australopiteco, por ser fino. Hemos deshumanizado tanto la pobreza que un funcionario público se aviene a certificar, humana y democráticamente, que una mujer o un hombre o un niño puedan residir en un cajero automático. Y allí recibir su correspondencia. E invitar a sus conocidos al té de las cinco, se supone.

El artículo 47 de nuestra Constitución, ese librillo de ficción más aburrido que las obras completas de Menéndez Pelayo, nos dice que «todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación».

Tengo entendido que nuestros funcionarios juran, al asumir sus salarios, el cumplimiento de nuestra Constitución. Y a lo peor yo soy muy friki, pero me parece un tanto estrafalario considerar que un cajero automático se pueda certificar vivienda digna en un empadronamiento. Que un funcionario acepte la normalidad de troncos de árbol como domicilio de uno de sus vecinos es casi peor que limpiarse la boca con la manga. Es una orangutanez, con todos mis respetos hacia los más civilizados orangutanes.

Esto de las constituciones y las democracias es muy lindo pero también muy lío, o sea, gordi.

Supongo que lo que quiero decir, después de todo este ímprobo esfuerzo por parecer frívolo, es que no comprendo que unos papeles oficiales admitan con desenvoltura burocrática que un ser humano pueda residir debajo de un árbol, de una farola, o dentro de un cajero automático. También, en su pobreza, ellos han rescatado a la banca, bajo la cual duermen. Me parece poca compensación, ese escaso techo.

Quizá el buen periodismo no se modela con grandes scoops políticos, ni con declaraciones altisonantes en exclusiva, ni con villarejadas. Quizá el buen periodismo se hace yendo una y otra vez, hasta aburrir al lector, a los sitios donde por desinterés mediático y popular es más fácil castrar derechos.

Yo no sé si vosotros sabíais que ahora es posible que una persona en España se empadrone debajo de un árbol. Se cuenta en un reportajillo. Al que nadie hará ni caso. Yo me voy a empadronar debajo de Casiopea, a ver quién tiene los cojones de cobrarme el IBI.

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PS: Lee el reportaje de El Confidencial aquí.