Rosas y espinas

Secretos secretados

Pixabay.
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Mucho se está hablando estos días de la ley de secretos oficiales. En general, toda ley de secretos oficiales propone ocultar a los votantes lo que hace tras las cortinas su presunta democracia. Es una necedad fascistoide en sí misma. No hay seguridad del Estado que justifique que los ciudadanos no podamos saber todo sobre todo lo que hacen nuestros gobiernos. Esa ley nos dice que los ciudadanos, al saber, somos un peligro. Cuando de todos es sabido que el peligro es patrimonio de los gobernantes.

Si vamos a una guerra, el carnicero y el peluquero y la doctora en rinoplastia quiere y tiene la obligación de saber por qué vamos a esa guerra, cómo matamos en esa guerra y cómo morimos en esa guerra. Democracia es saber. No es solo, ni mucho menos, votar. Por eso cualquier ley de secretos oficiales es antidemocrática. Las modernas democracias son tan secretistas que permiten hacer a los gobiernos lo que los ciudadanos no deciden. El negocio es que los ciudadanos no se enteren. Y ahí entran los imperios de Ferreras, Florentino y Felipe González, todos muy bien situados. Una mentira es más creíble si espantas la verdad con dos secretos. Y la mentira siempre ha dado mucho más dinero que la verdad. Por eso existe. Los secretos oficiales no son más que mentiras oficiales. Y un buen negocio.

Nunca me dediqué a estudiar historia, pero como estoy tan viejo ya soy parte de ella. Y no he conocido, en todos mis doscientos años, un solo secreto oficial que haya cambiado para bien el curso de la humanidad o de los ríos. Cuando se desclasifican secretos de Estado, uno se da cuenta de que no eran secretos, sino solo crímenes.

Me voy a poner más dramático que el rostro impenetrable de un besugo al horno, pero necesito decir que lo que más me duele en esta tierra es la situación de Julian Assange, preso y condenado a larga muerte por desvelar secretos de Estado, crímenes de Estado y singulares atrocidades cometidas por nuestra más influyente democracia.

Assange me parece más importante que la supervivencia del Amazonas, porque sin gente como Assange nunca sobreviviría la Amazonia. Salvar a Assange me parece más importante que salvarnos de la pobreza, porque sin gente como Assange no nos enteraríamos de la pobreza. Con Assange estamos siendo torturados y moridos todos. Así son las leyes de secretos oficiales. No hay peor tortura que el desconocimiento. Ni mejor bálsamo que el desconocimiento para disfrutar siendo torturado.

Cuando nos hablan de leyes de secretos oficiales, uno imagina a George Smiley susurrando con Pepe Carvalho, en clave, sobre el robo del coño de la Venus de Milo, en cuyo interior se guardaba el pergamino de una bomba afrofonética que iba a destruir el acento gaditano en dos semanas.

Pero los secretos oficiales, los de verdad, son en plan Villarejo. Y no hablan de los coños de las Venus, sino de los de las amantes de nuestro comisionista dilecto. Son tan vulgares o tan sanguinarios que da pena y vergüenza conocerlos. Y por eso quizá nos los quieren ocultar.

Como soy un poco simple, y no tengo sentido de Estado, a mí me encantaría tener un gobierno progresista que, directamente, eliminara de su legislación el concepto de secreto de Estado. Es incluso peor que el de la inviolabilidad de la corona. Porque nos hace cómplices a todos de sus secretitos criminales y rapiñeros cada vez que les votamos. Si los tuvieren. Que sí. Marruecos ya tal.