Rosas y espinas

Froilán de Todos los Demonios

Froilán de Marichalar, en una imagen de archivo. (EFE/Javier Cebollada)

En Galicia existe un Partido Froilanista cuya aspiración es crear un reino, bajo jefatura de Estado borbónica, con Felipe Juan Froilán de Todos los Demonios de Marichalar y Borbón como monarca. Los gallegos hemos traído al mundo a Francisco Franco, Manuel Fraga, Mariano Rajoy y Alberto Núñez Fakejóo, entre otras joyas, y en el PF consideran que tenemos "derecho a ser tiranizados por un sátrapa nuestro", ya que a todos estos los fuimos exportando sin pedir nada a cambio a los españoles. Ahora, con el anuncio del injusto exilio que llevará a Froilán desterrado a Abu Dabi con su abuelo (después dirán que en España no hay perseguidos políticos), se cierra un círculo opresor contra el movimiento independentista y monárquico gallego que sin duda traerá consecuencias. Froilán, tras el divorcio de sus padres, ni siquiera ha heredado el título de duque de Lugo que ornamentaba a su padre, Jaime de Marichalar. Otro gran talento condenado al ostracismo.

La noticia del exilio forzoso del rey Froilán (sin trono, como su bisabuelo) la ha sacado en portada la revista Lecturas, una publicación valiente cuyo rigor informativo ha merecido durante décadas la devoción de todas las peluquerías de España. No se debe despreciar la influencia intelectual de esos centros de debate que son nuestras peluquerías, único lugar en donde los españoles siempre usamos la cabeza. Ya quisieran el Congreso y la Real Academia de la Historia.

Felipe Juan Froilán de Todos los Demonios ha mejorado, sin duda, la especie borbónica. En lugar de pegarle un tiro a su hermano, como su abuelo Juan Carlos, lo primero que hizo fue pegarse a sí mismo un tiro en el pie, demostrando un encomiable talante antibelicista. Quisieron silenciarlo, y como los disparos son bastante ruidosos, el chaval se pasó a las navajas, continuando con su cruzada inmarcesible por la unidad de las discotecas de España. La Vandido madrileña es hoy un lugar de peregrinación para los gallegos indepes y monárquicos froilanistas.

En otra ocasión, a Froilán le dieron un puñetazo por saltarse el turno en el baño de caballeros de otro local de ocio. El futuro rey de Galicia intentó colar su pene en el urinario apartando de allí a otro pene menos nobiliario, y recibió por ello sonado pescozón quijotesco. No se deben confundir penes con aspas de molino, amigo Sancho. El agresor no se daba cuenta, sin duda, de la trascendencia histórica que puede llegar a tener cualquier pene de cualquier varón real. Cortarle la meada a un borbón puede tener consecuencias catastróficas para el futuro de España, pues de todos es sabido que forzar la vejiga daña la potencia sexual incluso de los más ilustres varones, y se alteraría la línea de sucesión en caso de que Froilán, esa noche, hubiera sufrido un gatillazo. Habría que exigir en los locales públicos baños para mujeres, hombres, trans y borbones. Porque el pene de un borbón vale más que vuestro pene, pues aquel perpetúa dinastías y tu pobre polla, lacayo, solo engendra obreros y pobretones doctores en oncología.


Los gallegos nos tememos que eliminen a Froilán, como hicieron con Kennedy, Martin Luther King y David Carradine, pero tenemos en la manga la carta de Victoria Federica, su hermana influencer, que al parecer empotró su coche contra otros varios aparcados en una céntrica calle de Madrid. No creo que haga falta deciros que fue delante de otra discoteca, que son hoy los check-point de la frontera libertaria. Esta chica apunta maneras.

Si se confirma la noticia del exilio abudábico de Froilán con el abu Juancar, el futuro rey de Galicia tendrá la oportunidad de tallar diamantinamente sus evidentes cualidades borbónicas bajo la tutela del arquitecto de la transición. Es algo que los miembros del Partido Froilanista no parecen, todavía, haber valorado. La influencia del maestro shaolín de la borbonía puede hacer de Froilán el rey perfecto, con su agenda de comisionistas y banqueros suizos. Yo me pongo a los pies de Froilán, esperando que mi postración no le coincida con el momento de pegarse un tiro.