Rosas y espinas

Borbones saliendo del armario

El rey Felipe VI y el rey Emérito se saludan ayer lunes durante la despedida de Constantino II, hermano de la reina Sofía y último rey de Grecia, en el funeral celebrado en la Catedral Metropolitana en Atenas que sirvió de reencuentro para la familia del rey Felipe VI de España. EFE/STAR TV

Dos hombres besándose a escondidas. Lo de los borbones sí que es una salida de armario. Nuestro rey sin méritos y nuestro rey emérito huyen de las cámaras para intercambiar piquitos. La monarquía española nunca debió de salir del papel cuché. Qué bien se besan. Qué parpadeos más tiernos. Qué sonrisas más labiosas. Pareciere que uno le ha hecho beneficiario al otro de una cuenta off-shore, o cualquier otro gesto de pasión que a todos nos enamoraría. Pero se ve que lo suyo es sincero. Que nada tiene que ver con la facturable llorera de Shakira. Los borbones son dos corazones unidos por un vínculo invisible, que diría Paulo Coelho: el invisible vínculo de las invisibles cuentas opacas, por poner un solo ejemplo. Las que conocemos y las que no.

Por mucho que la prensa del cuore (El Mundo, ABC, La Razón...) insista en que el reinado de Felipe VI nada tiene que ver con el de Juancar (son solo padre e hijo, nada personal), el amor una vez más ha conseguido sobreponerse a la presión de la censura, y los hemos visto besarse, abrazarse, palmearse, acariciarse, sonreír, intimar. Faltaba Letizia, tan fina que se quedó pelando gambas con una sola mano. Pero los grandes amores siempre dejan a alguien dolorido, y la historia de Letizia ya la ha contado Hans Christian Andersen.

El caso es que Felipe VI y Juan Carlos I coincidieron en el funeral de Constantino de Grecia, y se besaron e hicieron cosas en un lugar restringido a los medios españoles, supongo, creyendo que no los veía nadie, pero un canal de la tele griega se coló y ya no les queda más remedio que salir del armario, desnudarse ante la audiencia y darlo todo.

En este periódico somos gente enérgicamente tolerante, y, si dos borbones se aman, nosotros somos los primeros en exigir que ese amor se pueda hacer público, que no se avergüence de sí mismo, que no se sienta carne pecadora, que siga el fluir de sus instintos borbónicos por mucha consanguinidad que haya y por mucha Letizia que se niegue a aceptar que un árbol genealógico pesa más que cualquier flor.

Los borbones, a pesar de ser borbones, y de haber estudiado lo ladrones que fueron todos los borbones, están orgullosos de sí mismos. Y no lo pueden, ni lo quieren, disimular. Y es que son encantadores, aunque con sus rarezas.

Todo esto, por supuesto, sucedió en un funeral. A veces la realidad supera a Coppola. Juancar El Off-shore y Felipe El Beneficiao Preparao se encontraron en el entierro de Constantino de Grecia, un rey cobarde que entregó el país a una junta militar filonazi en 1967. Después tuvo que huir en avión a Roma, como nuestro añorado Alfonso XIII. Era el hermano de nuestra reina Sofía y murió tristemente millonario esta semana. Ni siquiera estaba exiliado como nuestro rey. Constantino de Grecia era, monárquicamente hablando, un pagafantas.

Felipe VI fue al entierro de su tío fascista griego en el Falcon, aprovechando que Pedro Sánchez no lo había pillado para marcharse al bingo. Y, según la prensa especializada, le dijo a su padre:

--Me alegro de verte, papá.

--Pues devuélveme la paga--, debería de haber respondido el rey emérito.

Yo no sé vosotros, pero a mí me dio mucha ternurísima el abrazo de padre e hijo. Sobre todo desde que Emiratos Árabes, hace unos días, dejó de ser considerado paraíso fiscal por nuestro ministerio de Hacienda. Eso une muchísimo a las familias. Borbónicas, me refiero.