Opinion · Palabra de artivista

Sandra Barneda y la homofobia sigilosa

sandrabarneda.homofobiasigilosaLa gente está siendo tan re-educada en la tontina de las redes sociales que ya no lee más allá de la primera frase o incluso se queda en el mero titular y se ha acostumbrado a dejarse el contexto y la comprensión lectora en el museo de “cuando podíamos leer un libro sin mirar el móvil cada 3 segundos”. De no ser así no se entendería la horda de borregos analfabetos ideológicos que han corrido a aplaudir a la colaboradora televisiva Sandra Barneda por su homófobo y contra-activista discursito soltado el pasado lunes en ese  programa desnortado que es Hable con ellas… si no se han despedido todavía o el del pinganillo le deja. Por si no sabéis a qué me refiero, he aquí la transcripción de su alegato en pro de los armarios que vendió como liberación y muchos medios ensalzaron como una valiente defensa contra la homofobia.

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Sandra, como te gusta que te llamen, tu discurso es pura homofobia con un bonito acompañamiento de populismo cobarde que acaba en pura homofobia sigilosa. En 2011 me estrené en este medio hablando de La homofobia sigilosa para denunciar esa cobarde y sofisticada nueva forma de estigmatizar, humillar y discriminar a los homosexuales haciéndolo pasar por aceptación y visibilidad; el PP y la Iglesia (especialmente el homófobo papa Francisco) son expertos en este engañoso doble mensaje que proclama simpatía mientras recrimina a la víctima su opresión y le tiende la mano para acompañarla a la guillotina si se arrepiente de sus pecados. Es ese perverso discurso que dice lo contrario de lo que dice, acudiendo al puro absurdo antagónico (te quiero porque te odio o quiero conocerte en tus silencios). Ejemplo perfecto, el de la Iglesia (dicho nada más llegar por el homófobo papa Francisco) de “yo amo a los homosexuales, pero repudio su homosexualidad”; un oximorón esquizofrénico que suena a psicópata dándote puñaladas por “tu bien” y porque “te ama” y quiere liberarte de tu sufrimiento porque tienes el demonio dentro. 3 años después ya está plenamente instaurado en la misma comunidad gay. Principalmente a través de los absurdigays y los homocones mercenarios que cobran de la derecha para intoxicar y distorsionar la lucha gay.

Un ejemplo perfecto de ese mensaje contradictorio que empieza por proclamar lo que finalmente niega es ese asqueroso final en el que la absurdigay declara: “¿Si tú también te sientes orgulloso de quién eres, por qué marcas la diferencia?”. O sea, bonita, ¿que cuando te sientes orgulloso de quién eres el camino es esconderlo y negarlo? ¿Cuantas clases de filosofía, lógica y lengua te saltaste tú en el colegio? porque es la única explicación a ese absurdo sofisma que plantas para cerrar tu incongruente discurso. Si uno está orgulloso de lo que es lo demuestra diciéndolo, no asfixiándolo, escondiéndolo y matándolo para encajar en la generalidad porque te han dicho que eso es lo correcto. Es lo que implicas en la segunda parte de tu sofisma (que se salta alegremente la segunda premisa necesaria: por lo tanto marco mi diferencia) que anima a “no marcar la diferencia” que es de lo que supuestamente estás orgulloso en la primera permisa ¿Eh? ¿Cómo se come esa contradicción? O sea que ser diferente es malo y debes evitar marcar la diferencia. O sea, amada Barneda, reina de los armarios, que nadie debe ser diferente…. ¿a qué? Obviamente a la etiqueta heteropatriarcal. Cuando aclaras que no eres heterosexual (la etiqueta que te imponen en cuanto entras en una habitación) es un paso en la libertad, el único modo de combatir las etiquetas. Pero Barneda aconseja todo lo contrario y lo hace diciendo que está en contra de las etiquetas.

Permíteme hablarte de etiquetas, endohomófoba (homofobia internalizada por los propios homosexuales) Barneda. Yo sé mucho de etiquetas, amor. Fui la primera drag queen declarada en España y en la televisión uno de los primeros personajes con sección propia que declaraba abiertamente su homosexualidad y la hacía central en su trabajo en 1994, cuando la visibilidad era vital y gastaba mi tiempo y energías en cosas tan simples como aclarar que los homosexuales no queremos ser mujeres o que una drag queen no es una transexual ni una transformista ni una travesti, o que la homosexualidad no es una enfermedad, o que las etiquetas como insulto son pura ignorancia… de hecho mi primera novela Escuela de glamour (publicada por todo lo alto en 2000 por Plaza & Janés, editorial generalista) se abría con el párrafo Si quieres clasificarme, es porque quieres negarme. Pero eso no va dirigido a las incómodas etiquetas castigadoras, va dirigido a todas y principalmente a la heteropatriarcal. Y si no quiero que me impongan esa etiqueta, tengo que definirme constantemente y usar las mías, las nuestras, “maricón pintado”, “locaza”, “bollera” (sí la usé mucho tiempo porque me pasaba media vida en el bollerío y me sentía más cercano a ellas que a ellos), “artivista”. Porque, y esto estaría bien que lo anotasen los que me critican por “inventar palabras”, el patriarcado nos intenta invisibilizar constantemente y el arma principal es no aceptar palabras que descubran que fuera de sus términos homófobos, machistas, racistas, discafóbicos, existen mil realidades. Por eso tenemos que crear nuestras palabra, las que obliguen a la gente a reconocer lo que no se dice, lo que se esconde (“cristofascistas”, “absurdigays”, “gaypitalismo”, “endohomofobia”, “homocones”, “burgayses”, “oligayrquía”, “pinkwashing”, “homonacionalismo” “discafobia”, ésta de mi amado activista discapacitado Victor Villar Epifanio).

Frente a esto, tu hipócrita y cobarde renuncia a las etiquetas lo único que está haciendo es imponer la etiqueta más castrante, violenta y dictatorial que existe: la de heterosexual. Lo que tu llamas “etiquetas”, en tu homófoba y cobarde aceptación del heteropatriarcado, es la disidencia, la periferia, todo lo que se salga de las etiquetas impuestas que tú tan felizmente aceptas: mujer, heterosexual, blanca, guapa, elegante, sumisa, discreta… esas que te gustan porque te hacen sentir aceptada, integrada en el sistema, incluida en el grupo… el único precio es negar tu realidad, tus etiquetas que contradicen esa mentira y que dan visibilidad y esperanza a tantas otras personas que viven asfixiadas por las etiquetas patriarcales. Las que tu aceptas pero no tildas de etiquetas. Aunque lo sabes, sabes muy bien, y juegas a ello, que cuando empezaste en la televisión dejabas ponerte la etiqueta de mujer (como lo entiende el patriarcado, claro), blanca, guapa, telegénica, delgada y, sobre todo, heterosexual. Tú te callas y sigues el juego porque te conviene. Jamás levantaste la voz para defender a los insultados con las que tu llamas “etiquetas” y que no son más que vida, visibilidad, supervivencia para no morir asfixiado con las imposiciones y mentiras del patriarcado. Ese es el juego de la homofobia, hacerse la tonta cuando se escucha un comentario .

De hecho tú nunca saliste del armario, te sacaron a patadas los medios, El Mundo en su sensacionalista lista de gays más influyentes y alguna entrevista. Y cuando ya no había remedio y el trabajo te lo habían hecho otros y viste que en tu privilegiada posición no te perjudicaba tanto como pensaste, lo aceptaste a regañadientes y no hablaste mucho de ello.

El juego del sobreentendido que la derecha y el heteropatriarcado han impuesto. Esta es la lógica de la homofobia que Barneda propaga: “Se sobreentiende que eres gay, todos en esta habitación lo sabemos, pero lo que se sobreentiende es que no debes decirlo en voz alta jamás, que debes hacer un enorme esfuerzo en ocultarlo, evitarlo, disfrazarlo. Eres el gay armarizado, eres el motor de la industria de la homofobia que me hace tener un poder sobre ti, estar por encima de ti, ser tu verdugo en potencia en todo momento y convertirte en perenne victima. Y eso me gusta y es sólo posible por tu colaboración. Y lo único que podría destruir a cada minuto esa industria, esa tiranía, ese poder que me das, sería que me mirases a los ojos con orgullo y pronunciases las palabras: ‘soy gay, o maricón, o bollera (mucho más poderosos estos dos últimos), soy distinto a ti, no soy heterosexual; pero soy igual a ti y te exijo que me respetes”.

Pero no quiero olvidar lo más grave y ruín que haces en ese deplorable discursito, atacar al activismo y asociaciones que te han permitido vivir con la libertad y alegría que vives. Tu ataque es tan miserable y ruín que usas la terminología de los cristofascista: “lobbies”. De eso también sé mucho, los principales odiadores a sueldo de la derecha y la Iglesia me dedican insultos cada semana porque me han bautizado como el dirigente del lobby gay. El primero es un becario de Intereconomóa, esa cadena tan poco homófoba que fue multada (al final no la pagó) por anuncios insultando y llamándonos enfermos, los segundos del programa de Intereconomía defendiendo al asqueroso panfleto cristofascista La Gaceta:


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¿Es ese el discurso que tu recoges para defender la libertad? ¿El de los cristofascista recalcitrantes que nos quieren dibujar como un oscuro grupo que confabula en la oscuridad para controlar el poder? ¿No te suena un poco, un poquito, a la estrategia que siguieron los nazis pintando a los judíos como la causa de todo mal, los ricos y poderosos que controlaban la miseria de los demás? Pues eso mismo hace esa etiqueta (tú que estás tan en contra de las etiquetas te ha faltado tiempo para plantarnos a los activistas y asociaciones, o simplemente a los homosexuales que viven abierta y orgullosamente su vida, la etiqueta perversa de “lobby”), retratarnos como una amenaza poderosa que controla el poder o lo intenta (me meo de la risa, ahora las maribollos somos los que tenemos privilegios, poder e influencia y estamos presionando al poder). Los lobbies gays no existen, homófoba Sandra, existen personas valientes que sacrifican su comodidad, vida y beneficios hablando cuando todos (tú la primera) les exigen callarse, no decir nada que incomode o arranque la etiqueta principal que nos ponen a todos y todas nada más nacer: heterosexualidad. ¿Has escuchado hablar de la presunción de heterosexualidad? Porque es la única verdad incuestionable que nos imponen en todo el planeta. Y hay que hablar mucho y luchar mucho para poder quitártela y decir que la tuya, tu etiqueta, que en realidad es tu libertad, es homosexual.

A esta barbaridad unes el cobarde y tramposo “No existen dos caminos, que se enteren, esconderse o luchar. Existen tantos caminos… tantos como personas que se aman”. No, querida endohomófoba, esa chorrada de absurdigay de que existen tantos caminos como personas se aman es como decir existen tantas muertes como personas nos asesina. Los que no luchan, los que han escondido su amor son los que preservan la homofobia. Eso de intentar colar que “los armarios no son armarios son trincheras pasivas”, o que “los y las homosexuales que se casan con el sexo contrario no se están escondiendo sino redefiniendo el matrimonio” o que “los y las que acuden al sexo anónimo no se esconden, están redefiniendo la sexualidad”, le colará a algún cobarde posmoderno o estudioso delirado de teoría queer pero no por eso es verdad. Y si tú puedes estar ahí es por los y las que han luchado. Como dice en su maravilloso disco mi admirado cantaor Juan Pinilla sobre los flamencos que denunciaron el fascismo, el franquismo, las injusticias del poder, en lugar de callarse y entretener a los señoritos como hicieron muchos que no sufrieron cárcel ni exilio, ni hambre y desprecio: Las voces que no callaron.

En cuanto a tu urgencia en recuperar el discurso homófobo de “la condición sexual es privada señores y señoras y solo atañe a dos personas. No debe ser usada como arma arrojadiza, ni tampoco como alabanza o mérito personal. No, querida endohomófoba, la condición sexual, que es la orientación que eso de condición suena a enfermedad o tara, no es privada. Para los heterosexuales desde luego no lo es. Porque tú estás intentado, como los homófobos de derechas (y de izquierdas, que de esos hemos sufrido unos cuantos millones) que declaran su asco ante la afectividad, un simple beso, un agarrarse de la mano, un cariño… intentando equipararla con escandaloso sexo público. Ése cómodo tercerposicionismo que cada vez es más popular (“no somos ni de izquierdas ni de derechas” y demás estupideces) siempre acaba en la derecha, en lo reaccionario, en lo hegemónico… es una manera cobarde de permitir la opresión y secundarla negándola. No, querida homófoba, no son lo mismo los cobardes que se esconden (os escondéis) que los y las valientas que sacrifican su trabajo, su comodidad, su integración por cambiar esta sociedad. Esos cambios de los que tú disfrutas ahora.

Eso de pretender que la mejor forma de acabar con los armarios es obligando a la gente a permanecer en ellos, a no destacar, a no desafiar al patriarcado, es tan lógico como decir que el modo de acabar con la pobreza en el mundo es explotar con más eficiencia al tercer mundo. Hipocresía asquerosa de verdugo. Tu discursito de soy persona es de una cobardía extrema. A ti no te discriminan por ser persona, te discriminan por ser lesbiana. Y ya que estamos, no tuviste ni la decencia de decir la palabra “soy lesbiana”. Y llegaste a tal punto de cobardía, absurdez y homofobia que dijiste que te da igual que quien esté a tu lado sea mujer u hombre. ¿Pero qué estupidez dices, hija? Si tu pareja es mujer eres lesbiana y te discriminan, si es hombre eres una heterosexual (o una homosexual armarizada, que es lo que defiendes) y te aceptan. No quiero ni imaginarme lo que sentirá tu pareja escuchando que te da igual a quién tienes a tu lado… ¿el socorrido discursito cobarde “bisexual”? No, te gustan los coños, y es maravilloso que así sea, no intentes disfrazarlo de “personas” o ese repulsivamente cobarde “yo me enamoro de mentes no de cuerpos”. Que ya estamos hartitos de los y las que nos echáis mierda encima tachándonos de radicales o queréis borrar la lucha y el activismo pero bien que os beneficiáis de nuestra lucha.

Y es que al final tu discursito complace-amos no ha sido tanto para repudiar la homofobia como para atacarnos a los activistas, al colectivo, a las asociaciones, a las transmaribollos que nos unimos para combatir, porque sólo la lucha en comunidad nos ha salvado, sin comunidad (que es lo que quiere destruir discursos como el tuyo) no habríamos logrado nada, no existiríamos, seguiríamos siendo invisibles, desconectados, solos y solas, desconocedores de la existencia de otros seres humanos como nosotros…. diferentes, por mucho que te joda. Porque si niegas la diferencia estás negando nuestra existencia. Estás imponiendo el discurso de lo “normal” que tanto usan los homófobos. Lo normal no existe, existe lo que el poder define como “normal”, unos límites heteronormativos de los que se nos prohibe salir so pena de ser tachados de diferentes. Y lo que hay que enseñar es a respetar la diferencia, no a imponer la “normalidad”, o sea: heteropatriarcado que exige que te amoldes a sus imposiciones.

Y sobre el tema de todos esos borregos co-homófobos que aplauden este repugnante discurso desde el autocomplaciente y cobarde discurso del “todo el mundo tiene derecho a vivir su orientación como quiera”, les digo que no estoy de acuerdo. Me parece un delirio como decir “todo el mundo tiene derecho a vivir la violencia desde donde quiera: matando o dejándose matar”. No, ante la homofobia sólo hay una opción: o la combates declarando con orgullo tu homosexualidad o la secundas escondiéndote amparado en mil disculpas. Por más que los absurdigays queráis hacer pasar todo por una simple opción que equipara a víctima con verdugo (incluso la homófoba Esperanza Aguirre utiliza este discurso para declararse defensora de los derechos de los gays mientras los discrimina, o el armarizado alcalde de Torremolinos que afirmó para defender su prohibición a los transformistas de actuar en público: “Los gays serios no quieren distinguirse, quieren ser uno más”) . No, el traidor, el cobarde, el colaboracionista no es igual al que lucha, sufre, se sacrifica por cambiar o enfrentar la discriminación.

Querida Sandra, nos conocimos cuando, a raíz de mi denuncia ante Mariano Rajoy de su homofobia y la del PP, fuera de cámara me diste la enhorabuena, pero en cuanto estábamos en el aire te dedicaste a criticar mi protesta y a preguntar con bastante retranca que si no creía que era un error maquillarme y vestirme para protestar por un tema tan serio. Se llama diferencia, Sandra, yo quería precisamente visibilizar todas esas formas de ir por la vida que el patriarcado quiere negar y tildar de ridículas o radicales, negar que el único modo de ser “respetado” es disfrazarse de heteroasimilado. Así, con presencias como la mía, es como hemos conseguido ensanchar levemente los que los límites del heteropatriarcado deja fuera como no admisible. Por gente como yo es por lo que tú puedes aparecer en un programa de televisión sin tener que explicar tu diferencia. Aunque estás ignorando que ahora nos la están robando gracias a colaboradores como tú que desprecian su memoria, los miles de vidas y sacrificios de activistas, asociaciones y grupos que han luchado por tu libertad. Entenderías que lo que proclamas es la vergüenza, Sandra, mucha vergüenza, que es lo que tienes y das a paladas, despreciando a quien te ha regalado tus derechos y defendiendo la homofobia.

Pero qué se puede esperar en una cadena de televisión (y especialmente una productora propiedad de dos homosexuales) que han hecho un negocio de reproducir la peor homofobia, estereotipos, caricaturas y discriminaciones bajo la socorrida (y falsa) disculpa de “como soy homosexual no puedo ser homófobo”. Menuda estupidez. Hasta yo soy homófobo si me descuido cinco segundos. Porque a todos y todas nos han educado en la homofobia, desde que nacemos, desde que damos el primer paso y resulta ser demasiado “afeminado” o “marimacho” (¿verdad que te suena ese miedo, querida Barneda?), hasta el colegio que nos masacra por ser diferentes (esa palabra que tanto miedo te da), hasta que un día declaramos nuestro orgullo de ser diferentes y les dejamos bloqueados, destruimos su chantaje. Para eso es el orgullo Gay, para recordarnos cuanto trabajo, cuantas palabras, cuantas declaraciones incomodas nos sigue costando sentirnos personas… diferentes, homosexuales.

Para acabar quiero recomendar muy encarecidamente la lectura del magnífico artículo de Raúl Solis Eres lesbiana, no persona. Expone con brillante lucidez la rabia de los y las que luchamos contra la homofobia desde situaciones mucho menos cómodas que la presentadora endohomófoba.

Y ya que estamos, este maravillosamente rabioso texto de Lesbiana Quejica que ha titulado acertadamente La homofobia interna de Sandra Barneda.