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Las excusas retrasan la 'Décima'

Pues ya está. Terminó esta agotadora ruleta de Clásicos entre el Real Madrid y el Barcelona, este poker que al final resultó ser más bien un farol: hubo menos juego del esperado, sobraron los malos modos entre los jugadores y abundaron las declaraciones incendiarias, especialmente por parte de José Mourinho.

Los efectos colaterales de este cuádruple duelo han sido numerosos y especialmente preocupantes para la selección española de fútbol: la desunión entre los jugadores del Madrid y del Barça es patente. Los gestos de Casillas llamando caradura al árbitro y a los jugadores del Barça son la evidencia de que algo se ha roto en la relación entre unos y otros. Que se prepare Del Bosque. (En otro post comentaremos la abducción que han sufrido Casillas y Xabi Alonso, totalmente mourinhizados).

Pero más allá de eso, el Real Madrid sale del enfrentamiento muy afectado por una grave enfermedad que de no tratarse a tiempo se lo puede llevar por delante: la 'mourinhitis'. Los síntomas de este mal son evidentes: el victimismo ramplón, la falta de señorío, la excusa permanente y la renuncia al fútbol y a los valores que éste representa.

Todo el mundo sabe que el Barcelona ganó por juego y por fútbol. El de Guardiola es mejor equipo y punto. Se equivoca el Madrid si cree que perdió por los árbitros o las conspiraciones en los despachos. Hacer creer otra cosa es manipular la realidad, esconder que Mourinho tiró la eliminatoria en el primer duelo en el Bernabéu con un planteamiento tan pobre como su espíritu. Es, sencillamente, no saber perder.

Y eso que ayer tenía motivos para quejarse por el sibilino y caserillo arbitraje del belga De Bleeckere. Una cosa es el error puntual, perfectamente asumible aunque cueste la victoria (como el gol anulado a Higuaín o la expulsión de Pepe la semana pasada), y otra a mi juicio peor es no aplicar la misma vara de medir en pequeños detalles, cosas que no llaman tanto la atención como el criterio para sacar las tarjetas, el no pitar faltas cerca del área del Barcelona o el pitar muchas otras a favor de los culés. Pitar peligro, en suma, las pocas veces que el Madrid se aproximó al área de Valdés.

Detalles que impidieron al Madrid inquietar un poco más a los azulgrana pero que no le robaron la victoria: esa fue siempre azulgrana.

Pese a ese mal arbitraje, el Madrid pone el foco donde no debe. Precisamente la realidad le ha enseñado otra cosa: cuando ha tenido que jugar al fútbol con el Barça, cuando no le ha quedado más remedio que ir a por él, las fuerzas han estado más o menos igualadas. Cada uno con su estilo, sí, pero la diferencia con los culés no es tan abismal como algunos, incluido Mourinho, quieren creer.

El Barça está por encima pero no es invencible. El Madrid sólo está un peldaño por debajo. Seguirá perdiendo si sigue en ese lugar frío y oscuro que es el lamento perpetuo y la falta de autocrítica, pero si se afana por subir ese escalón, si apuesta por la calidad de sus jugadores y les da libertad para ejercerla y, sobre todo, si deja de buscar excusas y de llorar tras cada derrota, entonces será él el que estará en la final de la Liga de Campeones a no tardar.

Y hasta puede que gane la Décima con Mourinho si éste es capaz de aparcar su obsesión por el Barça. El portugués no es tonto. Es un mal perdedor, un entrenador equivocado y un ególatra capaz de arrastrar al abismo a su equipo con tal de salvarse él, pero aún está a tiempo de ser el entrenador de la tan anhelada Champions si rectifica. La mala noticia para el Real Madrid es que depende de la voluntad de Mou, un técnico absolutamente imprevisible.

Si Mou no cambia, el Madrid se despeñará por el abismo. La pregunta es: ¿Cambiará o dejará que el Madrid muera ahogado en su victimismo? Algún día lo veremos y lo contaremos aquí.