Las grúas, memoria de la especulación

“La construcción debe apostar por la investigación si quiere integrarse en la economía sostenible” -Beatriz Corredor, ministra de Vivienda-              

          

Estoy pasando unos días en un pueblo de la costa. La última vez que estuve aquí, hace un año, había varios edificios de apartamentos en plena construcción, ocupando el último tramo de la línea de costa que quedaba libre en kilómetros de litoral. Cuando regreso ahora, los edificios están en el mismo estado que entonces, sin terminar, con la obra parada desde hace meses por falta de compradores o de financiación tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. 

Por el camino he visto otros casos similares a lo largo de la costa, edificios a medio levantar, con las grúas inmovilizadas y ni rastro de actividad. Y no sólo aquí. En los barrios nuevos de las ciudades muchas promociones se han paralizado, o ni siquiera han llegado a iniciarse, y no queda más que el solar removido y un cartel descolorido que anuncia viviendas de ensueño. 

Tal vez cuando pase la crisis las grúas reanuden su movimiento, o quizás las retiren antes, pero mientras tanto ofrecen un paisaje que tiene algo de moraleja. Si hace años el bosque de grúas de las ciudades y zonas playeras representaba el poderío económico del país, ahora esas mismas grúas quietas dan testimonio de su derrota, del fin del sueño del ladrillo. 

Podríamos aprovechar esas obras inconclusas y dejarlas así para siempre, como lugares de la memoria de la especulación. De la misma forma que las placas y monolitos que recuerdan episodios de guerra o represión, nuestras grúas inactivas, con su perfil de horca, servirían para que las generaciones venideras mantuviesen la memoria de los excesos urbanísticos. Bastaría ver esos cimientos al aire para recordar el horror pasado. Por supuesto, Seseña sería el Valle de los Caídos del ladrillazo.