Tres por semana

El poder del ojo

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Pongamos que tengo una amiga. Que se llama Tere y es rubia teñida. Sobre los treinta, bien llevados. Pongamos que desde hace años a mi amiga le ronda una pregunta por la cabeza: "¿Soy una enferma del sexo?", se pregunta cada vez que llega a casa y mete las bragas en la lavadora.

A Tere le basta un tráiler sugestivo para ponerse. Medio pezón marcado bajo la ropa le sobra para mojarse. Y otra cosa: tiene fijación por lo que ella llama 'las dimensiones paquetales'. "¿Y ese cuánto calza?", pongamos que piensa para sus adentros. Y rehúye la incertidumbre con un repaso de arriba abajo. Su ojo robótico es capaz de diseccionar la forma abultada de manera médico-científica. Sabrá lo que te sobra y lo que te falta. Adivinará los grados de la curva imperfecta y qué testículo tienes más grande.

Pongamos que a Tere le gusta el manga. Pongamos que los consume en un abrir y cerrar de ojos y que discute de sus personajes favoritos con los empleados de la Fnac. Cuando leyó el primer volumen de Azul (Norma), de Kou Fumizuki, tuvo un orgasmo prolongado con tres picos de intenso placer. Pongamos que eso existe. Y que yo la creo. La paradoja está en que ese manga carece de escenas de sexo explícito. Lo más que se muestran son desnudos pseudointegrales. Un fraude, que diría mi vecino.

La historia de Tere prueba que existe gente capaz de correrse con dibujos animados. La pregunta es: ¿eso cómo se hace? ¿El poder del ojo es tan grande?, ¿los carentes de imaginación estamos proscritos a ver porno del duro para corrernos?, ¿qué papel ejerce la mente en el sexo?