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Pezones de chocolate

El invierno es la estación del chocolate; un alimento muy ligado al placer. Conscientes de ello los británicos Philip Neal y Cal Brown han ideado una línea bautizada Erotique, en la que los bombones Theobroma-Cacao se transforman en bustos de Adonis y Venus, y minuaturas de penes. Por un presupuesto de entre 25 y 35 libras esterlinas puedes insinuarte golosamente.

El chocolate está considerado una fuente de energía y vigor. La idea de que puede funcionar como un sustitutivo del sexo está muy extendida aunque hay personas que no los consideran al mismo nivel. Un estudio realizado en Reino Unido reveló que la mayoría de las inglesas prefería el chocolate al sexo, mientras que ellos se decantaron por el sexo en un 87%.

Pero hay más cifras sobre la relación chocolate/sexo. Una encuesta realizada en el hospital San Raffaele de Milán reveló que las mujeres que consumían regularmente chocolate estaban más satisfechas con sus relaciones sexuales y experimentaban mayor deseo sexual que las que se privaban de él.

¿Te has insinuado alguna vez con bombones eróticos?, ¿crees que la satisfacción sexual está relacionada al consumo de chocolate?, ¿has comido glandes/pezones de chocolate?

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Sometidos al anonimato

Para jugar o rendir pleites?a, hay máscaras para todo. mónica patxot

El cine las ha arrinconado a locales clandestinos ligados a prácticas sadomaso. Películas como Irreversible y Pulp Fiction las segregan a contextos gays, pero la figura emergente de la dómina está contribuyendo a la par conditio del consumo de máscaras como fetiche sexual.

Desde el punto de vista histórico, la máscara ha sido un medio para suplantar la propia identidad. Ese fue su uso original en el carnaval de Venecia –y figuras como Arlequín, Columbina, Polichinela– y así funciona también en el terreno fetichista del sexo. En este ámbito quien las compra se muestra determinado y seguro de sí mismo. "El cliente que las pide sabe a lo que viene y no vacila ni un momento", comenta Blas Gallardo, propietario de la boutique Toysex de Madrid (San Bartolomé, 7). El fabricante británico Zado dispone de un amplio catálogo de máscaras en piel.

Castigo invisible
Como en casi todos los productos relacionados con el sexo, las máscaras guardan secretos. Así, los pequeños orificios para respirar por la boca esconden un pene, que se va hinchando en la boca del sodomizado según accione el partner la bomba de aire. El modelo tiene un precio de 124 euros. Otras, incluyen cremalleras u orejas y hocico, a modo de perro.

Estas máscaras tienen uno o varios elementos que pueden desligarse: en algunos modelos, los ojos; en otros, la boca… La versión más lúdica y menos cara remite a la lucha mexicana, con modelos muy llamativos que oscilan entre los 12 y los 14 euros.

Descendiendo a materiales de peor calidad, encontramos las máscaras de látex (disponibles en diversos colores), con huecos en los que enmarcar los ojos y la boca y cuyos precios van desde los 24 a los 38 euros. Cualquier atrezzo sadomaso que se precie no puede prescindir de fusta. Las de la casa Zado cuestan en torno a los 30 euros. Las hay con mangos que imitan al pene y azote en trencillas de piel o en forma plana. Guantes y chalecos constituyen los complementos perfectos de toda máscara.

———-Modelos: artesanía al servicio de la confusión———

  • cortesano

Son el exponente más refinado de la máscara. No llevan gomas de sujección sino una varilla lateral que debe ser sujetada. Una alternativa menos anónima pero igualmente atractiva es el antifaz.

  • lucha mexicana

Inspiradas en los luchadores americanos, son coloridas y desenfadadas. Prescinden de cremalleras y elementos de quita y pon. Esta sencillez se nota en el precio, inferior al de las máscaras sadomaso.

  • terminator

Las máscaras usadas en las prácticas sadomaso son siniestras y convierten a quien se las pone en un siervo. Elaboradas en piel, incorporan apéndices como hocicos u orejas de animal. Son de las más caras del mercado erótico.

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Guiones de lecho

Series de pésimo gusto como Escenas de matrimonio han revitalizado el tan mediático debate del apetito sexual, que nosotros retomamos aquí de una forma mucho más cachonda.

La escena típica-tópica arranca cuando él quiere mambo y ella no. A continuación, las tres respuestas posibles:

Opción A/ «Me duele la cabeza». Típica de beatas y/o mujeres sin imaginación, a las que no sólo les aburre su pareja sino el hecho mismo de inventarse una respuesta propia. Si aún no has pronunciado esta frase, no lo hagas nunca: contribuirás a derribar uno de los estereotipos más llanos del imaginario mundial.

Opción B/ «No me apetece follar contigo». Las más inteligentes eliminan el contigo y se ahorran un montón de problemas, como las típicas preguntas de ¿qué quieres decir, que con otro sí?, ¿y con quién?, ¿por algo lo habrás dicho, no?, etcétera.

Opción C/ «Hagámoslo a mi modo». Y compóntelas como puedas.

Escena típica-tópica 2: Ella no quiere follar pero él no se da por vencido. Aquí, también, varias posibilidades:

Opción A/ Él adopta una pose melodramática de folletín rosa que, en realidad, puede encubrir una gran manipulación. Sus frases típicas serán Ya no me quieres; Sólo estás conmigo por… [generalmente, ni ellos mismos encontrarán la palabra]; Esto es horrible; etcétera.

Opción B/ Él empieza a hacer gracias hasta que te relajas. Es la táctica más inteligente y, por lo mismo, la menos practicada. Generalmente logra dar la vuelta a la tortilla porque siempre es mejor follar con un simpático que con un merluzo.

Opción C/ Se la casca. Y compóntelas como puedas.

Bien, ahora las preguntas: ¿Te consideras simpático o merluzo?, ¿has vivido alguna de estas situaciones con tu pareja? Esperamos vuestras aportaciones con lascivia.

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Nota a pie de página: Por supuesto, todas los diálogos aquí reunidos son producto de la más absurda fantasía y su parecido con la realidad es mera coin [jajajajajaja], coinci [jijijijiji], coinciden [jejejejejejejeje]

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A tu bola

Mónica Bellucci -no ella exactamente sino Alex, su personaje en ‘Irreversible’- tiene una teoría sobre el sexo. En el trayecto de metro para ir a una fiesta con su novio Marcus y su ex, Pierre, comenta que el secreto del sexo placentero es ocuparse exclusivamente del propio placer. [«¿Eh?», dirán algun@s]. Según ella, cuando uno se concentra en su propio goce, hace gozar al otro automáticamente. Es decir, nos pone ver que el partner se retuerce de placer. De hecho, Alex le reprocha a su ex que se preocupa demasiado por el goce ajeno y eso no le permite vivir plenamente su sexualidad.

Personalmente, creo que es un poco inverosímil tener sexo a medias con una mujer como la Bellucci pero la teoría del propio placer no va mal encaminada. Efectivamente, si uno goza es más probable alcanzar un goce común aunque no es garantía de nada. Para Sergio (26) todo depende de la implicación emocional que exista entre ambos. Si es una relación de una noche, confiesa no preocuparse mucho por el goce ajeno pero si para él significa algo más, entonces «me lo curro», dice. Y tú, ¿qué opinas? ¿Tenemos que ir cada uno a nuestra bola o preocuparnos por la bola del otro?

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El poder del ojo

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Pongamos que tengo una amiga. Que se llama Tere y es rubia teñida. Sobre los treinta, bien llevados. Pongamos que desde hace años a mi amiga le ronda una pregunta por la cabeza: «¿Soy una enferma del sexo?», se pregunta cada vez que llega a casa y mete las bragas en la lavadora.

A Tere le basta un tráiler sugestivo para ponerse. Medio pezón marcado bajo la ropa le sobra para mojarse. Y otra cosa: tiene fijación por lo que ella llama ‘las dimensiones paquetales’. «¿Y ese cuánto calza?», pongamos que piensa para sus adentros. Y rehúye la incertidumbre con un repaso de arriba abajo. Su ojo robótico es capaz de diseccionar la forma abultada de manera médico-científica. Sabrá lo que te sobra y lo que te falta. Adivinará los grados de la curva imperfecta y qué testículo tienes más grande.

Pongamos que a Tere le gusta el manga. Pongamos que los consume en un abrir y cerrar de ojos y que discute de sus personajes favoritos con los empleados de la Fnac. Cuando leyó el primer volumen de Azul (Norma), de Kou Fumizuki, tuvo un orgasmo prolongado con tres picos de intenso placer. Pongamos que eso existe. Y que yo la creo. La paradoja está en que ese manga carece de escenas de sexo explícito. Lo más que se muestran son desnudos pseudointegrales. Un fraude, que diría mi vecino.

La historia de Tere prueba que existe gente capaz de correrse con dibujos animados. La pregunta es: ¿eso cómo se hace? ¿El poder del ojo es tan grande?, ¿los carentes de imaginación estamos proscritos a ver porno del duro para corrernos?, ¿qué papel ejerce la mente en el sexo?

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La tercera identidad

Las nuevas realidades sociales están dejando obsoleto el antiguo sistema de clasificación que las representa. Y así, nacen nuevos teóricos que se observan alrededor y arrojan luz sobre la identidad humana. Es el caso de la actriz y activista política Vladimir Luxuria (Foggia, 1965) que no se reconoce en las identidades de ‘mujer’ u ‘hombre’ y prefiere definirse como ‘transgénero’ [que no transexual]. Tal y como explica, es un concepto que puede englobar a «aquellas personas que no se reconocen en la constricción sexo biológico/comportamiento«. Es decir, que no se sientan representadas en las nociones históricosociales (y por desgracia limitadas) de hombre y mujer, y los presupuestos que ambos géneros llevan implícitos: heroicidad en el caso de él, pasividad en el espacio público en el caso de ellas. De ahí que Luxuria se perciba a si mismo como alguien «que transita» de lo masculino a lo femenino y viceversa «sin rechazar» ninguna de las dos categorías.

«El transgénero […] no obedece al destino anagráfico sino que va más allá: un gay nacido varón que ama a otros hombres, una lesbiana que ama a otras mujeres» o un hetero que lo mismo se emociona con un filme que trabaja planchando camisas y en su tiempo libre juega al rugby con sus colegas. Temo que no me haya explicado bien y dejo hablar a Luxuria de nuevo: «El transgénero se opone a la estaticidad de clases originales e inmodificables. Es la actitud mental que permite poder intervenir el destino con el fin de mejorar la propia vida».

Como ya habréis deducido, el transgénero no tiene nada que ver con los genitales, sino con un enfado hacia una inducida bipolaridad de roles según el género. Yo me apunto. Y no sólo eso. Me compraré el libro de fábulas ‘transgender’ que Luxuria prevé publicar en breve en Italia, a pesar de Berlusconi y de Alessandra Mussolini. [Esa que le espetó a Luxuria «mejor fascista que maricón» en un programa de TV]. Ah, y una recomendación. Si entendéis italiano no os perdáis la peli ‘Mater natura’ (Massimo Andrei), auténtica oda al transgénero.

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Citas extraídas de un artículo de Luxuria publicado en Liberazione. Giornale comunista
La imagen pertenece al filme Mater natura

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Sexo clandestino

Polydise (Lev Koszegi)Os damos la bienvenida a este blog hablando de un tema tan actual como clandestino: el poliamor. Aunque es un término que la RAE no recoge, designa una relación de convivencia estable que une a más de dos adultos y que implica relaciones sexuales entre ellos. Es decir, es algo más que un ménage à trois [muy de moda gracias a ‘Vicky, Cristina, Barcelona’] o una orgía sabática.

Como siempre, la novedad de esto es relativa. Prácticas de cohabitación similares se inventaron hace miles de años. Su existencia está documentada por manuales didácticos que enseñaban al amante a excitar al amado. Robert Van Gulik (1910-1967), autor de referencia en el tema sexual, detalla en ‘La vida sexual en la antigua China’ (Siruela) las prácticas más habituales en las alcobas del lejano Oriente. Entre ellas narra cómo, en la época imperial, era costumbre que el hombre compartiera techo y lecho con su mujer y sus concubinas. Uno de los rasgos más llamativos de esta comunidad doméstica es que era la mujer la encargada de elegir a las concubinas que terminarían en la cama de su marido. Es decir, era la ‘legítima’ la que imponía su criterio al marido. [¿Te imaginas que tu novia eligiera por ti?]

Otro rasgo que prueba la caducidad de este sistema estriba en que el sexo con la mujer oficial se restringía a sus días fértiles. Este período era el único en el que el hombre podía correrse; lo cual indica la supremacía del fin reproductivo por encima del disfrute. Sin embargo, el hombre no debía consumir el acto sexual con las concubinas, puesto que se consideraba una pérdida de vigor que iría en contra de la eugenesia buscada. [¿Te has enfrentado a ejercicios de contención parecidos?]

Ahí quedan nuestras preguntas, que por supuesto van dirigidas a todos los sexos posibles y los que aún quedan por inventar. Bienvenidos a todos y ¡a disfrutar!