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Báltika y el pardillo

Por Javier Amor, miembro de Unidos por Nicaragua y de La Comuna

El pardillo fue ojiduro de pequeñito. De los que dan la tabarra antes de quedarse fritos. Paradójicamente, nunca fue noctámbulo. Le disgustaban las reuniones de célula interminables. Por no acordarse de los progenitores de los camaradas, se acordaba de los Cinco Latinos: El humo ciega tus ojos. Siempre fue al cine a la sesión de las cuatro de la tarde y prefería subirse al escenario antes de las doce. De ahí su condición de pájaro mañanero. No le costaba ningún trabajo irse al Metro a las 6 de la mañana a vender "El Correo del Pueblo" –otro oxímoron porque el pueblo raramente lo compraba y a veces no lo quería ni regalado–. El axioma "a quien madruga Dios le ayuda" era en este caso una prueba irrefutable de la inexistencia de Dios. La compañera Isabel le decía, aterida en el alba de la villa: "Macho, no lo compra ni dios" El pardillo respondía: "Si no existe, cómo lo va a comprar" Y así se daban ánimo mutuamente, golpeando el suelo con los pies para calentarse.

Pasaron los años y el pardillo gozaba los amaneceres de la aurora caminando (al grácil paso de M.Rajoy) en el parque de un país extraño.
Solía cruzarse, entre otros madrugadores, con un hombre alto, fornido y rubio que siempre le saludaba sonriendo con una leve inclinación de cabeza. La coincidencia y la fuerza de la costumbre resultó en que a las dos semanas ya no se cruzaran sino que caminaran parejos. Por más que su conversación estuviera plagada de banalidades y lugares comunes, su español impecable y su leve acento eslavo le delataron de inmediato: un colega (literal) de quien sería, en el futuro, zar de todas las Rusias.

Obviamente estaba bien documentado sobre el ave, a la que pretendía convertir en pájaro cantor. En el mundo del cante jondo, unos lo hacen por dinero y otros por convicción. El pardillo no era de los primeros y su pasado de devoción por la patria socialista le hacía el blanco ideal. O el rojo ideal; aún eran los tiempos en que la conciencia de clase estaba por encima de las fidelidades nacionales de la guerra fría.

También de madrugada, antes de que llegaran los funcionarios, se produjo la primera incursión del pardillo en el mundo de la inteligencia, qué cojones, del espionaje. Al servicio del ministro Castiella, un ex divisionario brillante. Entre 1967 y 1968 se celebraron en el palacio de Santa Cruz las conversaciones entre España y Guinea Ecuatorial para la descolonización de esta última. El pardillo tuvo la oportunidad de estrechar la mano de Francisco Macías, jefe de la delegación guineana y futuro presidente del país. Lo que no sabía el maestro africano, que a su vez sería depuesto y muerto por su sobrino Teodoro, el sátrapa que lleva cuarenta años jodiendo a su pueblo, es que aquel muchachito de pelo rizado y pinta de pardillo era parte del equipo de fontanería que ocultaba los micrófonos en el salón de embajadores donde tenían lugar los encuentros. En los recesos, cuando los guineanos se quedaban solos en el recinto, se explayaban de lo lindo contra la potencia colonial, se reían del repipi Oreja y pergeñaban nuevas añagazas. Todo ello quedaba fielmente grabado y era utilizado convenientemente por la delegación española. Debido a la noble causa del espiado, le quedaba al pardillo el regusto culpable del traidor.

Ya está bien de digresiones. Olvidemos nuestro enfado y volvamos al amor, entre el pardillo y el ruso.

En la potencial cooperación entre ambos había un pequeño problema. No había nada que contar. El país donde el pardillo trabajaba carecía de valor estratégico (e incluso de interés) tanto para El Toro como para El Oso. Otro gallo cantaría si la cosa hubiera sido en Nicaragua.

Por cierto, hablando de Nicaragua, la comandante Dora María convocó al pardillo a una reunión a las 7 de la mañana. Opositores ambos a la dictadura de turno, el ave acudió con las garras desenvainadas.

- Vos, que sos actor, tenés formación y palabra fácil, quiero que enseñés a hablar a nuestros dirigentes. Preparáte un curso.
- Comandante, yo creía que, a estas horas, me convocaba para poner una bomba.
- A diferencia de ustedes, yo nunca fui terrorista. Nuestra bomba es la verdad y la justicia.

Jo, qué corte.

Pues bien, Dimitri, que así se llamaba el chequista amigable, se conformó con pedirle modelos de los distintos impresos que se utilizaban en la sección consular, papeles tan públicos como los baños de Embajadores.

Más perplejo que otra cosa, el pardillo se los dio. Para aquel viaje no hacían falta alforjas. Sinceramente, aunque el ruso le hubiera pedido copia de los telegramas cifrados, que no lo hizo, el pájaro hispano se los habría dado sin problema; hasta tal punto eran irrelevantes e inocuos los mensajes.

Como a falta de pan, buenas son tortas, y a quien conspira, Dios le inspira, los dos comunistas terminaron cayéndose en gracia. En vez de compartir información, lo que compartían con largueza eran botellas de Stolichnaya durante los fines de semana. Un vodka tan bueno, que ni resaca deja.

Su esposa, profesora de español en una universidad de Leningrado, vino a visitarlo y las dos familias se fueron a pescar. El pardillo no se comió una rosca. El ruso pescó dos y las esposas se pasaron la mañana encomiando las maravillas arquitectónicas de esa hermosa ciudad del golfo de Finlandia, que fue un día el faro de esperanza de la Humanidad. La señora pardilla, a diferencia del marido, jamás fue prosoviética, pero conocía varias ciudades de la URSS.

Volviendo a los madrugones, cierto sábado, antes de las primeras luces, los dos amigos iniciaron la ascensión, caminando, a un volcán apagado, no lejos de la capital.

Cercados de belleza y sin embargo exhaustos (más el pardillo que el oso) llegaron a la cima con la intención de presenciar la salida de un sol que, caprichoso, se les había adelantado.

Estaban circundando el cráter cuando Dimitri, más avezado que el ave, perdió pie y se precipitó al vacío, mitigando su caída los arbustos de la ladera. Aun así, bajó rebotando y golpeándose seriamente. Desde abajo gritó:

- No puedo caminar. Creo que me he roto algo. No se te ocurra bajar. Avisa a la Embajada.

El pardillo obedeció. Temblando, se lanzó en tromba cuesta abajo hasta donde dejaran los coches y buscó una casa que tuviera teléfono. Les dio las coordenadas y esperó. No tardaron en llegar dos jeeps todoterreno, llenos de gente inquietante. Subieron en los coches hasta donde se pudo y de ahí, toda la comitiva, a pie. Cuatro hombres corpulentos descendieron a rescatar a Dimitri. Arriba quedaron otros dos. El que parecía el jefe, con un alarmante parecido a Beria, agarró al pardillo fuertemente por el brazo.

- Espero que esto haya sido un accidente. Si no, pida mañana mismo el traslado a otro destino.
- Mañana es domingo.
- Pues el lunes

Cuando el simpático Yeltsin se coció en su jugo, su delfín siniestro comenzó la repartidera de los bienes y servicios del Estado. Para privatización fetén, la de la patria socialista.

El colega omnipotente de Dimitri le puso al frente de Báltika, una gran empresa licorera.

Amnesia selectiva de la Ojrana:
el pardillo no recibió jamás
por la pinche valija diplomática
su merecida y esperada caja.