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OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Contacto con ET

19 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

El cine y la literatura de ciencia ficción nos tienen acostumbrados a la existencia de civilizaciones extraterrestres tecnológicamente desarrolladas. La Vía Láctea puede que contenga un bullicio de tales seres, aunque es altamente sospechoso que nunca se hayan puesto en contacto con nosotros. Al fin y al cabo, la distancia media entre las estrellas es de unos quince años luz y nosotros estamos enviando señales electromagnéticas a la velocidad de la luz desde hace siete u ocho décadas. Nos deberían haber detectado y mostrar algún interés en comunicarse con nosotros. Y nada. Pero a lo que de verdad nos ha alentado Hollywood es a entrar en contacto físico con ellos.

La máxima velocidad alcanzable por una señal o un objeto en el vacío es 300.000 km/s. En este caso extremo, la masa del objeto tiende al infinito. Nuestras naves alcanzan unas pocas decenas de km/s, pero imaginemos que logramos una tecnología que permita impulsarlas a la velocidad de la luz. El problema es que hay que acelerarlas y después frenarlas (si no, ya me dirán). Después hacer lo mismo una vez que concluyamos la visita a nuestros vecinos. Si se hacen unas pocas cuentas bien hechas, nos sale que un ligero monoplaza necesitaría una energía del orden de la consumida por Europa en un cuarto de siglo. A ver qué parlamento aprueba unos presupuestos generales del estado que contemplen una partida de ese calibre. Y los extraterrestres para venir hasta aquí seguramente tienen el mismo problema, porque sin duda son democráticos, ya que son tan listos.

También está la complicación de encontrar voluntarios para hacer de embajadores. Para ir de aquí a un planeta habitado a unos pocos de años-luz y regresar, dependiendo de cómo de poderosas sean las aceleraciones que tenga que sufrir la nave para llegar a velocidades próximas a la de la luz, cuando vuelvan los viajeros se encontrarán que todos los humanos han envejecido muchos más años de los que han empleado en el viaje. A ver quién se presta a hacer semejante excursión abandonando familia, ambientes y sabiendo que cuando regrese no va a conocer a nadie. Supongo yo que nuestros embajadores serían asesinos de la peor ralea o aventureros enardecidos. Muy apropiados para hacer amigos entre los extraterrestres. Para no aguar muchas fantasías, se habla de otras dimensiones, agujeros de gusano establecidos entre dos agujeros negros que conectan regiones alejadas del espacio-tiempo, etc. Lo que no se dice es lo que le ocurriría al cuerpo humano en las cercanías de esas regiones. Especulemos y divirtámonos, por qué no, pero por ahora esto es lo que hay.

Civilizaciones ET

12 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

La probabilidad de que exista vida extraterrestre no es pequeña incluso si nos restringimos a la lógica de que esté basada en las proteínas y el ADN. Pero, qué duda cabe, lo que nos suele interesar es detectarla y, en particular, que haya gente en la galaxia con la que nos podamos entender por raros y feos que sean. Porque encontrar bichos, musgos e incluso bestias nos dejaría atónitos, pero contactar con seres civilizados con los que departir amablemente sería impresionante.

Hay varias fórmulas para evaluar la probabilidad de que haya civilizaciones tecnológicas en la Vía Láctea, pero todas mezclan variables que se pueden estimar con otras cuyos valores son especulativos. O sea, que son fórmulas de las que ponen nervioso a cualquier científico. Ejemplos de las primeras variables son el número de estrellas parecidas a nuestro Sol, la fracción de estas que tienen planetas en su zona habitable y el porcentaje en los que puede surgir la vida. Ejemplos de las segundas implican la probabilidad de que la vida se encarrile hacia la inteligencia, que a los seres inteligentes les dé por la tecnología (les podía dar por la mística o el placer desaforado) y en particular por las comunicaciones y el interés por comunicarse con otros habitantes de la galaxia. Todo lo anterior, además, hay que acoplarlo a una escala de tiempos. O sea, hemos de continuar especulando sobre cuánto dura una civilización así, ponerlo en el contexto de la evolución de su planeta y que todo ello pueda ajustarse a nuestra propia evolución. De poco valdría que unos extraterrestres altamente tecnificados trataran de entenderse con australopitecos.

Los resultados de las (absurdas) fórmulas anteriores proporcionan valores que van desde una hasta miles de millones de civilizaciones tecnológicas, o sea, que es compatible que estemos solos en la Vía Láctea con que ésta esté atiborrada de gentes mucho más listas que nosotros. Aun así, la distancia media entre tales civilizaciones sería de 15 años-luz. Llevamos muchas décadas enviando mensajes con información tal como la situación de la Tierra en la intersección de los chorros de luz emitida por decenas de estrellas de neutrones, imágenes nuestras, el esquema de la molécula del ADN, y muchas otras cosas fácilmente comprensibles. Nadie nos ha respondido. Una vez le preguntaron sobre esto de las civilizaciones extraterrestres al físico nuclear Enrico Fermi y, algo disgustado, estableció la llamada paradoja de Fermi. Simplemente preguntó a su entrevistador: “¿Por qué no están aquí esos seres?”. Dejo al lector la posibilidad de que la conteste sin sugerirle yo nada.

Del musgo a la relatividad

05 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Entre los muchos miles de millones de soles con planetas que forman cada una de las innumerables galaxias es muy probable que haya surgido la vida en mundos parecidos al nuestro. Desde los albores de la inteligencia se ha tratado de dilucidar cómo surgió semejante fenómeno aquí en la Tierra. Se han planteado hipótesis que van desde que fue un hecho sobrenatural, por ejemplo, Dios hizo figuras de barro y les insufló aliento vital, hasta que surgió en el planeta primitivo por una serie de reacciones químicas, de complejidad progresiva, condicionadas por algo de azar y mucha necesidad.

Hasta la hipótesis divina tiene algo de verosimilitud, porque un buen medio para que se desarrolle lo previsto por el enfoque moderno es el barro de las charcas arcillosas, que permiten que el recorrido libre de las moléculas que han de unirse no sea tan largo como en el agua o el aire ni tan corto como en el seno de un mineral. Un vez que esas moléculas basadas en el carbono se agruparon en estructuras complejas, por puro azar, algunas de ellas se envolvieron de una membrana curiosa: a la vez que aislaban y abrigaban lo que contenían, permitían el tránsito de ciertas moléculas que relacionaban las internas con las del medio. Esas membranas, por pura necesidad, hacían el papel de aduanas controlando el paso a través de ellas, es decir, ni impidiéndolo completamente ni permitiendo que lo haga todo el mundo. Estas células prosperaron entre el resto porque, además, hacían algo esencial: producir réplicas de ella misma. Pero no lo hacían perfectamente, sino propagando pequeños errores, porque si no todo el planeta estaría cubierto de un musguillo indecente formado por miríadas de células idénticas. La evolución por selección natural está servida.

Con toda lógica, el proceso anterior es altamente probable que se haya desencadenado en muchísimos planetas, o satélites de estos, de estrellas de la edad y el porte de nuestro Sol. Pero lo que realmente nos atrae es especular sobre la probabilidad de que la vida extraterrestre haya derivado hacia la inteligencia e, incluso, mucho más restrictivamente, hacia la civilización tecnológica. Entonces es cuando las probabilidades empiezan a encogerse vertiginosamente. Llegamos a conclusiones tan decepcionantes como que el hecho de que del musgo primigenio haya surgido una mente que elabore la Teoría General de la Relatividad sólo ha podido darse aquí, en la Tierra. Es la única certeza que tenemos por ahora. Pero aún así, ¿y si existieran esos seres? El jueves que viene hablaremos de ellos.

Innumerables mundos

29 Oct 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

“Existen innumerables soles; innumerables tierras giran en torno a esos soles de manera similar a como los siete planetas giran alrededor de nuestro Sol. Seres vivos habitan esos mundos”. Sostener semejante atrocidad fue uno de los cargos más graves imputados a Giordano Bruno por la Inquisición. Otras acusaciones, como blasfemo, herético, mago o inmoral, no las consideraron tan importantes, pero por si acaso, tras ocho años de cautiverio y torturas, cuando lo llevaron a la hoguera le clavaron la lengua a un palo para que no pudiera dirigirle la palabra a los asistentes al suplicio. Lo que intuitivamente sospechó Giordano Bruno se está confirmando cuatrocientos años después.

La mitad aproximadamente de las estrellas se desdoblaron durante su formación. De la otra mitad se desgajaron jirones de materia que dieron lugar a una cohorte de planetas. Así, centenares de miles de millones de estrellas de una galaxia como nuestra Vía Láctea son sistemas binarios y otro tanto son sistemas solares parecidos al nuestro. Hay un número parecido de galaxias. Todos los asertos del mártir se han confirmado salvo el último: ¿habitan seres vivos esos mundos?

Para que en un planeta o satélite de planeta prospere la vida las condiciones son muy exigentes: que haya agua, que no sea gélido ni ardiente, que su atmósfera, si la tiene, no sea extremadamente agresiva y un largo etcétera, entre el que destaca que su estrella no sea muy joven, o sea, que haya tenido tiempo de sintetizar elementos pesados, en particular carbono. Todos los planetas de otros soles, llamados exoplanetas, detectados hasta hace poco eran inviables para la vida: gaseosos y tan enormes como nuestro Júpiter. Pero gracias a nuevos instrumentos y métodos de búsqueda, se están descubriendo exoplanetas cada vez más parecidos a la Tierra. Si se confirma que algunos se sitúan en la llamada zona habitable en torno a su estrella, las condiciones anteriores para la aparición de la vida en ellos empiezan a vislumbrarse. ¿Conseguiremos confirmarla? ¿Dejaremos de ser el único dato fehaciente de vida en el universo? Centenares de miles de millones de galaxias conteniendo cada una centenares de miles de millones de soles… Innumerables mundos… Fascinante, pero lo mejor de todo es que el Vaticano, ante el descubrimiento de los exoplanetas no puede quemar a nadie y ni siquiera decir lo que dijo cuando Galileo hizo público el descubrimiento de los satélites de Júpiter: “Esas lunas no se ven con los ojos, por eso no tienen influencia sobre nosotros, por eso son inútiles, y por eso no existen”.

Más que una mártir pagana

15 Oct 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Gracias a la película de Amenábar todos opinan sobre Hipatia, y sólo por eso, creo que ya ha supuesto un gran éxito. Sin embargo, menudean dos matices para alborozo de ciertos sectores. Uno, que los cristianos de hoy nada tienen que ver con los de entonces y que los fundamentalistas que deben sentirse aludidos por la película son los islamistas. Dos, que si no hubiera sido por su cruel muerte, la obra de Hipatia apenas ocuparía unas líneas en la historia de la ciencia. El primer punto que cada uno lo asuma como quiera, pero el segundo es tan injusto que hay que salirle al paso con decisión.

Decir que Hipatia y su padre fueron simples epígonos de los grandes maestros de la antigüedad equivale a decir que cualquier científico de hoy, por muy notable o discreta que sea su obra, no es más que un comentarista de Galileo, Newton y Darwin. En cierto modo es correcto, pero no es que sea afirmación de trazo grueso, sino escrita con una escoba. Pero puesto que los manuscritos de Hipatia no se conservan y hemos de acudir a los testimonios de Sinesio, Damascio, Suidas, Sócrates Escolástico y otros, pocos de ellos coetáneos suyos, dejemos la filosofía y la matemática y centrémonos en lo más objetivo: los instrumentos astronómicos y físicos de los que nadie cuestiona su autoría y cuya descripción no exige el rigor de fórmulas y formulaciones del propio autor. Los testimonios permiten sostener que el astrolabio de Hipatia era superior a los de Hiparco y Ptolomeo, porque situaba las estrellas, el sol y la luna en la esfera celeste y daba la hora a partir de sus posiciones con mayor precisión que aquellos. La limitación del astrolabio de Hipatia era que no servía para navegar porque sólo era válido desde Alejandría. La inserción en el instrumento de una placa única que sirviera para todas las latitudes tuvo que esperar siete siglos: lo hizo Azarquiel en Al-Andalus. En ese lapso no se tiene constancia de mejora alguna en el astrolabio de Hipatia.

Desde el gran Arquímedes, el concepto de densidad no se había desarrollado hasta que Hipatia ideó su densímetro y pudo hacer medidas de infinidad de líquidos. La humedad del aire simplemente no se sabía medir hasta que la alejandrina construyó sus higrómetros. La destilación parece claro que fue un invento de ella (salvo la posible autoría de María la Judía en el siglo I) y sus termómetros fueron muy exactos. ¿Y cuántos instrumentos más le debemos a Hipatia? Apenas se sabe y habría que investigarlo, porque orillarla en la historia como una sencilla mártir pagana es la mayor injusticia que se le puede hacer.

La triple alfa

08 Oct 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

La reacción nuclear más fascinante de todas las que hacen bullir el cosmos es la que da lugar al carbono. El lector, sobre todo si es de los que frecuentan el blog, pensará que la afirmación anterior es una prueba irrefutable de que el autor es un chovinista del carbono, es decir, que considera que lo más importante del Universo es la vida y, ya puestos, nosotros, los vivos inteligentes. Porque claro, si no hay carbono, ni hay vida ni, mucho menos, inteligencia. Quizá tenga razón y ya hablaremos en otra ocasión del Principio Antrópico del que lo anterior es una consecuencia, pero hoy lo que interesa es explicar el delicado mecanismo por el que se generó y genera el carbono, átomo cuyo núcleo tiene seis protones y seis neutrones.

Tras el portentoso traquido inicial o Big Bang, el Universo empezó a enfriarse tan rápidamente al expandirse que los únicos núcleos que pudieron formarse fueron los muy ligeros, nada de carbono. Las primeras estrellas se encendieron gracias a la fusión de los protones o núcleos de hidrógeno. Las cenizas principales de estas reacciones fueron los núcleos de helio, también llamados partículas alfa: dos protones y dos neutrones. Que dos alfas fundan para dar berilio 8 (cuatro protones y cuatro neutrones) exige una enorme temperatura: unos cien millones de grados. El único escenario posible es el corazón de una estrella moribunda o gigante roja. Morirse una estrella significa contraerse por la gravedad hasta que el derrumbamiento hacia el centro aumenta tanto la temperatura que aviva de nuevo las reacciones de hidrógeno e incluso las de las alfa. Pero surge un problema: el berilio 8 es tan inestable que se desintegra otra vez en dos alfas antes de que otra alfa se les pueda unir para que entre las tres formen un núcleo de carbono. Es casi imposible, a menos que…

Varios físicos nucleares le hicieron ver al astrofísico Fred Hoyle que el carbono se podría formar en una estrella agonizante si ese núcleo tuviera una propiedad singular: un estado resonante (no es importante explicar aquí lo que es) a unos 7,5 MeV (una unidad de energía). Hoyle le preguntó a su amigo Fowler, físico nuclear experimental, por ese estado del carbono y la respuesta fue que nadie había detectado tal resonancia. Hoyle insistió y Fowler puso a trabajar a su equipo y, en menos de tres días, encontraron una resonancia en el núcleo de carbono a 7,654 MeV. El carbono, base de la vida, proviene de las estrellas muertas y se sintetizó durante su agonía en el llamado proceso triple alfa. No sé si tal conclusión es tierna o estremecedora.

Einstein a principio de curso

01 Oct 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Estamos ante un principio de curso dominado por dos elementos de discusión apasionada: la recuperación de la autoridad de los profesores y la utilidad de los ordenadores en clase. El debate no sólo es acertado sino esperanzador, pues parece que por primera vez en las tres décadas largas de democracia que llevamos se está asumiendo en toda su dimensión el fracaso de la enseñanza y afrontando su solución. Como ejemplo de la infinidad de dimensiones que tiene el problema apuntemos una que puede parecer original. Cuando Einstein ya era muy mayor, un senador del estado de Nueva York responsable de enseñanza le preguntó en qué consideraba que las escuelas deberían poner mayor énfasis. La respuesta del sabio no se hizo esperar: “En la enseñanza de la historia de las personalidades que beneficiaron a la humanidad gracias a su independencia de carácter y de juicio”. Ante el asombro del político, que esperaba que un genio de la física teórica pusiera el acento en la enseñanza de las matemáticas y las ciencias en general, Einstein añadió: “Hay que acoger los comentarios críticos de los estudiantes con espíritu cordial; la acumulación de material no debe asfixiar la independencia de los estudiantes. En cualquier caso, hay que convencerlos de que aprender algo exige mucho esfuerzo”.

Einstein fue un profesor horrible y las pocas clases que dio en su vida fueron soporíferas y absolutamente ininteligibles, por lo que apenas tuvo alumnos y menos discípulos. Sin embargo, los juicios pedagógicos anteriores seguramente fueron acertados. Ensalzar la independencia y el espíritu crítico hasta el punto de priorizarlo sobre todo lo demás es muy osado, pero combinar la cordialidad con el convencimiento de que el esfuerzo es necesario, lo es aún más. Sobre todo en los tiempos que corren. Einstein odiaba el militarismo de la época en el país en que le tocó vivir, y detestó tanto su reflejo en los institutos en que estudió que llegó al extremo de cambiar de nacionalidad. Sin embargo, su curiosidad, tesón y libertad de criterio le llevaron a disfrutar inmensamente del estudio.

Parece que todos desean que la disciplina y la educación señoreen de nuevo las aulas con Internet reinando en ellas, pero si no se favorece el gusto por el aprendizaje con esfuerzo y se fomenta la libertad de pensamiento, quizá no lleguemos muy lejos.   Tengamos en cuenta que Einstein se equivocó muchas veces como profesor, como marido y padre e incluso como físico, pero sus aciertos fueron más que espléndidos. Quizá este fuera uno de ellos

De Ouroboros a Borromeo

16 Jul 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla 

Dos instrumentos científicos fueron ampliando nuestra visión del mundo de manera espectacular: el microscopio y el telescopio. A ritmo análogo al que adquirían nitidez los detalles de los microorganismos, el universo se nos mostraba como un sistema físico portentoso por más finito y limitado que se manifestara en dimensiones y edad. Nada hacía intuir que lo infinitesimalmente pequeño y lo descomunalmente grande pudieran estar relacionados. Cuando los telescopios alcanzaron los confines del universo, o lo que es lo mismo en el tiempo, su infancia, y los microscopios adquirieron la categoría de aceleradores de partículas, se descubrió la espléndida relación entre el microcosmos y el macrocosmos. Los átomos, los núcleos y las partículas explicaban la razón de ser más íntima de los planetas, las estrellas y las galaxias. Los instrumentos que coronarán esa fusión serán por un extremo el LHC, reproduciendo las condiciones energéticas del Big Bang y el futuro telescopio espacial James Webb, detectando los objetos más lejanos, y por tanto antiguos, del universo. El símbolo que los físicos asociaron a esa unión fue la mítica Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. Una variación de esa imagen es el signo del infinito. Un buen número de civilizaciones, desde la egipcia hasta la griega clásica y misteriosamente la maya, se vieron fascinadas por Ouroboros como también lo hicieron actividades más o menos esotéricas, como la alquimia, la mitología nórdica o la masonería. Ouroboros representa que todo es uno, la naturaleza cíclica, el retorno eterno y todo lo que comienza de nuevo en cuanto concluye.

La exploración del mundo en sus dos direcciones, de lo minúsculo a lo inmenso, no se podría llevar a cabo sin un tercer instrumento que acompañe al telescopio y el acelerador: el ordenador. Así pues, a lo grande y lo pequeño se les ha de asociar indisolublemente lo complejo. Por ello propondría que el símbolo de Ouroboros se viera desplazado por el nudo Borromeo, los tres aros enlazados de manera que si uno se separa se sueltan los otros dos. Aunque su nombre proviene de la familia italiana que lo adoptó como emblema heráldico, el enlace Borromeo es un símbolo casi tan mítico y antiguo como Ouroboros.

El objetivo de la ciencia es rasgar los velos de los mitos y las supersticiones acercándonos, modesta pero inexorablemente, a la realidad natural, es decir, al mundo externo a nosotros mismos. Asociar símbolos míticos a su quehacer puede ser una muestra de respeto o atracción por la magia. Es un sinsentido, pero no exento de belleza.

El canfranero, Hereu y Morales

09 Jul 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Desde que los primeros raíles arañaron Europa, se soñó con enlazar Madrid y París por ferrocarril. El mayor inconveniente era atravesar los Pirineos, concretamente, el tramo de línea que une Zaragoza y Canfranc, de casi 180 km con rampas de hasta el 20%. A dicho tramo se le llamó el canfranero y quien lo ideó y sobre todo financió arruinándose en el empeño fue un personaje insólito: Narcís Hereu Matas, farmacéutico gerundense que hizo su fortuna en la guerra civil… ¡norteamericana! Había emigrado allí en 1857; regresó a Europa rico; desde París gestionó su proyecto; tuvo que volver a América tras la ruina (en Nueva Orleans colaboró en la gestación de otro portento: su hijo Rudolph, padre de la cirugía vascular) y terminó rematando su sueño en 1928 con el presidente francés y el rey español inaugurando la línea en la estación de Canfranc. La gloria le llegó al canfranero con la Segunda República, pero la guerra civil, esta vez la española, y la posterior Gran Masacre Mundial dejaron agónica la línea internacional. La falta de pasajeros y un accidente la liquidaron en 1970.

El universo es esencialmente un hervidero nuclear. De las estrellas nos llegan lluvias de partículas en forma de rayos cósmicos. Si se desea medir lo más elusivo a un detector de radiación, por ejemplo los neutrinos, la materia oscura o, simplemente, las dosis de radiactividad más bajas concebibles, hay que resguardarse de los rayos cósmicos.

Es como tratar de escuchar el canto de un pájaro posado en la grada de un estadio de fútbol cuando el equipo local vence por un gol marcado en la prórroga. Lo mejor para ello es apantallar los detectores con roca, o sea, instalándolos en el fondo de las minas o… ¡en un túnel del canfranero! Esa fue la idea de Ángel Morales, catedrático de la misma retahíla que quien firma esto: instalar un laboratorio de baja actividad con una protección de 880 metros de roca, todo el Tobazo, por encima. Los primeros acarreos de personas y material se hacían en una furgonetilla sin ruedas y con llantas adaptadas a los raíles oxidados del tren. Pronto, Morales (que murió en 2003) y su cuadrilla de jóvenes físicos se toparon con ecologistas taponando la puerta del túnel exigiendo explicaciones sobre las pruebas nucleares secretas que allí se tramaban. Con información y paciencia se solucionó el asunto y hoy el laboratorio del Canfranc es una instalación científica de prestigio internacional que busca respuestas cosmológicas. Quien crea que este es un país de pocas iniciativas y escasos pioneros, que piensen en Hereu, Morales y el canfranero.

La excitación del vacío

02 Jul 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Nada hubo que horrorizara más a Aristóteles, Santo Tomás y, en consecuencia, a todos los padres de la Iglesia que el vacío. Nada produjo más gozo, y a la vez más miedo, desde Demócrito hasta Bohr, que el mundo concebido como átomos interaccionando en un vacío perfecto. Resulta pasmoso pensar que la física moderna quizá le esté dando la razón a los primeros. Concibamos el vacío como la ausencia de materia.

El máximo vacío que se puede alcanzar en el laboratorio contiene millones de moléculas por centímetro cúbico. La atmósfera de la Luna tiene unas cuatrocientas mil moléculas por centímetro cúbico y el espacio interplanetario unas 10. Incluso entre las galaxias, aún se puede encontrar una molécula por cada metro cúbico. Encima, todo el espacio está permeado por los fotones de la radiación de fondo de microondas, o sea, el eco o radiación fósil del Big Bang y oleadas de neutrinos generados en las reacciones nucleares que le dan vida a las estrellas y por su muerte en plan explosiones supernovas. Para más escarnio, la mecánica cuántica contempla las fluctuaciones del vacío: generación espontánea de energía en forma de partículas virtuales que se aniquilan instantáneamente. La estructura del vacío es por esto uno de los enigmas que se espera que el LHC ayude a desvelar.

Todo lo anterior es muy complicado y dramático y la física es prosaica y amable. Quizá por eso los físicos nos hemos inventado un vacío mucho más divertido, porque, de entrada, suele estar completamente lleno. Se define como el estado de mínima energía de un sistema. Imaginemos un pueblo. Concibamos el vacío como la cotidianeidad, o sea, toda la gente con sus problemas laborales, alegrías, tristezas, afectos, enfermedades, etc. Sometamos nuestro sistema a una excitación, por ejemplo, un concierto de Bruce Springsteen el día del santo patrón. Se forma la de Dios es Cristo reaccionando cada uno de manera muy diferente tanto individual y colectivamente. Una vez pasada la fiesta, seguro que hemos aprendido muchas cosas de nuestros vecinos, algunas insospechadas. Esto es lo que se hace en el mundo de los núcleos, los átomos y las moléculas: mandarles una sonda que los excite y estudiar lo que hacen sus componentes cuando se relajan. Piense el lector en todo lo que ha aprendido de sí mismo por este sistema, por ejemplo a través del sexo. Seguiremos sin saber qué es el siniestro vacío aristotélico, pero el método de excitar un vacío repleto nos llenará de satisfacción y sabiduría.

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