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OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Solidaridad nuclear

28 Ene 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Nada ha sucedido recientemente en este país más pasmoso, por chusco, que el alboroto municipal generado por las candidaturas a acoger el almacén temporal centralizado (ATC) de residuos radiactivos. Una señora decía que ella era diabética y que “esas cosas” le sentaban fatal. Un joven clamaba enardecido que la salud de sus hijas era más importante que el dinero que llevara el ATC. Obviamente, nadie le había explicado a la señora la absoluta imposibilidad de que su dolencia se viera afectada ni al joven que la probabilidad de que la salud de sus hijas las alterara el ATC es entre un millón y mil millones de veces menor de que sufrieran un accidente de tráfico o pillaran una enfermedad grave. Infinidad de dirigentes de los partidos políticos se confiesan (o no, según les vaya en el momento de hacer declaraciones) confusos ante la energía nuclear, pero no dudan en amenazar con la expulsión a los alcaldes que se manifiesten a favor de acoger el ATC en su pueblo. La más gloriosa declaración ha sido la que sostenía solemnemente que Castilla La Mancha ya había dado muestras de su solidaridad en el asunto nuclear. Si se piensa bien, ¿qué diablos querría decir quien la hizo? España lleva casi cuarenta años fabricando electricidad con centrales nucleares sin haber producido ningún afectado, o sea, cero heridos y muertos. ¿Dónde está la desgracia a compartir solidariamente entre la ciudadanía? El ATC holandés que se toma como modelo está en un parque industrial, es amarillo chillón y está bien rotulado (no se oculta). Su ubicación la decidió el ministerio correspondiente y no conlleva compensación alguna para los pueblos vecinos. ¿Están locos o son tontos estos holandeses?

En España hay centenares de expertos independientes en energía nuclear. Me refiero a personal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, del Centro de Investigaciones Tecnológicas y Medioambientales, del Consejo de Seguridad Nuclear y de multitud de universidades. ¿Han llamado los alcaldes a alguno de ellos para que les explique a los vecinos las virtudes, inconvenientes y supuestos riesgos de un ATC? Sospecho (sostengo) que no. ¿Han preguntado sobre la solvencia profesional de los forasteros que vociferan en las plazas de sus pueblos? Sinceramente creo que en estas circunstancias es simplemente imposible ejercer la democracia.

El verdadero debate respecto a los residuos nucleares no es su sencillo, pasivo e inocuo almacenamiento, sino si procesarlos o no para reciclarlos. Pero para qué enredar más si nadie me va a hacer caso. Además, la columna se ha acabado

Ciencia y democracia

22 Ene 2010
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

El pasado día 16 tuve el privilegio de compartir una mesa redonda con mis queridos y admirados compañeros de sección: José María Bermúdez de Castro, Miguel Delibes de Castro, Manuel Lozano Leyva y Juan Varela. El acto, presentado por la directora de las páginas de ciencias, Patricia Fernández de Lis, tuvo lugar en la Casa de la Ciencia de Sevilla y contó con una nutrida y participativa asistencia, que enriqueció el debate con sus comentarios y lo prolongó durante más de dos horas. De los numerosos e interesantes temas que se abordaron, me gustaría destacar uno introducido por Lozano Leyva: la importancia de la formación científica para el desarrollo de la democracia. Lo cual no significa que para ser un buen demócrata haya que saber mucha física, sino que la racionalidad y el antidogmatismo consustanciales al pensamiento científico están en la base misma del proyecto democrático.

No es casual que en la antigua Grecia la democracia y la ciencia (aunque entonces se llamaba filosofía) nacieran y crecieran a la vez, potenciándose mutuamente. Sustraerse al poder hipnótico de los mitos para buscar las respuestas –y las preguntas– en la propia naturaleza fue el primer paso hacia la libertad, que empieza necesariamente por la libertad de pensamiento. Tampoco es casual que la iluminadora llama de la Ilustración prendiera la mecha de la Revolución Francesa y marcara el comienzo de la Edad Contemporánea. Ni que Marx y Engels vieran en la construcción de un socialismo científico la única forma de superar las contradicciones de las propuestas revolucionarias idealistas.

En la actualidad, la ciencia goza de un gran prestigio, y nadie duda de su enorme poder transformador. Y las encuestas dicen que los científicos ocupan el primer lugar en la escala de credibilidad (y los políticos el último, dicho sea de paso). No es poco, pero no basta. La ciencia, al igual que la honradez, tiene que ser algo más que un referente prestigioso: ha de convertirse en una vocación comunitaria, en una aventura colectiva. Al igual que la democracia, la ciencia tiene que ser participativa, y para ello ha de hacerse más atractiva y más accesible. Y conseguirlo no es solo responsabilidad de los docentes, sino también de los científicos: todos debemos ser, en alguna medida y en el mejor sentido de la palabra, divulgadores. Como dijo Martí, solo la cultura nos hace libres. Y sin ciencia no hay verdadera cultura. Y eso ya lo decía Leonardo, poco sospechoso de parcialidad cientificista.

¡Son las ciencias, señores!

21 Ene 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Los partidos políticos se han decidido a pactar por la educación. Es inaudito que las grandes conquistas sociales y de todo tipo que nos ha traído la democracia se hayan reflejado de manera tímida y harto discutible en la instrucción pública (bella formulación republicana de la educación). Deleita leer que los socialistas van a transigir en su supuesto progresismo educativo y que los populares no se encastillarán en valores trasnochados. Las discusiones parece que empiezan por esos extremos, pero, a diferencia de otras ocasiones, se avanza. Los asuntos siguientes agitan las negociaciones.

La garantía de igualdad de oportunidades es equilibrar a la baja. Los inmigrantes tienen derecho a todo, pero no en los colegios concertados. El tremendo abandono escolar no es culpa nuestra. La Educación para la Ciudadanía no se toca. O se toca o nos vamos. Hay que reducir la educación común y los torpes para eso tienen la FP, si no aquí no progresa nadie. La enseñanza se ha de basar en la confianza de los alumnos con el profesor. Las tarimas se vuelven a instalar, todo el mundo se levanta al entrar el profesor y los crucifijos ni se tocan. El castellano hay que garantizarlo. El catalán, el vasco y el gallego hay que garantizarlos. Los itinerarios… De lo que se tiene poca noticia es de si se desea recuperar el número de horas de clase dedicado a las ciencias. Y, parodiando a Bill Clinton cuando espetaba “¡es la economía, estúpidos!”, yo alertaría con más respeto a los negociadores del pacto con el título de esta columna.

La facilidad ayudada por el esfuerzo para entender las ciencias es discriminador entre los chavales, qué duda cabe. Y aún más las matemáticas, si encima se jalea que no entenderlas tiene su gracia. Pero consten dos cosas: primera, que las únicas discriminaciones no admisibles son las que marca la Constitución, en particular las relacionadas con el dinero y el género; segunda, que un chaval sea bueno en ciencias casi nunca le ha supuesto, ni tiene por qué, más oportunidades en la vida. O sea, que quien se la juega con el abandono de las ciencias en las escuelas e institutos es el país, no los estudiantes. Y se están abandonando, porque hasta a los buenos alumnos, conscientes de sus inmensas carencias, les asusta matricularse en las facultades científicas y en las escuelas de ingenieros, que se desertizan de manera alarmante. Cuando a los políticos se les llene la boca de ciencia, tecnología, I+D+i y futuro, que sepan que tendremos que contratar jóvenes científicos de países emergentes, muchos de los cuales hace mucho tiempo que se han dado cuenta de lo que aquí se sostiene.

El gazpacho y la sal

14 Ene 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Tradicionalmente se ha asociado la química a la cocina, sobre todo como chanza entre los físicos. Las sofisticaciones de la cocina moderna pueden estar reforzando esta jocosa idea. Sin embargo, el calado del asunto es tal que justo la demostración de que las transformaciones de la materia no se hacen como en la cocina fue lo que hizo de la química una ciencia. Así, la diferencia esencial entre el gazpacho y la sal que le da alegría está en lo siguiente: el gazpacho de la madre de cada sevillano, sin ir más lejos, es el mejor del mundo; la sal es sal si contiene un 39,34% de sodio y un 60,66% de cloro se haya extraído de una mina, recogido en una salina o sintetizado en el laboratorio.

Durante siglos, la lógica dictaba que las proporciones de los elementos en los compuestos químicos dependían de la manera que estos se formaron. Eso sería como decir que todos los gazpachos son gazpachos aunque no haya dos iguales. Sin embargo, Galileo nos dotó de un método infalible para poner a prueba toda lógica: experimentar y medir. Lo inició lanzando bolas de hierro y de madera desde el campanille de Pisa y, al demostrar que no llegaban al suelo a velocidad proporcional a su peso, acabó con un aserto aristotélico milenario. Algo equivalente fue lo que hizo a mitad del siglo XIX en el Gabinete Real de la corte española un francés endemoniado: Joseph-Louis Proust. Lo formuló así de crudamente en su llamada Ley de las Proporciones Definidas: “No podemos crear compuestos como queramos. Cuando usted cree que puede combinar cuerpos en proporciones arbitrarias, miope desgraciado, lo que hace son mezclas de las que es incapaz de distinguir sus partes; lo que hace son monstruos. Un compuesto es una sustancia a la cual la naturaleza asigna proporciones fijas, es un ser que la naturaleza nunca crea de otra manera que con una balanza en la mano”.

Tito Lucrecio Caro, entre los miles de versos de su De Rerum Natura, sostuvo similar conclusión de manera más bella y educadamente formulada, pero a diferencia del ilustrado francés contratado inicialmente por el Real Seminario Patriótico de Vergara, no midió. Concretamente, Proust llegó a su conclusión tras pesar con gran rigor y paciencia las cantidades de una inmensa variedad de reactivos y productos de reacciones químicas provocadas por él en el laboratorio. Una tarea que podría parecer absurda por aburrida y estéril dada su simpleza conceptual, fue la llave que abrió el misterio de una de las conjeturas más antiguas: la existencia de los átomos. Y con ellos el inicio de una nueva era para la humanidad. Nada menos.

La magia de la ciencia

17 Dic 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

¿Hay algo más pasmoso que la magia o el ilusionismo para un niño o adulto imaginativo? En mi caso, nada. Por eso la ciencia me ha hecho disfrutar toda la vida. La ciencia es la enemiga mortal y por fin gloriosamente triunfante (o no) de la patraña, el ocultismo y la sinrazón de mitos y religiones, pero no de la honrada y fascinante habilidad de magos e ilusionistas. Busco en Internet las categorías y efectos del ilusionismo y encuentro todos a los que mi padre me aficionó de niño y pienso en cómo la ciencia los ha hecho realidad. ¡Tachan, tachan, comienza el espectáculo!

Generación, el mago crea algo de nada: un conejo de una chistera vacía, un ramillete de cartas del aire, incluso él mismo de una voluta de humo. Las fluctuaciones cuánticas del vacío producen sin causa pares electrón-positrón que justifican hasta la generación del propio universo en un grandioso Big Bang. Desaparición, el mago hace desaparecer monedas, su bella ayudante e incluso la Estatua de la Libertad. Los médicos observan en el enfermo de dolencia grave cómo se esfuman las antipartículas emitidas por el radioisótopo inyectado dando lugar a imágenes espectrales que les ayudarán a diagnosticar. Transformación, el mago convierte cosas de un estado a otro como una mujer en un tigre, pañuelos de seda de un color a otro y cartas en otras distintas a las elegidas por el público. Las reacciones químicas son capaces de romper, alterar y recomponer grandiosos moleculones a voluntad del químico ayudado misteriosamente por extraños catalizadores. Restauración, el mago destruye objetos que después recompone incluida su ayudante segada por la mitad con espeluznante serrucho. Los aceleradores de partículas llevan a cabo procesos de ese estilo en número insólito y calidad insospechada. Teleportación, el mago mueve objetos de un lugar a otro sin tocarlos incluyendo a su ayudante desde una caja del escenario hasta el fondo del teatro. Nuestro Gran Cirac, posiblemente el más aventajado físico español, domeña la mecánica cuántica hasta hacer vislumbrar no sólo la teleportación de la información y las partículas mágicamente sino con provecho para la futura computación cuántica.

La levitación, la escapología y la penetración son fenómenos familiares en cualquier laboratorio científico que maneje núcleos, átomos, moléculas y materia condensada. La última clase de magia, la predicción, es tarea corriente de la física teórica siendo la confirmación experimental una de las más excelsas satisfacciones de la investigación. ¿Necesita un chaval mayor motivación para dedicarse a la ciencia con tesón y entusiasmo?

Pasilleros al poder

10 Dic 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Supongo que en todos los ámbitos laborales existen los pasilleros, pero es en la universidad donde se ha acrisolado el término. Son aquellos individuos que se pasan la vida charlando en los pasillos o recorriéndolos yendo de despacho en despacho con ánimo intrigante. Los teléfonos, los SMS, las videocámaras y los e-mail no les bastan por más que abusen de ellos, porque los encantos personales no se despliegan bien por esos medios. Salvo excepciones, los pasilleros suelen ser personas agradables y en muchas ocasiones de cierta utilidad. Hasta ciertos límites, claro. Lo único que no hacen es trabajar en lo que debieran, que en el caso de la universidad es investigar. Nadie se equivoque ni elucubre sobre si los profesores universitarios han de investigar y no sólo enseñar, porque en caso de duda existencial nada la despeja mejor que el BOE: la falta de actividad investigadora puede conllevar sanciones administrativas e incluso la expulsión de la universidad. Así de claro es, por insólito que parezca porque creo que jamás se ha aplicado castigo alguno por no investigar.

El motivo de que los pasilleros hayan progresado tanto es que en infinidad de universidades son los que tendrían que sancionar, o sea, que han tomado el poder. Si se analizara el currículum de muchos rectores de universidad se nos pondría cara de lelo. Pero no nos preocuparía, porque un rector de historial pasillero suele tener contento a todo el mundo: a los estudiantes se les exige lo mínimo, a los profesores se les estabiliza y promociona sin grandes pretensiones y al personal de administración y servicio se le adula en todos los aspectos laborales, porque, al fin y al cabo, todos votan, como debe ser. El único problema puede surgir cuando a la universidad se la evalúa externamente por un panel internacional. Ante el resultado negativo, el rector pasillero no puede más que hablar de injusticia, de agravio a su comunidad autónoma, de falta de rigor y falsas jeremíadas de ese estilo.

Sostengo sinceramente que la defensa nacional la puede dirigir alguien que no haya hecho la mili, un hospital un gerente que no sea médico y un ministerio de fomento una persona sin estudios superiores, pero no un sargento patatero, un mal cirujano y un ingeniero chapucero, respectivamente. La ministra Garmendia ha situado al frente de la investigación científica del país a un pasillero de currículum investigador sonrojante. Tan aviados estamos como aviada ha quedado la universidad de Zaragoza después de haberla regido el flamante secretario de estado durante ocho años. Eso sí, dicen que es un buen gestor, dialogante y muy trabajador…

El gran Mónico

03 Dic 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Tras impartir una charla en Ciudad Real durante la Semana de la Ciencia, deambulé por los expositores divulgativos que había distribuidos por unas salas amplias y luminosas. Jóvenes científicos explicaban los intríngulis de experimentos y demostraciones a chavales de secundaria que los atendían embelesados. Un aparato solitario de manufactura perfecta detuvo mi paseo. Lo identifiqué como un generador portátil de rayos X de las primeras décadas del siglo XX. ¿Sería de los que usaron los franceses y alemanes en la Primera Guerra Mundial? Mujeres tan grandes para la ciencia como Marie Curie en un bando y Lise Meitner en el otro habían salvado infinidad de vidas recorriendo los frentes con aparatos como aquel.

Alguien interrumpió mis ensoñaciones. Se presentó como ingeniero de telecomunicaciones, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y biógrafo en ciernes de don Mónico Sánchez, ilustre hijo del vecino municipio de Piedrabuena. ¿Don Mónico? Sí señor, el fabricante de aquel aparato, inventor de otros muchos ingenios electromecánicos y presidente de las poderosas Electrical Sánchez Company de Nueva York y la Continental Wireless Telephone Company. No supe qué me causaba mayor pasmo, si el contagioso entusiasmo del ingeniero o lo que me estaba contando: ¿teléfonos móviles un siglo antes de su desarrollo? ¿Un manchego tras ellos? Pletórico, el profesor me dijo: aquí lo tiene. Una fotografía antigua de tonos pardos mostraba varios stands de una feria de muestras. El de la empresa de don Mónico estaba flanqueado por el de General Electric Company y el de Siemens.

Cuarto hijo de una familia muy humilde, Mónico trabaja como recadero primero y dependiente de comercio después. Le atraen los inventos pero la única vía de estudio que se le ofrece es un curso por correspondencia en inglés. Sabe leer y escribir en español con dificultad. Quiere estudiar ingeniería en Madrid y se ríen de él: cómo va a ingresar en la universidad si no tiene ni el bachiller elemental. En Estados Unidos no tienen en cuenta más que la valía personal. Y así terminó Mónico en Nueva York. O empezó, porque a su regreso en 1913 construyó en Piedrabuena la mayor fábrica de ingeniería eléctrica de España llevando con ella agua y electricidad a todo el pueblo. Pero la historia de este país pasó por encima de don Mónico y aquel ingenio de prosperidad y tecnología creativa sucumbió. Los políticos que claman henchidos de satisfacción las virtudes de la innovación para el futuro deberían escuchar al entusiasta ingeniero hablar de don Mónico Sánchez. Cuando quieran les doy sus señas.

Inmensamente solos

26 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Conforme la ciencia iba mostrando la grandiosidad del universo, los científicos cayeron en la tentación de trascender su oficio, que no es otro que encontrar las propiedades del mundo estableciendo leyes demostrables experimentalmente y predicciones sobre la base de ellas. Para eso se puede tanto partir de principios como llegar a ellos. Creo que fue el propio codescubridor de la evolución por selección natural, Alfred Russel Wallace, el primero que sostuvo, bien que modestamente, que toda la enormidad y complejidad de nuestro universo son necesarias para que surja un solo planeta apropiado para el desarrollo de la vida y su evolución hasta la inteligencia. Los centenares de miles de millones de estrellas de cada galaxia y los centenares de miles de millones de estas fueron necesarias para que surgiera la Tierra en el lugar y el momento adecuados para que los humanos estemos aquí. Ni Ptolomeo, ni Copérnico acertaron, porque ni la Tierra ni el Sol son el centro del universo, sino nosotros mismos. Aún más, el universo existe porque nosotros existimos y nos dedicamos a observarlo.

Todo lo anterior, que pronto recibió el nombre de Principio Antrópico, tenía un aroma religioso que a unos recordaba el incienso y a otros el azufre hasta que lo tomaron los físicos teóricos y lo complicaron de forma inaudita. Con un abracadabra pasmoso, que si lo llega a hacer un alumno de los primeros cursos le amonestamos seriamente, el gran Dirac, merecidísimo premio Nobel de física, barajó arbitrariamente varias constantes fundamentales ¡et, voilá! le salió la edad aproximada del universo: unos quince mil millones de años. Ahora está establecida en 13.700 millones, pero da igual. El caso es que se desató, hasta hoy, una auténtica avalancha de publicaciones sofisticando el principio hasta llegar a las seis o siete formulaciones actuales del mismo, aunque todas mantienen el sustrato básico: todo el universo es necesario para que existamos. Estamos solos y quien (o lo que) nos haya creado no ha derrochado nada, porque se precisan todas las galaxias para nuestra existencia que es de lo único de lo que tenemos certeza.

Escribo estas líneas de madrugada con un catarro cósmico. Miro a las estrellas y me resigno a pensar que quizá lleven razón y estemos solos, pero me gusta más imaginar que ahí fuera bulle la vida y la inteligencia por más que por ahora no podamos contactar con ellas. No obstante, incluso si fuera cierta nuestra inmensa soledad, ésta nos debería alentar a unirnos globalmente en íntima relación con el planeta. Hasta ese bienestar nos puede proporcionar la ciencia.

Contacto con ET

19 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

El cine y la literatura de ciencia ficción nos tienen acostumbrados a la existencia de civilizaciones extraterrestres tecnológicamente desarrolladas. La Vía Láctea puede que contenga un bullicio de tales seres, aunque es altamente sospechoso que nunca se hayan puesto en contacto con nosotros. Al fin y al cabo, la distancia media entre las estrellas es de unos quince años luz y nosotros estamos enviando señales electromagnéticas a la velocidad de la luz desde hace siete u ocho décadas. Nos deberían haber detectado y mostrar algún interés en comunicarse con nosotros. Y nada. Pero a lo que de verdad nos ha alentado Hollywood es a entrar en contacto físico con ellos.

La máxima velocidad alcanzable por una señal o un objeto en el vacío es 300.000 km/s. En este caso extremo, la masa del objeto tiende al infinito. Nuestras naves alcanzan unas pocas decenas de km/s, pero imaginemos que logramos una tecnología que permita impulsarlas a la velocidad de la luz. El problema es que hay que acelerarlas y después frenarlas (si no, ya me dirán). Después hacer lo mismo una vez que concluyamos la visita a nuestros vecinos. Si se hacen unas pocas cuentas bien hechas, nos sale que un ligero monoplaza necesitaría una energía del orden de la consumida por Europa en un cuarto de siglo. A ver qué parlamento aprueba unos presupuestos generales del estado que contemplen una partida de ese calibre. Y los extraterrestres para venir hasta aquí seguramente tienen el mismo problema, porque sin duda son democráticos, ya que son tan listos.

También está la complicación de encontrar voluntarios para hacer de embajadores. Para ir de aquí a un planeta habitado a unos pocos de años-luz y regresar, dependiendo de cómo de poderosas sean las aceleraciones que tenga que sufrir la nave para llegar a velocidades próximas a la de la luz, cuando vuelvan los viajeros se encontrarán que todos los humanos han envejecido muchos más años de los que han empleado en el viaje. A ver quién se presta a hacer semejante excursión abandonando familia, ambientes y sabiendo que cuando regrese no va a conocer a nadie. Supongo yo que nuestros embajadores serían asesinos de la peor ralea o aventureros enardecidos. Muy apropiados para hacer amigos entre los extraterrestres. Para no aguar muchas fantasías, se habla de otras dimensiones, agujeros de gusano establecidos entre dos agujeros negros que conectan regiones alejadas del espacio-tiempo, etc. Lo que no se dice es lo que le ocurriría al cuerpo humano en las cercanías de esas regiones. Especulemos y divirtámonos, por qué no, pero por ahora esto es lo que hay.

Civilizaciones ET

12 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

La probabilidad de que exista vida extraterrestre no es pequeña incluso si nos restringimos a la lógica de que esté basada en las proteínas y el ADN. Pero, qué duda cabe, lo que nos suele interesar es detectarla y, en particular, que haya gente en la galaxia con la que nos podamos entender por raros y feos que sean. Porque encontrar bichos, musgos e incluso bestias nos dejaría atónitos, pero contactar con seres civilizados con los que departir amablemente sería impresionante.

Hay varias fórmulas para evaluar la probabilidad de que haya civilizaciones tecnológicas en la Vía Láctea, pero todas mezclan variables que se pueden estimar con otras cuyos valores son especulativos. O sea, que son fórmulas de las que ponen nervioso a cualquier científico. Ejemplos de las primeras variables son el número de estrellas parecidas a nuestro Sol, la fracción de estas que tienen planetas en su zona habitable y el porcentaje en los que puede surgir la vida. Ejemplos de las segundas implican la probabilidad de que la vida se encarrile hacia la inteligencia, que a los seres inteligentes les dé por la tecnología (les podía dar por la mística o el placer desaforado) y en particular por las comunicaciones y el interés por comunicarse con otros habitantes de la galaxia. Todo lo anterior, además, hay que acoplarlo a una escala de tiempos. O sea, hemos de continuar especulando sobre cuánto dura una civilización así, ponerlo en el contexto de la evolución de su planeta y que todo ello pueda ajustarse a nuestra propia evolución. De poco valdría que unos extraterrestres altamente tecnificados trataran de entenderse con australopitecos.

Los resultados de las (absurdas) fórmulas anteriores proporcionan valores que van desde una hasta miles de millones de civilizaciones tecnológicas, o sea, que es compatible que estemos solos en la Vía Láctea con que ésta esté atiborrada de gentes mucho más listas que nosotros. Aun así, la distancia media entre tales civilizaciones sería de 15 años-luz. Llevamos muchas décadas enviando mensajes con información tal como la situación de la Tierra en la intersección de los chorros de luz emitida por decenas de estrellas de neutrones, imágenes nuestras, el esquema de la molécula del ADN, y muchas otras cosas fácilmente comprensibles. Nadie nos ha respondido. Una vez le preguntaron sobre esto de las civilizaciones extraterrestres al físico nuclear Enrico Fermi y, algo disgustado, estableció la llamada paradoja de Fermi. Simplemente preguntó a su entrevistador: “¿Por qué no están aquí esos seres?”. Dejo al lector la posibilidad de que la conteste sin sugerirle yo nada.

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