Y los obispos, reminiscencias de drag queens

El arzobispo Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha pedido respeto a sus creencias después de que en el carnaval Drag Queen de Gran Canaria uno de los participantes montara, con semanas de anticipación, un paso de Semana Santa. Previamente, la Conferencia Episcopal ha demostrado un amplio y duradero respeto por la comunidad homosexual, en especial en lo que concierne al colectivo de transexuales. Vamos a verlo.

El año pasado, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, escribió un libro, Sexo con alma y cuerpo, donde afirma que las prácticas homosexuales no pueden aprobarse de ningún modo y donde compara el sexo heterosexual y el homosexual con el jamón de jabugo y el jamón de paleta cocida respectivamente. Suponemos que, para hacer públicos estos resultados, Munilla realizó un exhaustivo estudio empírico catando diversas posturas y prácticas homo y heterosexuales: la felación, el cunnilingus, el griego, el francés, el segoviano, el sado maso y, muy especialmente, el misionero. Hay que elogiar el esfuerzo del obispo, a quien no le importó lo más mínimo romper el voto de castidad para comunicarnos sus impresiones. También le felicito por su paladar, porque a mí un coño suele darme un leve toque a marisco, no a jamón de jabugo. “Y los moluscos, reminiscencias de mujeres”, decía el cursi de Rubén Darío. Munilla es más de jamonas.

En una Hoja Parroquial de 2013, el obispo de Segorbe-Castellón, Casimiro López, aseguraba que los hijos que crecían en el entorno de parejas del mismo sexo solían padecer “graves perturbaciones de la personalidad” y advertía que ese ambiente los llevaba frecuentemente a la violencia. El matrimonio homosexual -proseguía el obispo- fomenta la destrucción de la célula familiar y gangrena”el desarrollo de la persona humana”. De las personas no humanas, Casimiro López no decía nada, aunque bien podía haber encabezado su estudio con este epígrafe de Chiquito de la Calzada: “¿Pero qué estás haciendo con el cuerpo humano?”

La lista de declaraciones respetuosas de los obispos españoles sobre los homosexuales no conoce fin. Tampoco conoce principio, de hecho. Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, dijo de los homosexuales en la liturgia de Viernes Santo del 2012, retransmitida por televisión: “Os aseguro que se encuentran en el infierno”. Una vez más, tanta seguridad revela una experiencia de primera mano. Reig Pla firmó, junto a otros dos obispos, una carta pastoral en la que cargaban contra la libertad de género y proclamaban que la transexualidad “retuerce la naturaleza humana”.

En enero de 2014, el cardenal Fernando Sebastián, define la homosexualidad como una “deficiente sexualidad” y recomienda tratamiento médico o psicológico para acabar con el problema. En un hombre cuya ración diario de sexo ronda entre cero y menos que cero, no caben dudas de que el adjetivo “deficiente” no se refiere en ningún caso a que maricones y lesbianas deberían follar más o masturbarse a dos manos. Se refiere a que no deberían masturbarse nunca y no follar en absoluto, hacer voto de castidad y así estar preparados para ingresar en el convento y empezar a escribir manuales sobre sexualidad.

Lo cual nos lleva directos al punto G de la polémica. No creo que a los obispos les beneficie seguir insistiendo en que los homosexuales y transexuales deben abstenerse de practicar sexo. Podrían hacerles caso, convertirse en obispos y ya no habría manera de distinguir a una drag queen de un arzobispo. Es lo que ha pasado con el carnaval de Gran Canaria, que los obispos se han enfadado porque las drag queens les están haciendo la competencia.