No me chilles que no te veo

La historia del desacuerdo entre Mariano y Puigdemont promete dar mucho de sí en futuras temporadas de El ministerio del tiempo. Hasta es posible que haya salido ya en algún episodio y todavía no nos hayamos enterado. La intensidad de su sordera mutua recuerda la de esos matrimonios que siguen viviendo juntos por pura inercia, comunicándose únicamente a través de papelitos colocados con imanes en la nevera.

“Que estoy pensando en irme de casa”.
“No sé si entiendo lo que escribiste ayer”.
“Mira, en realidad no dije lo que dije”.
“Acuérdate de comprar pan”.

La política hace extraños compañeros de cama, salvo en España, donde hace silenciosos compañeros de mimo. Mariano y Puigdemont llevan una semana y pico hablando del diálogo que no pueden compartir porque para eso tendrían que mantener un diálogo que no pueden compartir porque para eso tendrían que mantener un diálogo etc. Es como el bucle de una película francesa de arte y ensayo, o más bien como Brokeback Spain, una versión de Brokeback Mountain trasladada al teatro del absurdo, en lenguaje para sordos y, en lugar de ovejas, burros y cabras de la Legión.

“Mejor olvidamos lo que pasó ayer en la tienda de campaña”.
“No hay nada que olvidar, no pasó nada, no hay ninguna tienda de campaña”.
“De acuerdo, dejémoslo estar”.
“Que vamos a dejarlo estar si yo a usted no lo conozco de nada”.

La primera carta de Puigdemont -que llegó a manos del gobierno poco antes de que se cumpliera el plazo para apretar el botón rojo- ya va camino de convertirse en el manuscrito de más difícil interpretación de la literatura española, por delante de Las soledades de Góngora y de los monólogos de Antonio Ozores. Aquí no está fallando sólo la política: está fallando la filología. Es posible incluso que la carta estuviera escrita en catalán.

“¿Te me vas a declarar ?”
“Todavía no lo ha votado el Parlament”.
“Pero yo oí cómo te me declarabas, todo el mundo lo oyó”.
“No me chilles que no te veo”.

De hecho, vistas las dificultades del gobierno en pleno para descifrar la carta, Puigdemont ha dejado otra la mañana del jueves en el frigorífico. Dicen que es una estrategia para ganar tiempo, pero al paso que llevan, más bien parece que se trata de una espléndida forma de perderlo. Todo sería mucho más rápido y vistoso si lo hicieran en un grupo de guasap, en código morse o incluso por señales de humo. Pero hay que salvaguardar el aspecto esencialmente decimonónico de la democracia, un modelo de gobierno tan moderno que todavía se vota en urna y con papel a unos candidatos que alfombran los muros con pasquines como las compañías de zarzuela o las giras de music-hall. Lo ideal sería que ambos presidentes, después de cartearse a base de palomas mensajeras, acudieran en calesa a un duelo al amanecer. Mucho hablar de España y de Cataluña pero aquí lo que cuenta es el modelo vasco de conversación: para qué vamos a hablar si podemos resolverlo a hostias. Ante los mensajes de Puigdemont, Mariano y sus asesores se han quedado rascándose la escafranda, como los astronautas intentando descifrar los chorros de tinta de un calamar espacial. Lo mejor sería orquestar un desencuentro en la tercera fase con la nave Cataluña a punto de abandonar la órbita terrestre: ninoninoniiii.