Catalanes por el mundo: hoy, Bruselas

Aunque Andy Warhol decía que en un futuro no muy lejano todo el mundo tendría derecho a quince minutos de fama, hay que reconocer que a Puigdemont se le está yendo un poco la mano. La atención del mundo entero -la cual no ha cejado de orbitar alrededor de su flequillo desde hace más de un mes- se concentró ayer en Bruselas, donde ofreció un concierto en el Club de Prensa a falta de una sede oficial. Viajó acompañado de un séquito de cinco músicos de su ejecutiva, pero en el último momento el cantante se decantó por una velada acústica y políglota donde desgranó algunos de los grandes éxitos de su breve carrera. Unos cuantos fans despistados lo recibieron en la puerta con gritos de “¡Viva España!” mientras un crítico especializado titulaba su reseña con este alarmante titular: “Más dura será la caída”. Ahora se advierte claramente el peligro de concederle el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Las tentativas de Puigdemont para que lo tomen en serio chocan frontalmente con las iniciativas de Puigdemont para que se lo tomen a broma. Ambas conviven en su interior como la máscara llorosa de la tragedia y la careta sonriente de la comedia, como si cada vez que se coloca ante un micrófono su mano izquierda y su mano derecha empezaran a pelearse al estilo de los nudillos tatuados de Robert Mitchum en La noche del cazador. Una mano le susurraba que declarara la independencia y la otra mano le aconsejaba que la suspendiera. Una mano le sugería que convocara elecciones y otra mano le asesoraba que mejor no, mejor dejarlo para otro día. Con tanta prestidigitación y tanto cambio de cubilete, por último Puigdemont ha decidido hacer caso a sus extremidades inferiores: pies para qué os quiero.

Es posible que hubiera una estrategia oculta en este juego de marear la perdiz, pero, sinceramente, si había alguna estrategia se nos escapa. La alta política a menudo se parece a la gastronomía casera: se hace con los ingredientes que hay en casa y mucha imaginación. Así, con las sobras de una comida del día anterior se inventaron las croquetas y con pan duro las torrijas. Puigdemont no tenía mucho más con lo que cocinar una república y se ha ido a Bélgica a buscar el secreto de Cataluña, lo mismo que Joan Puig se iba a Nueva York a buscar un restaurante donde supieran acertar con la receta de la escalivada. Mientras el president a la fuga ha aceptado los comicios convocados desde Madrid, la CUP ha convocado una “paella masiva insumisa” para hundir la fiesta electoral, aunque en seguida han tenido que retractarse de la españolada y proponer una alternativa con butifarra y fuet, lo cual ha molestado sobremanera a los veganos. Sobre la incipiente república catalana planea la sombra de aquella frase probablemente apócrifa de Churchill, cuando le dijo a un representante del gobierno irlandés: “Nuestra situación es desesperada, pero no es seria. En cambio, la suya no es seria, pero es desesperada”.

Ante tamaño esperpento, cabe formularse la pregunta clásica: Cui bono. ¿A quién beneficia este ridículo internacional, esta charlotada que echa por tierra, quizá durante decenios, las genuinas ansias de independencia de millones de catalanes? La respuesta no está en el viento, como cantaba Bob Dylan, sino en la barba irredenta de Mariano que, gracias a este triste espectáculo, amenaza con seguir plantada en La Moncloa muchos años. Sin duda hay muchas cosas que los independentistas catalanes de corazón no le perdonarán jamás a Puigdemont; personalmente, yo nunca podré olvidar que consiguiera que Mariano parezca un estadista.