Opinion · Punto de Fisión

Torrente en Estrasburgo

Dicen que al leer dos noticias juntas se produce una especie de iluminación, un choque de significados que brilla con el fuego de la sabiduría, igual que al golpear dos piedras con saña prehistórica a menudo brota el fuego. Normalmente, los periódicos se organizan en los consejos de redacción, según el criterio de unos profesionales, pero desde que el papel escasea las noticias forman sus propias constelaciones. La mañana del martes, por ejemplo, las noticias sobre el asesinato del niño Gabriel y la sevicia criminal de su asesina (que todavía no había confesado) se juntaban a través de unas extrañas líneas de fuerza con la discusión sobre la prisión permanente revisable.

Aprovechar el asesinato de un crío para debatir del Código Penal despide un tufo a populismo que tira de espaldas, lo cual no deja de ser extraño, ya que las formaciones políticas que han sacado la antorcha a pasear para alentar a las masas en su afán justiciero son precisamente aquellas que utilizan el populismo como arma arrojadiza, es decir, Ciudadanos y PP. Lo del PP podría ser disculpable, ya que se denominan populares por algo, pero el flagrante oportunismo del agente naranja provoca en el espectador una especie de agujero espaciotemporal: fue precisamente Albert Rivera el que suscribió, hace dos años, la derogación inmediata de la prisión permanente revisable en un acuerdo con Pedro Sánchez. De estos giros de veleta de Albert -de la izquierda a la derecha y del antitaurinismo a Las Ventas- podría escribirse una enciclopedia si no fuese porque antes de firmar el primer tomo él mismo lo habría refutado con hechos.

Con todo, el auténtico punto de fisión semántico de estos últimos días se ha producido en la confluencia de dos noticias sólo en apariencia dispares: el tirón de orejas al Tribunal Constitucional desde Estraburgo por atentar contra la libertad de expresión y los veinte años recién cumplidos de Torrente, el brazo tonto de la ley. Mediante la caricatura de un botarate casposo, vacuno y facha hasta la médula, Santiago Segura quiso hacer una parodia del policía hispánico, y sin quererlo ni pretenderlo, los años le han ido dando la razón a hostias. A medida que Jorge Fernández Díaz reclutaba su brigada política y que los periódicos se iban llenando de burradas protagonizadas por comisarios corruptos, guardias civiles masacrando inmigrantes y antidisturbios en general, el poli typical spanish cada vez se parece más al modelo Torrente. Por ejemplo, la semana pasada la Policía Nacional consideró que darle un botellazo en la cabeza a un negro después de llamarlo “negro de mierda” no era un incidente racista sino un “altercado de bar”. Les faltó únicamente poner a Torrente de portavoz con una corbata pringosa de torreznos y un palillo entre los dientes.

El coscorrón judicial desde Estraburgo rememora aquella lastimosa queja de Unamuno: “Hay que europeizar España”. Afortunadamente, lo mismo que a Unamuno, en seguida se nos pasa el sofocón y recordamos que España es diferente por cosas como la monarquía intocable, la Ley Mordaza, Torrente y la tortilla de patatas. Que legislen ellos. Hasta el PSOE se ha declarado monárquico por principios, aunque tendría que haber matizado: “Monárquico y de Carabanchel”. Todo en un martes y 13.