El fabuloso mundo de Mariano

David Torres

La gran tormenta política de los últimos días ha sido el descubrimiento de que Cristóbal Montoro, el señor Burns del PP, podría ocultar un peligroso antisistema que estaría alimentando a la chita callando la hoguera del independentismo catalán. No he visto suficientes episodios de los Simpson para saber si Matt Groening ya había profetizado este sorprendente giro del personaje con el señor Burns ingresando en una comuna hippie, pero es muy posible que sí: los Simpson ya han acertado cosas tan inverosímiles como la invención del Ipod, el autocorrector de móvil o la presidencia de Donald Trump.

El espectáculo es para sentarse a comer palomitas. Que un ministro de Hacienda desafíe directamente a un juez del Tribunal Supremo es algo nunca visto en este país. Claro que Montoro no sólo está defendiendo su gestión -puesto que tenía el encargo de vigilar las cuentas de la Generalitat para impedir que se desviaran fondos con destino al referéndum del 1 de octubre-, sino repitiendo punto por punto la aseveración de Mariano hecha pocos días antes, cuando afirmó que el Govern no usó dinero público para financiar las urnas. Por su parte, Llarena había basado las órdenes de detención de Puigdemont y de varios dirigentes independentistas basándose en los informes de la Guardia Civil sobre malversación de fondos y falsificación de facturas. El epílogo de este enfrentamiento épico entre un ministro y un juez va a escribirse en Alemania, ya que el Tribunal de Schleswig Hostein, que ya ha tirado a la papelera la acusación de rebelión, se ha mostrado muy atento a la controversia y en los próximos días podría dejar a Puigdemont libre como el sol cuando amanece, listo para proclamar otra vez una nueva república cuántica.

En mitad de esta movida, Mariano, como siempre, se mantiene firme. Dice que no hay ninguna discrepancia entre Montoro y Llarena, que cada uno hace lo que le toca y que aquí paz y después gloria. Ya en su momento dijo que no iba a haber ningún referéndum y después confirmó que no lo hubo, un doble despliegue de sagacidad. Otro alarde de su legendaria vista de lince ha sido su tenue rectificación respecto al escándalo del máster de Cristina Cifuentes, una señora en la que había depositado toda su fe, pero que ya se encuentra a dos pasos de engrosar la abigarrada categoría de “esa persona de la usted que me habla”.

Por debajo persiste la sospecha de que exista un pacto secreto entre el PNV y el PP en el que, a cambio de apoyar los presupuestos, los nacionalistas vascos hayan exigido la derogación inmediata del artículo 155 en Cataluña, aparte del acercamiento de los presos etarras a Euskadi. Que Mariano lo haya negado rotundamente, como Pedro a Cristo, no significa nada, o más bien viene a significar todo lo contrario: por algo en su comparecencia en el palacio de la Moncloa estuvo acompañado del primer ministro turco, Binali Yildrim. Al fin y al cabo, Turquía es el país de Europa es el país de Europa al que más nos parecemos últimamente, sobre todo en lo que respecta a la libertad de expresión.