Opinion · Punto de Fisión

La verdad sobre el caso de Mariano Valdemar

Muchos alarmistas temen la posibilidad de que la moción de censura salga adelante y Mariano de repente pase a la condición de cadáver político. Ese adverbio es lo que más miedo da, de repente, cuando Mariano en su vida ha hecho una sola cosa de repente, y hasta la hostia que se llevó durante un paseo electoral en Pontevedra se la tenían prometida desde hacía décadas. Los alarmistas olvidan que Mariano, en realidad, lleva muerto más de un lustro, aproximadamente desde que le envió aquellos mensajes de ánimo a Luis Bárcenas, un bumerán telefónico que hubiera arrancado del cargo a cualquier presidente en cualquier otro país con menos afición a las procesiones de Semana Santa.

Lo que pasa es que, para ser un cadáver, Mariano tiene un aspecto excelente. Además, se cuida mucho, procura trabajar lo menos posible y sale a pasear por las mañanas para airearse a trote zombi. Por eso, darlo por enterrado antes de tiempo es un error que ya le ha costado la cabeza a muchos de sus enemigos, a no pocos de sus amigos y a algunos de sus ministros. No sólo por lo que pudiera hacer a última hora el PNV (un partido al que cada día le sobra más la V) sino también por lo que pudieran hacer todos los demás. En esos bancales del hemiciclo, y especialmente entre las filas del PSOE, donde menos se lo espera, salta un tránsfuga. No hay más que ver el transfuguismo en bloque de Ciudadanos, una formación que se anunciaba implacable contra la corrupción y que a estas alturas parece un cementerio.

Entre limpiar el gobierno de ladrones o aguantar la pestilencia unos años más, Albert ha preferido comprar un lote de pinzas para la nariz, un paquete de ambientadores y unas varillas de incienso. En Ciudadanos ya está en marcha un programa de acogida de refugiados del PP en el que las camisetas de color naranja sirvan para disimular los tonos de la carne pútrida e incluso la sangre de los zarpazos judiciales. Si fueron capaces de estabilizar a Girauta, el Phileas Fogg de la política patria, son capaces de cualquier cosa.

La elección consiste entre apostar por un gobierno Frankenstein, hecho de retales y costurones, o seguir sosteniendo un gobierno zombi, apestado por la corrupción y trufado de muertos vivientes. Los zombis están de moda, ahora que acaban de cumplirse los cuarenta años de Dawn of the Dead, la obra magna de George A. Romero, y que sigue adelante en su novena temporada The Walking Dead, la única teleserie que sigue emitiéndose después de muerta. Es posible que Mariano no esté todavía difunto sino suspendido en un estado de hipnosis agónica, al estilo del señor Valdemar, aquel moribundo de un relato de Poe al que le daban la orden de no morir y se mantenía al borde mismo de la putrefacción, como el PP de la Gürtel. Ha dicho que no va a dimitir de ningún modo, lo cual es un indicio seguro de lo contrario. Muchos lectores pensaron que el relato de Poe era un reportaje periodístico, y a muchos otros, cuando pasen sólo unos años, Mariano les va a parecer una novela.