Mujeres en la guerra

25 Ene 2009
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CARMEN MAGALLÓN

En las imágenes que nos llegan de las zonas en guerra, gran parte de las mujeres que aparecen están llorando junto a sus seres queridos muertos. Así hemos visto a las mujeres de Gaza. Para mí, las lágrimas son algo valioso, tanto las de dolor como las de rabia o de impotencia. También las provocadas por la emoción de un gesto de fraternidad o sororidad humana. Son expresión de un lenguaje corporal que la guerra se encarga de destruir. “De qué lagrimas lloradas, de qué sangre y de qué esperma” se nutren las guerras, se pregunta Luisa Muraro en Guerras que yo he visto. Pero en las guerras, las mujeres no sólo lloran, no sólo son víctimas. Las imágenes no suelen hacer justicia a la pluralidad de sus actitudes, que van desde el apoyo a la lucha hasta su rechazo total. He visto a mujeres palestinas encarándose con los soldados de Israel, con la dignidad que les da el hecho de que podrían ser sus madres o abuelas, y la fuerza simbólica que esas figuras representan. He visto a otras manifestándose contra la guerra, preguntándole al mundo qué hacía para pararla.
En medio de la pluralidad, ¿por qué somos especialmente extrañas a la lógica de la guerra y la violencia, pese a ser capaces de ejercerla? Una explicación plausible es que somos extrañas a la lógica que produce la muerte, porque nuestra experiencia corporal ha tenido la vida como eje central. La feminista sudafricana Olive Schreiner escribió que una mujer siempre sabe lo que cuesta una vida y que es más fácil destruirla que crearla. Traer vida al mundo cuesta, a las que deciden ser madres, sudor y angustia, y cuando las condiciones sanitarias son inadecuadas, como sucede todavía en muchos lugares del mundo, la muerte. Pero lo que cuesta, más que dar la vida, es cuidarla: tiempo y esfuerzos invertidos en la crianza y el cuidado de los seres humanos, todavía mayoritariamente a cargo de las mujeres.
La reflexión de las imágenes y la extrañeza ante la guerra me lleva a 1938, cuando Virginia Woolf, la escritora del grupo de Bloomsbury, recibió de un amigo unas fotografías que reflejaban los desastres de la Guerra Civil española, junto a la petición de que escribiera sobre cómo podían las mujeres contribuir a evitar la guerra.
En respuesta, escribió Tres Guineas, un libro cuya lectura nos impactó cuando comenzamos a participar en el movimiento por la paz, por su profundo análisis sobre las raíces sociales del militarismo. En él, invita a las mujeres a tener una actitud crítica ante las instituciones creadas por los hombres, rechaza una actitud mimética de las mujeres con respecto a los hombres como estrategia de avance social y les exhorta a pensar el mundo desde sí mismas. Finalmente, el compendio de su respuesta a la cuestión de cómo pueden las mujeres colaborar a evitar la guerra, lo resume en la expresiva frase que dirige a su amigo, en la que llama a las mujeres a pensar y actuar desde otro paradigma: “La mejor manera en que podemos ayudarle a evitar la guerra no consiste en repetir sus palabras y en seguir sus métodos, sino en hallar nuevas palabras y crear nuevos métodos”.
Esta línea de pensamiento, constituye, todavía hoy, un programa político pendiente.

3 comentarios

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  • Comentario por denmadrid

    25/01/2009 @ 22:51

    Si no la hubiera tenido en mente desde el principio, esa última frase desde luego dice ´aguirre´ para mí. Me avergüenza que una depredadora así se pueda llamar mujer y me desola que muchas de las mujeres que llegan el poder sean de la misma calaña. Meier, Thatcher, Rice, …. ´Personas´ que creen que son racionales y no son ni siquiera humanas porque nunca llegan a integrar sentimientos humanos en sus ´pensamientos´ racionalizados. Son seres incompletos, de cuello para arriba, inertes, sin equilibrio, ni integridad.
    No entiendo cómo algunas han podido dar vida y seguir siendo intocables por la realidad humana. Aún en este mundo de-hombres-para-hombres, tenemos que tener la categoría de ser totalmente persona-mujer.

  • Comentario por Artemio

    26/01/2009 @ 02:46

    No sé como puede estar Carmen Magallón en un Seminario de investigación para la Paz y querer buscarla ahondando en la ”guerra” de sexos, lo mismo que parece ser, la línea editorial de Público. Presumo la dignidad de las madres y hermanas de los soldados israelíes orgullosas de sus hijos e hijas soldados y soldadas ”defendíendolas del poderio” palestino, así como la de todas aquellas mujeres judías que volvieron a su Tierra Prometida dispuestas a quitar sus tierras y hogares a las madres palestinas y a sus hijos. Empieza a ser urgente -pues va siendo grave el abismo de desconfianza entre ambos sexos- que alguien les diga a estas personas mujeres y hombres ¿feministas? que los hombres no son hijos de hombres y las mujeres hijas de mujeres. Sino que todos tenemos madres y éstas estaban y están encantadas de que sus hijos varones sean machos y conquistadores y dominen lo que sea, empezando por las nueras, y como sea, por el poder político, militar, económico, o religioso. ”Las” que votaron a Bush son tan responsables como ”los” que le votaron de sus carnicerías, ¿o me van a decir que las votantes no son responsables y votan lo que quieren los maridos?. No me vale que sea ”el modelo creado por los hombres”. Ni lo del topicazo de que ”como engendran la vida están por la vida”. Por lo mismo que he explicado antes y porque hay bebés que acaban en los contenedores de basura y no porque los tiren los padres exactamente. Si las mujeres educan machos, habrá machos. Señoras eduquen personas responsables de ambos sexos y acabarán con el machismo. Yo también lo deseo.

  • Comentario por Cuarto Propio juristas

    09/06/2009 @ 14:33

    Betty Reardon en “Sexism and the War System”, una obra maestra de los estudios de género y los estudios para la paz, demostró que no sólo que existe una conexión entre el sexismo y la guerra, sino que además se trata de manifestaciones gemelas de una misma causa, esto es, el miedo a la diversidad. Reardon argumentÓ que la continua legitimación de la guerra como un instrumento de política nacional y la excesiva dependencia de los armamentos como necesidad fundamental para la seguridad nacional son el mayor obstáculo tanto para la paz como para la auténtica emancipación de las mujeres. Igualmente, estableció con claridad su origen psicosocial: el temor a la diversidad, reforzado culturalmente. Así, esta autora entiende que la violencia no tiene un basamento exclusivo en causas estructurales, sino que el problema también se origina en la psyche humana.
    La coeducación, entre otras cosas, es la clave para acabar con el sexismo y por ende con las guerras.

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