Retomando el debate sobre “feminizar la política”

11 Nov 2017
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Isabel Serra y Beatriz Gimeno
Diputadas en la asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid, grupo parlamentario de Podemos

Desde hace algo más de un año el concepto de feminización de la política ha cogido fuerza pese a que a muchas personas no nos convencía.  Nos parece un significante vacío, un “atrápalo todo” que puede llegar a servir para banalizar y rebajar la potencia transformadora del feminismo. Muchas optamos por  hablar de “despatriarcalizar” que es un término ideológico, que es más claro, aunque desde luego mucho más complejo a la hora de entenderse socialmente. Creemos que se ha terminando imponiendo “feminizar” precisamente porque es más fácil de entender. Algo que es esencial para trasladar nuestras ideas y conseguir que sean hegemónicas, pero que no significa que sea más útil para “las tareas del feminismo” y el avance hacia una sociedad igualitaria. El debate sobre qué entendemos por feminizar la política está aún abierto y aquí queremos aportar nuestro enfoque.  No es una cuestión baladí. Por principio, las feministas tenemos la obligación de aplicar la hermeneútica de la sospecha cuando un concepto se asume muy fácilmente y todo el mundo termina usándolo. Cuando esto ocurre, muchas veces es porque dicho concepto es fácil de despolitizar- por lo menos en su vertiente más radical-  y porque se percibe como nada peligroso;  y es posible que “feminizar” se esté usando despojado de cualquier potencialidad realmente transformadora. Es decir, hay riesgos que aquí planteamos.

Uno de los riesgos es el de esencializar lo que quiera que sea lo femenino llenándolo de todo lo bueno que se nos ocurra, virtudes morales atribuidas a las mujeres desde tiempos inmemoriales para compensarnos de todo aquello de lo que se nos ha despojado. Eso de convertirnos en la reserva espiritual de la humanidad, en el espacio privado y confortable, en el espacio humanizado, frente a un espacio público brutal y deshumanizado. Por una parte es consolador para nosotras; no tenemos nada pero somos mejores. También es bueno para ellos, que se permiten guerrear y competir en el espacio público sin perder del todo aquello que es confortable, más humano. Esto, como decimos  es muy antiguo, se ha hecho siempre.  Se dice que somos más empáticas, más dialogantes, menos ásperas, reconocemos los matices, sabemos escuchar, trabajamos de manera horizontal, somos menos autoritarias etc.  Todo ello es bueno, sí, pero no tenemos claro que todas las mujeres seamos todo eso, ni siquiera todas las mujeres feministas, y en cualquier caso, estas virtudes de carácter no deben ser lo que marque si una mujer es feminista o no, o si es buena política o no y mucho menos una mujer política tiene que ser juzgada por su adecuación, o no, a este nuevo traje moral. El peligro mayor es que se acabe convirtiendo en algo que se exige a las mujeres en política y no a los hombres. Y, sobre todo, que se acabe convirtiendo en lo único que se acabe exigiendo a las mujeres; más allá de la política. En ese caso servirá, además, para seguir excluyendo a muchas otras, así como para continuar marcando unos roles de género rígidos y no intercambiables sobre lo que es la feminidad y la masculinidad,  la expresión más evidente de la desigualdad.

Si cuando unas políticas piden diálogo y nos parece que eso se debe a su sexo, ¿qué ocurre cuando son hombres los que piden lo mismo? Por esa razón, cuando una mujer es áspera, ejerce el poder con autoridad y no es amable ni simpática… ¿la descalificamos sin más como poco feminista? En el caso de las mujeres pasa a ser inmediatamente una virtud femenina, pero eso no se señala en el caso de los hombres políticos dialogantes, mesurados, con capacidad de escucha. ¿Se hubiera desbloqueado antes el tema catalán de estar mujeres al frente?, se pregunta. Pues sí…o no. Ya hay mujeres al frente de países enteros y no necesariamente los cambios son abismales. Se nos dice entonces que, además,  hay que ser feminista, ¿además? Y dando la vuelta al argumento, si una mujer no es dialogante, ni mesurada, ni le gusta cuidar sino trabajar…¿no puede de ninguna manera ser feminista? En realidad estamos reconstruyendo características  que son tradicionales de género pero ahora desde otra posición; desde una posición que busca revalorizarlas socialmente. Esas son virtudes femeninas desde siempre, que tenemos las mujeres en mayor grado que los hombres, pero eso no nos hace más feministas.

Es verdad que hombres y mujeres cargamos con mochilas de socialización de género diferentes que nos permite aportar una diferente visión del mundo, ya que estamos situados en un lugar diferente de este. En tanto que subalternas a lo universal y al poder tenemos mucho que decir.  Pero hay que tener cuidado y no llegar a pensar que todas somos idénticas (esa es la manera en que tradicionalmente nos ve el patriarcado) o que somos necesariamente mejores por el hecho de ser mujeres. Porque si asumimos que las mujeres, por el hecho de serlo, aportamos a la política todos aquellos rasgos de género positivos que, supuestamente, llevamos con nosotras, ¿por qué no los negativos que también son –de la misma manera- consecuencia de dicha socialización? Se publicaba el otro día en un artículo que decía que entre pañales aprendimos paciencia, empatía, cuidado, sentido de las pequeñas cosas. Puede ser verdad. Pero en ese espacio pequeño, históricamente no elegido,  también aprendimos rabia, frustración, impotencia, o competencia entre nosotras, entre otras cosas.

Para feminizar la política hay que hacer políticas feministas que cuestionen estructuralmente las relaciones de género y la misma construcción de los roles. Que busquen transformar radicalmente las condiciones materiales en las que se desenvuelve la vida de las mujeres (lo que implica una profunda redistribución de la riqueza y los recursos), arrebatar privilegios masculinos (lo que implica un profundo cambio cultural), acabar con la violencia, y combatir el androcentrismo, entre otras cosas. Esto no es fácil, ni simpático, es una lucha dura que prevemos muy larga. Es una lucha que nos está costando muchas muertas. La violencia que está creciendo es consecuencia de nuestras exigencias y de nuestros nuevos papeles sociales. Defender que estamos más dotadas para tener determinado comportamiento al final puede utilizarse para despojar al feminismo de su verdadera potencialidad radical y transformadora; es decir, cuando se utiliza para hacer marketing político con el fin de hacerlo más asumible socialmente pero sin ir más allá. ¿Hacerlo más asumible para qué?

Esto último nos lleva al asunto de los cuidados. Hemos llegado a un punto en el que “cuidados” se ha convertido en una palabra fetiche que todo el mundo usa y, a menudo, de manera despolitizada. Por lo dicho más arriba, sospechamos. Hace un tiempo una compañera levantó la voz en una reunión política y se mostró áspera y desagradable con un compañero, como la ocasión merecía. Este se volvió hacia ella y le dijo: “tan feminista que eres y qué poco utilizas eso de los cuidados”.  Así pues los cuidados se han convertido en el equivalente de “tienes la regla” o “estás histérica”. Cuidar se ha convertido en una obligación (para las mujeres) despojada de cualquier potencialidad política. Nos gustaría recordar que cuando las feministas hablábamos de “los cuidados” no nos referimos a ser amables o más o menos empáticas (que está bien); nos referimos a trabajos invisibles y no pagados que hacemos las mujeres para que el sistema siga funcionando. Ahora parece a veces que nuestra propuesta por excelencia es, simplemente, revalorizarlos, en la línea comentada de revalorizar acríticamente todo aquello que las mujeres toquemos. En realidad, lo que  algunas siempre proponíamos respecto a los cuidados es que estos desaparezcan en gran parte porque el Estado se haga, por fin,  cargo de ellos. Para los que no se puedan externalizar proponemos redistribuirlos equitativamente entre los miembros de la familia y en esa redistribución tienen que implicarse los poderes públicos y los sindicatos, además del feminismo obviamente. Por último, para estar en disposición de poder revalorizar algo hay que tener poder, poder del que, precisamente, nos despojan diciendo que no lo queremos o que no tenemos buena relación con él. Desde la impotencia social y política, desde el de  despoder, es imposible revalorizar nada.

Reivindicamos también el derecho a no cuidar, sin que eso implique perder el derecho a ser cuidada, que es un derecho subjetivo de todas las personas. Pero para que esto sea posible, hay que transformar la economía en su conjunto, incorporar a esta todo este trabajo no cuantificado, y cuestionar el capitalismo. La pregunta de qué hacemos con los cuidados tiene para nosotras una respuesta: que la economía tiene que estar al servicio de la gente, (incluidas las mujeres, a menudo excluidas del concepto “gente”) y no al revés. Pero mientras, desconfiamos de esta tendencia tan actual de idealizar el trabajo de cuidado, como si todas quisiéramos hacerlo, olvidando que en el combate por la emancipación las mujeres hemos luchado históricamente por librarnos del mismo. No todas queremos cuidar, pero todas tenemos derecho a ser iguales. El cuidado no es cosa nuestra, sino de toda la sociedad; de una sociedad radicalmente distinta en donde las mujeres tengan acceso en igualdad a todos los recursos, incluido el poder. En todo caso, sigamos debatiendo.


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