Las cloacas del capitalismo: cuando tener trabajo no te saca de pobre

02 May 2014
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La pobreza suele estar asociada al desempleo, y más en un país como España con la cuarta parte de su fuerza laboral en paro. Así lo refleja el VIII Informe del Observatorio de la Realidad Social de Cáritas. Sin embargo, hay algo no tan obvio: que un 13% de trabajadores se halla bajo el umbral de la pobreza (8,9% en el conjunto de la UE). Un sueldo a fin de mes ya no es garantía de una vida digna.

Viene esto a cuento de un libro de Barbara Ehrenreich, publicado por primera vez en 2001 en EE UU y que, traducido por Carmen Aguilar, edita Capitán Swing: Por cuatro duros. Como (no) apañárselas en Estados Unidos. Esta ensayista y periodista, dirigente del Partido Socialdemócrata norteamericano, protagonizó durante tres meses un experimento sociológico destinado a remover las conciencias de quienes, desde posiciones de privilegio, creen que, en el país de las oportunidades, solo es pobre quien no lucha para dejar de serlo.

Con la que está cayendo en España, puede parecer superfluo –si no exótico- tratar de la explotación de una buena parte de la fuerza laboral en EE UU, pero hay ocasiones en las que un espejo ajeno exterior refleja la imagen propia. En ésta, además, queda al desnudo el papanatismo sobre el idealizado modelo llegado desde el imperio.

Ehrenreich, perteneciente a esa casta minoritaria de ingresos elevados y trabajo espiritualmente enriquecedor que puede pagarse caprichos, viajar al extranjero, habitar en una vivienda confortable, comer en buenos restaurantes, ahorrar para su jubilación y cuidar su físico en un gimnasio, se adentró en el tramo inferior de la escala laboral, el de los trabajadores no cualificados. Se encontró ahí abajo con salarios miserables de 6 o 7 dólares la hora (o de apenas 2,5 más propinas, en muchos restaurantes), condiciones de trabajo leoninas, jefes insensibles, precariedad, exigencias humillantes (como tests previos con preguntas sobre creencias y vida privada o análisis antidrogas) y falta de cobertura médica adecuada, de forma que caer enfermo o sufrir un accidente resulte económica y mentalmente inasumible. Fue un viaje a las cloacas del capitalismo en el país en que éste, más que una ideología, es una religión.

La repercusión de Por cuatro duros fue notable, aunque no tanta como para cambiar una situación vergonzosa que, desde entonces, no ha hecho sino deteriorarse. Constituyó un éxito instantáneo, un aldabonazo que llevó a su autora a dictar conferencias por todo el país, que recibió críticas muy favorables y la convirtió en blanco de acusaciones de ser una propagandista del comunismo llegadas de los sectores más derechistas y conservadores. El texto se convirtió incluso en lectura obligada en varias universidades, no sin campañas de protesta y boicoteos en alguna de ellas.

Ehrenreich no descubrió nada que no estuviese a la vista de todo aquel que se molestase en mirar en derredor. No era un fenómeno marginal, sino que afectaba a un sector significativo de la población. No se trataba de un método nuevo de reflejar la injusticia y la desigualdad, en el país en el que son marca de la casa. Nada que no se reflejase en la autobiografía de Woody Guthrie o en Las uvas de la ira, de Steinbeck.

Sin embargo, el paisaje  no era como en esos dos casos el de una gran depresión, sino el de “una época de prosperidad aparentemente ilimitada”. Porque la inmersión de Ehrenreich en ese submundo se produjo a finales del siglo XX, cuando se forjaban fortunas fabulosas sobre pompas de jabón especulativas, se rozaba el pleno empleo y eran los empresarios los que necesitaban con urgencia trabajadores. Y, sin embargo, precisamente allá donde rige la suprema ley de la oferta y la demanda, eso no se tradujo en una mejora sustancial de salarios y de condiciones laborales y sociales entre los trabajadores no cualificados.

Si hubiese que pensar en una época similar en España sería la de los años previos a la actual recesión, 2006 o 2007, cuando el desempleo era relativamente bajo (en torno al 8%), lo que facilitaba la acogida masiva de millones de inmigrantes que copaban el servicio doméstico y los trabajos más duros en la construcción. Aquí, alimentados por las mafias y la codicia empresarial, también germinaron los abusos y la explotación. Y lo peor estaba por llegar.

La principal conclusión de Por cuatro duros es que, en esas condiciones, la supervivencia digna era casi imposible. Simplemente, las cuentas no salían. Como camarera en Florida, limpiadora y cuidadora en una residencia para enfermos de Alzheimer en Maine, o empleada de Walmart en Minesota, Ehrenreich, cerca ya de los 60 años, empeñada para dar validez a su experimento en vivir de su trabajo y compartir las dificultades para sobrevivir de sus compañeros, estaba en estado permanente de angustia.

Ni siquiera un segundo trabajo a tiempo parcial le permitía algo parecido a una vida sin agobios, que fuera más allá de llegar a fin de mes con la lengua fuera. El alquiler solía ser superior al 50% de sus ingresos, y eso viviendo en moteles, apartamentos y caravanas malolientes, en lugares inhóspitos y apartados, en busca del alojamiento más barato posible, con la dificultad añadida de la ausencia de transporte público decente, lo que la obligaba a utilizar un automóvil y a asumir los gastos que eso conllevaba.

La precariedad, la pobreza, la frustración, las malas condiciones de trabajo, el pluriempleo y la alimentación inadecuada acababan pasando factura, anulando incluso la capacidad de rebelarse. En ocasiones, Ehrenreich intentaba hacer reaccionar a sus compañeros (mujeres en su mayoría), pero no podía ir demasiado lejos. Lo suyo era un experimento para escribir un libro, un paréntesis antes de volver a su vida confortable de antes, podía permitirse asumir riesgos impunemente, mientras que para ellos era la única vida que tenían, y aún temían que fuese a peor.

Estaban indefensos ante las empresas que, cargadas de hipocresía, fomentaban la insolidaridad, ya desde la fase de selección, con preguntas como ¿Delatarías a un compañero al que ves hacer algo inadecuado? Es decir: ¿Le denunciarías si pierde el tiempo charlando, come de lo que pilla en la cocina del restaurante o hurta unos calcetines? Y si la respuesta era no ya podían ir buscando empleo en otra parte.

La militancia en los sindicatos se desincentivaba de forma zafia. En la fase de entrenamiento y adoctrinamiento se explicaba a los nuevos trabajadores que los sindicatos ya no tenían nada que ofrecerles: “Walmart está en alza, los sindicatos en decadencia. Juzgad vosotros mismos (…) Pensad en lo que perderíais en un sindicato. En primer lugar, vuestro dinero, por las cuotas. En segundo, vuestra voz. Por último, salarios y beneficios, que estarían en juego en la mesa de negociación”.  Así que era mejor que se dejasen de líos, que disfrutasen de haber conseguido “un grandioso puesto de trabajo” en la mayor vendedora minorista del globo, y que practicasen del “patriotismo de empresa”, incluso con catárticos ¡vivas! al jefe. Eso sí, con un trabajo penoso, agotador, alienante, estresante y a 7 miserables dólares la hora. Un pasaporte hacia la pobreza y la marginación, en competencia con el trabajo casi esclavo en países del Tercer Mundo en los que se fabrica la mayor parte de las prendas que luego se venden a precios asequibles, pero regadas con mucho sudor y explotación.

“Las naciones civilizadas”, señala Ehrenreich, “compensan la falta de salarios justos proporcionando servicios públicos relativamente generosos como seguro de salud, guarderías gratuitas o subvencionadas, alojamientos subvencionados y transporte público eficiente. Pero Estados Unidos, con toda su riqueza, deja al ciudadanos a merced de sí mismo”, lo que en el caso de los trabajadores no cualificados significa, con frecuencia, arrojarlos a la pobreza y la marginación.

Ahora bien, si se asciende del 20% más bajo al 20% más alto, “se entra en un mundo mágico donde las necesidades están satisfechas y los problemas resueltos casi sin esfuerzo”. En esa franja se hallaban (y ahí siguen), dice la autora, abogados, ejecutivos, jueces, escritores, editores y, por supuesto, los políticos responsables de las decisiones que afectan a la vida de los más pobres –desde la cobertura sanitaria al salario mínimo-, quienes ni siquiera son capaces de ver las excrecencias incompatibles con el mito del american way of life.

Esos trabajadores pobres “son de hecho los grandes filántropos de la sociedad norteamericana. Descuidan a sus hijos para que los hijos de otros estén bien cuidados, viven en alojamientos por debajo de la habitabilidad para que otras casas estén relucientes y perfectas. Pasan privaciones para que la inflación se mantenga baja y el precio de las acciones alto (…) Ser miembro de la clase trabajadora pobre es ser un donante anónimo, un benefactor de nombre desconocido para todos los demás”.

La realidad que muestra Por cuatro duros es la de EE UU a finales del siglo XX. Allí no han mejorado las cosas desde entonces. Antes al contrario: el Estado ha abandonado cada vez más a los que menos tienen. Pero ahora, miren alrededor, a este otro lado del Atlántico. ¿Tan diferente es aquí el panorama? Con seis millones de parados, una profunda devaluación salarial y los contratos basura convertidos en norma, la precariedad que es antesala de la pobreza se extiende imparable. No solo entre los trabajadores no cualificados, sino incluso entre los que tienen un título universitario, porque eso ya no es garantía suficiente de que no se caerá al hoyo. Y mientras tanto, la desigualdad se dispara: un reciente informe de la OCDE señala que la brecha entre ricos y pobres se ha ampliado en España de forma espectacular por el impacto de la crisis: entre 2007 y 2010, los ingresos del 10% más rico disminuyeron en menos de un 1% anual, mientras que, entre el 10% más pobre, el descenso fue del 14% anual.

Toda esa vergüenza e injusticia está tan a la vista en este país que no es necesario que alguien como Ehrenreich se infiltre el reino del abuso, la explotación y la precariedad para descubrirnos el aspecto más siniestro de un capitalismo que actúa a cara descubierta.


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