El “gambas”

22 Jun 2011
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Me encontré de frente a Lalín, en la esquina entre Carrales y Prado, caminando pausado y mirándose en el escaparate del nuevo Wara. Se estaba colocando la visera, la que le compré en Cádiz, en la tienda de souvenirs de la marina. Se la compré porque un día, apoyado en la barra del Bar Manolo “gambas”, viendo un documental sobre el buque escuela Elcano comentó:  qué gorra más guapa, oyes..

Lalín, Ladislao Parejo Expósito, era  un fijo del Manolo desde que abrió en el año 1983. Aquel día de la apertura, Ladislao entró por primera vez y ya nunca se separó de su banquete ni de su unidad Mahou. Le llamaban Lalín porque en le barrio se le consideraba un borracho y se quedó con, “Ladislao borrachín, Lalín”. No alcanzaba más de uno sesenta, siempre llevaba una americana de espiga aconjuntada con una botas de cremallera que nunca se quitaba, hiciera el calor que hiciera. A veces se anudaba a la cintura una mariconera de Lirios.

Manolo, el gambas, le tenía aprecio. Cuando consideraba que le había puesto suficientes unidades no le servía una más. Eso sucedía, casi siempre, entorno a las ocho de la noche, hora en la que se recogía y marchaba para la casa de su hermana soltera,  donde vivía desde que le prejubilaron por enfermedad coronaria.

Casi siempre, sí, porque en aquel año ochenta y tres el Atlétic club de Bilbao ganó la liga tras décadas de sufrimiento y,  ambos dos más mi padre, se bebieron todo lo que sus cuerpos aguantaron. El día del entierro de papá se me acercó, me dio el pésame y cuando ya me quedé solo me recordaron él y Manolo, entre otras batallas, la del Atlétic…..

Era “el gambas” porque un día había discutido con una pareja que le pidió, como aperitivo del banquete de comunión de su hija, gambas al pil-pil. Éste les había avisado que él no hacía gambas así y que de pil-pil nada, que eran al ajillo.  El padre de la criatura dijo que era cocinero y que, de toda la vida, se habían llamado de esa manera, a lo que Manolo, aquel abril de comuniones, le aconsejó: “mire usted. Yo no se las voy a hacer porque no me da la gana, así que, si quieren, les recomiendo un par de bares que sí se las harán…” Cuando al hostelero bilbaíno se le veían los dientes por debajo del bigote, malo, y aquel día el padre cocinero se la jugó.

Todo el mundo sabía que las gambas que se servían allí eran las mejores de la ciudad. Se las traían tres días por semana, ora de Denia, ora de Huelva, las menos de Palamós. Calentaba la plancha, poco a poco, desde las doce del mediodía. A esa hora comenzaba a servirlas por piezas, hechas con poco aceite y poca sal, tostadas hasta que “ el cuerno de la cabeza naranjee“,me apuntó en una ocasión. Manolo tenía hasta un método para comerlas:

Lo primero arrancas la cabeza y, antes de chuparla, la agarras de  las patas y sorbes del caparazón mirando para arriba, para que no escurra ni una gota. Cuidado con el cuerno al meterla en la boca. Cuando ya haya salido el coral, arranca las patas y mastica, si está bien hecha y no eres un melindroso te lo tragas. La cola para el crío“…

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“Cómo vas, Lalín”

“Ahí vamos majo”

-“Vaya cómo está esto, ¿no? ¡Parece que lo regalan!

-“Nos van a dejar sin bares, majo. Todo son tiendas de trapos. ¿Has visto qué local han sacado de donde Manolo? ¡Qué iba a hacer!. El hijo no quería seguir y estos de Wara le dieron buena pasta y se las piró a Lasarte, donde la suegra, donde “el enemigo”, ¿te acuerdas? Ja ja . El último día que me llamó el gambas me dijo que el chico había montado un chiringuito en la costa, de copas.

-“Lo que no le gustaba era la cocina, Ladislao”

-“Ese chico siempre fue un churuflautas de esos”

-“Perroflauta, Lalín, perroflauta”

 

Letrasjuntas nº4


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