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Somos el 99%: Occupy y el 15-M

12 ene 2012
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En Una Línea sobre el Mar, el programa de radio donde participo, viajamos a EEUU para acercarnos al movimiento Occupy, los indignados americanos. Y lo hicimos de la mano de nuestro amigo Ángel Luis Lara, que vive en “el monstruo” Nueva York desde hace cinco años. Le planteamos a Ángel un juego de las siete diferencias entre el 15-M y Occupy. Y las viñetas que le mostramos son nueve frases y lemas asociados de alguna manera al 15-M:

“toma la plaza”,

“ni izquierdas ni derechas, somos puro sentido común”,

“somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”,

“somos todos”,

“vamos despacio porque vamos lejos”,

“te queremos, únete”,

“no saben lo que quieren pero lo están consiguiendo”,

“si viene la policía sacad las uvas y disimulad”

y “somos un movimiento de amor”.

Puedes escuchar el programa aquí

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Algunos fragmentos de “Occupy Wall Street o la bendita metamorfosis”: 

“Ese es el milagroso efecto del 15M y de los movimientos en el Mediterráneo: nos hemos imbuido de una extraña y maravillosa energía, una especie de determinación colectiva que no nos abandona. Estamos aprendiendo que, a diferencia de los partidos o las instituciones, los movimientos no tienen miedo a las transformaciones, a los cambios o a los gerundios. Ser movimiento es estar en movimiento. Sabíamos que se trataba de romper la burbuja inicial, de cambiar”

“El contraste entre la violencia policial y el carácter decididamente pacífico de #OccupyWallStreet ha funcionado como un campo magnético que ha atrapado no sólo la atención sobre el movimiento, sino también los afectos. Ni uno solo de los responsables del desastre económico desatado desde Wall Street ha sido detenido y procesado. Casi novecientas personas han sido arrestadas desde que el movimiento ocupara Liberty Plaza el pasado diecisiete de septiembre. El contraste se ha hecho sencillamente insoportable para mucha gente”

“La hegemonía de la frase “We are the 99%” en el conjunto de los eslóganes del movimiento ha modificado la suerte de éste por lo menos en dos direcciones: por un lado, ha funcionado como un enunciado evidentemente incluyente que ha hecho que la gente común se sienta interpelada y se acerque al movimiento; por otro lado, nos ha obligado necesariamente a abrirnos y a devenir ese 99% que declaramos ser. Se trata de una frase reversible: We are the 99% ha conectado hacia afuera y ha modificado hacia adentro. Ahora, cuando alguien exhibe un comportamiento sectario, reproduce un lenguaje ideológico o hace una propuesta excluyente, basta con decirle “no, es que somos el 99% de la gente”. Es muy probable que sigamos sin convencerle, mucho menos que consigamos que deponga su actitud, pero lo que sí es incuestionable es que ahora está en fuera de juego”

“Nada de lo que allí sucede (en Liberty Plaza) implica la necesidad de un atrevimiento desmedido e impracticable. Conversaciones, bailes, asambleas, juegos para niños, picnics improvisados sobre la acera, talleres y reuniones constituyen actividades participables por el común de los mortales. Como decía un amigo hace unos días a voz en grito y subido a una de las jardineras de la plaza: “no tenemos que convencer a la gente, nosotros somos la gente”. “El 99%”, le contestó un señor mayor que aplaudía sus palabras”

“Ahora el movimiento es de las personas. Más de los gerundios que de los adjetivos. Su máximo logro es el hecho mismo de su existencia: Liberty Plaza representa la reconquista de la sociabilidad, la posibilidad de poner en común, el bloqueo de la soledad. Por eso lo primero que uno percibe al entrar en la plaza es una suerte de alegría contagiosa, una emoción difícil de explicar. Algunos neoyorquinos han comenzado a llamarlo “el milagro de estar juntos”. Eso ya no es la indignación, es mucho más. Eso ya es otra cosa

 

Banda sonora de Occupy Wall Street escogida por Ángel para el programa:

 

#OccupyWallStreet o la bendita metamorfosis

08 oct 2011
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Tras el diecisiete de septiembre, Ángel Luis Lara proponía un relato parcial de los inicios del movimiento #OccupyWallStreet y de la problemática disonancia observada entre lo esperado y lo realmente acontencido aquel día en Nueva York. Lo que sigue son nuevas notas de viaje que tal vez ayuden a trazar mapas actuales del movimiento y de sus mutaciones, entre límites probables y potencias posibles. Entre la decidida obstinación de la vieja política y la bendita metamorfosis hacia una revolución de personas.

Texto: Ángel Luis Lara

“Venimos para quedarnos”. El mensaje es exhibido por una simpática señora de unos setenta años. No es una joven e irrendenta activista. Es, simplemente, una señora de setenta años. La acampada del movimiento #OccupyWallStreet en el corazón del distrito financiero neoyorquino supera las tres semanas de existencia y ya no es la misma. Desde que arrancara el pasado diecisiete de septiembre se ha transformado. En sentido inverso a lo que le sucediera al Gregorio Samsa de Kafka, la metamorfosis se ha producido desde el ser extraño a la persona común. Como si las lluvias torrenciales caídas en Nueva York la semana pasada hubieran ayudado a enjuagar la inercia inicial hacia lo identitario, el lastre de lo ideológico, la supremacía de los significantes y la lógica activista tout court. #OccupyWallStreet ya no es el mismo movimiento. Sin embargo, su existencia se debe en gran medida a la decidida obstinación de los apenas doscientos activistas que han mantenido el campamento contra viento y marea desde su inicio. La metamorfosis de #OccupyWallStreet posee una naturaleza eminentemente incluyente: todos y todas formamos parte de ella. También la mayoría de los que compartimos pesimismo en las calles del distrito financiero de Nueva York ante el evidente fracaso inicial de la convocatoria el pasado diecisiete de septiembre: lejos de irnos a casa y de abandonar el barco, cada uno y cada una ha aportado su granito de arena como ha sabido, como ha podido y como ha aprendido durante estas semanas. Ese es el milagroso efecto del 15M y de los movimientos en el Mediterráneo: nos hemos imbuido de una extraña y maravillosa energía, una especie de determinación colectiva que no nos abandona. Estamos aprendiendo que, a diferencia de los partidos o las instituciones, los movimientos no tienen miedo a las transformaciones, a los cambios o a los gerundios. Ser movimiento es estar en movimiento. Sabíamos que se trataba de romper la burbuja inicial, de cambiar. Parece que, poco a poco, entre todos y todas lo vamos consiguiendo: hace unos días decenas de miles de personas tomaron el sur de Manhattan al grito de #OccupyWallStreet!. El pasado mes de julio el colectivo de cultural jammers Adbusters lanzaba la convocatoria y vaticinaba que veintemil personas tomarían Wall Street. Nos equivocamos estrepitosamente aquellos que subestimamos sus previsiones. Adbusters tenía razón, a pesar de Adbusters. No ha sido en la fecha prevista, pero ha ocurrido tres semanas después.

Tras el diecisiete de septiembre proponíamos un relato parcial de los inicios del movimiento y de la problemática disonancia observada entre lo esperado y lo realmente acontencido aquel día en Nueva York. Lo que sigue son nuevas notas de viaje. Tal vez ayuden a trazar mapas actuales del movimiento y de sus mutaciones. Entre límites probables y potencias posibles. Entre decidida obstinación y bendita metamorfosis.

Movimiento y efecto mariposa

Es cierto que uno no cambia si no está dispuesto a cambiar. Ocurre a veces, sin embargo, que elementos fortuitos y azarosos modifican hasta tal punto la coyuntura que habitamos que no nos queda más remedio que cambiar. Si además hablamos de un proceso abierto e indeterminado, como es el caso del movimiento #OccupyWallStreet, el dibujo necesariamente caótico que va trazando con su devenir subraya la relevancia de lo azaroso. Ese es el principio que orienta el denominado efecto mariposa: “dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema caótico, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en formas completamente diferentes” (Wikipedia). Mientras los partidos y las instituciones se llevan mal con el azar, los movimientos sociales lo convocan constantemente. En este sentido, #OccupyWalStreet ha vivido una especie de efecto mariposa. La aparición de un input externo ha producido una importante variación que ha modificado su suerte: al igual que sucediera en Madrid y Barcelona con el movimiento 15M, la policía se ha aliado involuntariamente con #OccupyWallStreet y le ha dado vida de manera determinante. Las imágenes de los centenares de arrestos indiscriminados e injustificados, así como la dureza y la violencia exhibida por las fuerzas policiales en su relación con el movimiento, se han replicado masivamente en Internet y en medios de comunicación, afectando a los sectores más progresistas de la sociedad estadounidense y generando la aparición de un reseñable campo de empatía. El contraste entre la violencia policial y el carácter decididamente pacífico de #OccupyWallStreet ha funcionado como un campo magnético que ha atrapado no sólo la atención sobre el movimiento, sino también los afectos. Ni uno solo de los responsables del desastre económico desatado desde Wall Street ha sido detenido y procesado. Casi novecientas personas han sido arrestadas desde que el movimiento ocupara Liberty Plaza el pasado diecisiete de septiembre. El contraste se ha hecho sencillamente insoportable para mucha gente.

En realidad, ese contraste ha desembocado en una cadena sucesiva de inputs que están en la base del crecimiento y de la positiva evolución del movimiento. La secuencia es sencilla: la violencia policial injustificada atrae a los media, que atraen a algunos personajes públicos con influencia en importantes sectores de la opinión pública local y mundial (Michael Moore, Susan Sarandon, Tim Robins), lo que intensifica el interés de los media, lo que desemboca en que, finalmente, la izquierda le conceda importancia al movimiento y quiera asociarse a él. Bingo. Ya no estamos solos. No sólo todo el mundo nos está mirando, sino que muchos no se conforman con mirar y quieren participar activamente: error en el código fuente del activismo tout court y del nos-otros que hasta ahora había definido y conformado el movimiento. El proceso reclama la abolición de la diferencia entre el nos y el otros. No hay un adentro y un afuera. Somos el 99%. Todos cabemos en #OccupyWallStreet. No se trata de una sentencia definitoria, sino de una posibilidad real. Ese es ahora el gran reto.

Argonautas en Liberty Plaza: ¿una vez en el Kula, siempre en el Kula?

Mientras el movimiento era solamente cosa de activistas la ocupación de Liberty Plaza estaba poblada fundamentalmente por Argonautas: Nueva York no está en el Pacífico Sur, pero #OccupyWallStreet descansaba en una lógica muy parecida a la que Bronislaw Malinowski describiera en 1922 en su clásico Los Argonautas del Pacífico Sur, en el que daba cuenta de las formas de intercambio entre los pobladores de la provincia neoguineana de Milne Bay. Según el célebre antropólogo polaco, la institución fundamental de ese intercambio era el Kula, una práctica de interacción social que descansaba en el trueque de objetos sin valor de uso alguno. Esa carencia de utilidad como base de las interacciones parecía haberse transportado por arte de magia hasta Liberty Plaza. Era algo que llamaba poderosamente la atención en los primeros días de acampada. Más allá de las actividades concretas de logística, proliferaban prácticas y lenguajes que, en realidad, nadie estaba muy seguro de que sirvieran realmente para algo. Como en el Kula, lo que los activistas poníamos en juego era una suerte de ritual que, lejos de disolvernos, acentuaba nuestros lenguajes, nuestras estéticas y nuestro sentido particular. Afortunadamente, esa lógica se ha visto limitada por la llegada masiva de personas y de diferencias, lo que parece estar contribuyendo decisivamente al debilitamiento del ritual activista, orientando necesariamente el movimiento hacia la producción de espacios operativos y de herramientas útiles para la participación activa de todos y todas. Es un proceso lento, plagado de problemas y de tensiones, pero ya se han dado los primeros pasos. Han aparecido mesas de información, foros públicos, pequeñas asambleas, tablones de anuncios. Valores de uso concretos. Herramientas. Bye bye Kula, hello people.

Quizá lo más interesante del proceso es que ha sido simplemente una frase la que se ha constituido en el elemento más decisivo de la derrota del orden Kula: “We are the 99%”. Jesús Ibáñez mantenía que el orden social es siempre del orden del decir. La hegemonía de la frase “We are the 99%” en el conjunto de los eslóganes del movimiento ha modificado la suerte de éste por lo menos en dos direcciones: por un lado, ha funcionado como un enunciado evidentemente incluyente que ha hecho que la gente común se sienta interpelada y se acerque al movimiento; por otro lado, nos ha obligado necesariamente a abrirnos y a devenir ese 99% que declaramos ser. Se trata de una frase reversible: We are the 99% ha conectado hacia afuera y ha modificado hacia adentro. Ahora, cuando alguien exhibe un comportamiento sectario, reproduce un lenguaje ideológico o hace una propuesta excluyente, basta con decirle “no, es que somos el 99% de la gente”. Es muy probable que sigamos sin convencerle, mucho menos que consigamos que deponga su actitud, pero lo que sí es incuestionable es que ahora está en fuera de juego. La semántica determinando la materialidad de las prácticas. ¿El mundo al revés? No, puro sentido común. Puro sentido hacia lo común.

El nieto de César Vallejo en Wall Street

No obstante, el fin de la supremacía del orden Kula y de las lógicas con escaso valor de uso no ha arrastrado consigo el cierto desorden que a ratos emerge en Liberty Plaza, dificultando notablemente los procesos incluyentes y de participación en el movimiento. Hay una anécdota que ilustra esta decisiva dificultad por encima de otras. Una de las noches que nos dieron las tantas entre la charla, la lluvia torrencial y la conspiración, o sea, el respirar juntos, unos pocos acabamos entre cervezas en el O’Hara’s, un pub cercano en el que uno tiene siempre la sensación de haber entrado en el set de rodaje de The Wire y que en cualquier momento se va a topar con el bueno de McNulty y el ínclito Moreland ahogando en alcohol sus miserias y sus frustraciones. Allí, sentado en la barra y borracho como una cuba, encontramos a un chico muy joven, solo y desolado, a todas luces parte de los heróicos y pasados por agua acampados en Liberty Plaza. Al preguntarle inquietos por su estado de ánimo y lo evidente de su soledad, el joven nos contó que se había sumado al movimiento porque quería ser poeta. Tras leer en Internet que en el campamento de #OccupyWallStreet existía una asamblea de poetas, lo que es efectivamente cierto, no lo había dudado ni un instante y había cogido su saco de dormir y sus poemas y se había instalado en Liberty Plaza desafiando a las autoridades, a las lluvias ingentes de esos días y a los fríos nocturnos. Después de que evocáramos inevitablemente al gran Vallejo (“Wall Street madrugada de jueves un otoño con aguacero”), el chico continuó su amargado relato: llevaba cinco días con sus cinco noches recorriendo la plaza como alma en pena preguntando sin cesar por la famosa asamblea de poetas, sin haber podido encontrar interlocución alguna capaz de orientarle sobre la dichosa asamblea. Quedamos desolados. Si el movimiento no estaba siendo capaz de ayudar a un joven en su deseo de ser poeta, algo estábamos haciendo rematada y dramáticamente mal.

Ese tipo de desorganización, quizá difícil de evitar en una experiencia de ocupación de un espacio público tan precaria como la del campamento de Liberty Plaza, puede estar dificultando relativamente la integración de la gente en la dinámica del movimiento. Parte del problema seguramente tenga una naturaleza cultural: entre los amigos y las amigas españolas que estamos viviendo juntos #OccupyWallStreet no deja de llamarnos la atención la dificultad que encuentran los estadounidenses para hacer sociedad, para componer en común. Es una sensación muy parecida a la que genera la serie Treme: todos los personajes son sujetos de una suerte de insubordinación molecular y cotidiana, pero al final siempre acaban solos y sin poder afrontar sus problemas en colectivo. Es, muy probablemente, una violenta consecuencia antropológica de la desestructuración social originada por décadas de extremo neoliberalismo, ligada estrechamente a la profunda atomización que caracteriza la vida social en Estados Unidos. Desde este prisma, resulta evidente por qué entre muchos de los participantes en #OccupyWallStreet se observa una tendencia a concebir el sentido de la experiencia en Liberty Plaza como un acto de resistencia: seguramente pueden imaginar fácilmente la posibilidad de defender una plaza tomada, pero quizá tengan dificultades para concebir la creación de un mundo dentro de ella, no digamos la idea de que la plaza se pueda disolver para empapar toda la ciudad. Desde este punto de vista, no es de extrañar que el movimiento se defina explicitamente en su página web como un movimiento de resistencia (“Occupy Wall Street is leaderless resistance movement (…) The resistance continues at Liberty Square”). Houston, tenemos un problema.

Izquierda y opinión pública

A veces, cuando uno escucha a alguno de los activistas que pernoctan en la plaza o conversa con alguno de los jóvenes que componen el comité de cocina o el media center, no puede evitar tener la sensación de estar frente a uno de los personajes de Muchachada Nui: el mítico Cabeza de viejo, cuerpo de joven. Una aparente y relativa predisposición hacia la repetición de lo existente relacionada seguramente con dos de las diferencias sustanciales entre #OccupyWallStreet y el 15M.

La primera de esas diferencias es que mientras que el movimiento en España demuestra unos niveles reseñables de desconfianza y de rechazo hacia lo instituido, el movimiento en Nueva York reconoce la alianza con las instituciones de la izquierda como una clave sustancial de su estrategia. Es cierto que la situación en España y el contexto estadounidense tienen poco en común en este sentido, pero no es menos cierto que en una coyuntura local tan dura como la actual, hecha de Tea Party y de extrema apatía generalizada, el hecho de que #OccupyWallStreet esté consiguiendo movilizar el disenso y obligando a la izquierda a recomponerse, es ya en sí mismo una conquista de un mérito incuestionable.

La segunda de las diferencias entre #OccupyWallStreet y la fenomenología asociada al 15M viene determinada por el contraste entre un movimiento que hace del anonimato su herramienta más potente y otro que convierte la presencia de personajes públicos en una de sus bazas más significativas. Mientras que en la Puerta del Sol de Madrid ni se reclamaba ni se veía necesaria la presencia de personajes famosos, no se puede entender el impulso que ha tomado #OccupyWallStreet sin la presencia de personalidades como Michael Moore, Susan Sarandon, Tim Robins o Naomi Klein. En el fondo, y a pesar del “We are the 99%”, lo que subyace es una cierta incapacidad por parte del movimiento para desactivar la categoría de opinión pública a la hora de pensar a la gente. La centralidad de los personajes famosos como representaciones del movimiento no sólo podría ser susceptible de colocar a la gente en el papel de público, sino que seguramente puede resultar problemático a la hora de desaprender definitivamente la supuesta existencia de un adentro y de un afuera de Liberty Plaza. Si no somos capaces de desprendernos por completo de esa dicotomía, por mucha simpatía que seamos capaces de generar, corremos el riesgo de concebir a las personas como espectadores. Hace unos días un amigo me decía: “nos hemos ganado a la gente”. Yo me acordé de Fernando Gaviria, un ex-guerrillero brasileño que en uno de sus libros cuenta una anecdota muy interesante: en medio de un viaje clandestino a Río de Janeiro, un taxista le reconoció y le dijo: “yo sé quién es usted y le admiro mucho. Ustedes son como los astronautas, hacen cosas que todos sabemos que hay que hacer, pero que ninguno nos atrevemos a hacer”. Gaviria entendió inmediatamente que si la gente los veía como astronautas, ya habían perdido. Seguidamente abandonó la guerrilla.

De lo conquistado

Sin embargo, y pese a que los viajes al espacio puedan constituir un peligro posible para el movimiento neoyorquino, afortunadamente todavía no hemos visto ningún astronauta en Liberty Plaza. Nada de lo que allí sucede implica la necesidad de un atrevimiento desmedido e impracticable. Conversaciones, bailes, asambleas, juegos para niños, picnics improvisados sobre la acera, talleres y reuniones constituyen actividades participables por el común de los mortales. Como decía un amigo hace unos días a voz en grito y subido a una de las jardineras de la plaza: “no tenemos que convencer a la gente, nosotros somos la gente”. “El 99%”, le contestó un señor mayor que aplaudía sus palabras.

Pese al cúmulo de límites con los que seguramente contamos, #OccupyWallStreet ya no es el mismo movimiento que arrancó durante el verano. Mucho menos aquella cita paseada por unos pocos cientos de activistas el pasado diecisiete de septiembre. Ahora el movimiento es de las personas. Más de los gerundios que de los adjetivos. Su máximo logro es el hecho mismo de su existencia: Liberty Plaza representa la reconquista de la sociabilidad, la posibilidad de poner en común, el bloqueo de la soledad. Por eso lo primero que uno percibe al entrar en la plaza es una suerte de alegría contagiosa, una emoción difícil de explicar. Algunos neoyorquinos han comenzado a llamarlo “el milagro de estar juntos”. Eso ya no es la indignación, es mucho más. Eso ya es otra cosa.

#OccupyWallStreet o el intento exagerado de asalto a la Gomorra financiera

23 sep 2011
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Un texto crítico de Ángel Luis Lara sobre la jornada de ocupación de Wall Street el pasado día 17. Sirve entre otras cosas para darle más valor aún a la brecha que ha abierto el 15-M con respecto a los tics y las lógicas de la vieja política. Pero se trata de una brecha frágil y en absoluto irreversible que hay que cuidar y actualizar una y otra vez si queremos mantener vivo el 15-M como espacio de esperanza.

 

Texto: Ángel Luis Lara

El 17 de septiembre queremos ver 20.000 personas inundando el sur de Manhattan, montando tiendas de campaña, instalando cocinas, levantando pacíficas barricadas y ocupando Wall Street”. De esta guisa el colectivo canadiense de jammers culturales Adbusters lanzaba el pasado mes de julio un llamamiento a ocupar el polo simbólico fundamental del (des)orden capitalista. Ni más ni menos. Un mensaje que atravesó las redes sociales rápidamente y que se replicó por el hiperespacio a la velocidad de la indignación y del radical deseo de cambio que prolifera por el planeta. Desde entonces, dos órdenes desiguales han ido vertebrando el flujo de comunicación y de emociones en torno al desafío: por un lado, Internet; por otro lado, el aterrizaje de la convocatoria en la ciudad de Nueva York con la configuración de una Asamblea General encargada de la logística de la movilización y la materialidad tangible de la misma. Ambos órdenes han convivido en paralelo desde realidades a años luz la una de la otra. Mientras el hiperespacio ha sido un amplificador interminable de la propuesta, con un impacto reseñable en las redes sociales más importantes y con una numerosa población flotante de internautas siguiendo su estela, el desarrollo de la Asamblea General ha generado una influencia verdaderamente escasa en la gran manzana. Si el reseñable movimiento en Internet ha construido un notable impacto virtual y ha tejido puentes con el 15M y los movimientos de cambio en el Mediterráneo, el aterrizaje material de la iniciativa en la ciudad de Nueva York se ha movido en lógicas y parámetros ciertamente alejados de las rupturas y de los elementos de innovación política que dichos movimientos han puesto sobre la mesa del siglo en curso.

El pasado sábado por fin fue 17 de septiembre. A lo largo del día, cerca de dos mil personas participaron del intento de ocupación de Wall Street y doscientas de ellas acamparon en el corazón del epicentro financiero del mundo.  Con ellas parece que también han acampado los límites de la forma de la convocatoria y de su aterrizaje material en la gran manzana. Tanto cuantitativa como cualitativamente el balance de la jornada parece no responder al revuelo generado en Internet y a las expectativas que la convocatoria había despertado en medio mundo. Lo que sigue son algunas reflexiones y trazos de relato en torno a la experiencia, absolutamente parciales e incompletos, pero quizá útiles para comprender la suerte de la convocatoria y la evidente disimetría entre lo imaginado, lo esperado y lo ocurrido.

The Old Blade Runner

La convocatoria de Adbusters dio lugar a la celebración de un acto público en el corazón del distrito financiero neoyorquino el pasado 2 de agosto. Allí convergieron dos mundos y dos tiempos históricos. Por un lado, grupos tradicionales de izquierda, con una elevada media de edad, portadores de un nivel reseñable de desfase propositivo y de un léxico ciertamente antediluviano (proletarios-de-todos-los-países-uníos-!). Por otro lado, un grupo plural de gentes convocados por la acumulada solvencia creativa de Adbusters, al mismo tiempo que profundamente afectados por los multitudinarios movimientos democráticos desatados en el Mediterráneo, de la plaza de Tahrir de El Cairo a la Puerta del Sol de Madrid. Entre los dos mundos y los dos tiempos, unas escasas doscientas personas.

Desde lo cuantitativo, el primer capítulo de la convocatoria de Adbusters no parecía traducirse en una potencia capaz de afrontar el tamaño del desafío propuesto por el colectivo canadiense. Desde lo cualitativo, los significantes más marcianos y los delirios más disparatados tampoco auguraban nada bueno. Ante paisaje tan desolador hubo quien huyó sin dejar rastro, como algunos activistas de la guerrilla de los Yes Men, seguramente los más sensatos. Otros, sin embargo, permanecimos allí sujetos a una extraña inercia, tal vez explicable a partir del potente universo empático que la ola de revueltas mediterráneas ha inseminado en el presente. En medio del distrito financiero neoyorquino, entre la mirada curiosa de los turistas y la mofa abierta de los agentes de policía que custodiaban tamaña reunión de aparentes lunáticos, iniciamos una asamblea ante la disolución irremediable y progresiva del mundo del pleistoceno. Apenas cien personas y nada nuevo bajo el cielo. Un grupo cuya composición no difería notablemente de los perfiles encontrados en el viaje de Seattle a Génova en una vida anterior: estudiantes, activistas, profesores de universidad y maestros de escuela, hackers, skaters, videocreadores, trabajadores de oficina, homeless, antropólogos irredentos (incluido el afamado y díscolo David Graeber), bloggers, jammers, investigadores y becarios, músicos, guionistas de la Writers Guild of América y un simpático veterano de la guerra del Vietnam. En fin, quizá un cúmulo de capacidades y de destrezas susceptible de devenir sinergia capaz de dinamizar el proceso organizativo y comunicativo hasta la pretendida ocupación de Wall Street un mes y medio más tarde. También un océano de incertidumbre, de límites, de ambivalencia. Todo y nada, pero un todo quizá posible. Fundamentalmente, por el viento que la convocatoria comenzaba a levantar en Internet. También por la constante obsesión por la transparencia y por el devenir democrático del proceso que dejaban ver muchas de las intervenciones en la improvisada asamblea callejera. Definitivamente, por la determinación, implícita en gestos y discursos, de practicar una ruptura con las maneras tradicionales de la política y con el orden instituido, a izquierda y a derecha. Esa fue mi impresión entonces, animado por el espacio inaugurado por esa reunión, dotado de un carácter liso y ampliamente participable, imbuido de la determinación y el deseo contagioso de sus habitantes.

Sin embargo, esa tarde de agosto, sentado en el suelo del distrito financiero de Nueva York y rodeado de una representación disparatada de la fauna y flora del cognitariado de la gran manzana, recordé una sencuencia de Blade Runner en la que Batty le dice a Deckar: “Te necesito, tío. Necesito al viejo blade runner, necesito tu magia”. El problema era que si había algo que intuía no íbamos a necesitar en el viaje que recién comenzaba eran los replicantes. Tampoco los policías, aunque esos seguro iban a estar y no dependían de nosotros. Entonces, ni pensar en ellos. Mejor concentrarnos en los replicantes.

De lo liso a lo estriado

El aparente espacio liso abierto en las calles del distrito financiero el 2 de agosto, apelando abiertamente a la pluralidad y a las diferencias, pronto se fue estriando en su aterrizaje y en su continuidad organizativa, fundamentalmente porque el perfil activista enseguida fue adquiriendo centralidad y protagonismo entre la población de las asambleas. Ya se sabe que al activista le ocurre igual que a la ciencia sedentaria, que sólo es capaz de moverse en un campo de iteración o de recursión infinita de un esquema adquirido. El activista tout court, como el científico sedentario que tan bien describiera Jesús Ibáñez, se muestra generalmente incapaz de escapar a la reproducción de su archivo de lo ya inventado: en su relación con los procesos y los espacios sociales suele mostrarse como un verdadero replicante. A partir de esa premisa, muy pronto las asambleas se convirtieron, entre otras cosas, en espacios de agregación y de choque entre activistas. Un ecosistema propicio para la proliferación y la reproducción de los tics, las lógicas, las discusiones y los discursos propios del activismo más recalcitrante.

A ello seguramente contribuyeron decisiva y activamente los propios Adbusters y la iconografía con la que vistieron su llamamiento a ocupar Wall Street: la imagen central de la convocatoria mostraba una bailarina haciendo equilibrios sobre el Charging Bull, el enorme toro de bronce que preside el distrito financiero neoyorquino. Hasta ahí todo bien. El problema era que detrás de la inocente danzarina se veía una columna de activistas enmascarados cubiertos por una nube de gas lacrimógeno, en una clásica postal que recreaba los imaginarios tradicionales del enfrentamiento con la policía y del activismo más desatado. La cita de Raimundo Viejo que acompañaba el texto de la convocatoria probablemente tampoco ayudaba:  “El movimiento antiglobalización fue el primer paso en el camino”, imponiéndole un origen y generándole unilateralmente una memoria a la iniciativa. De igual manera, el hecho de que el encabezamiento de los mensajes de los Adbusters circunscribiera declaradamente el campo de sus receptores, dirigiendo su llamamiento única y explícitamente a los “rebeldes, radicales y soñadores utópicos”, tampoco resultaba de ayuda. Por no hablar de la foto de un joven encapuchado subido a una marquesina con la que ilustraron uno de los mensajes de su masiva newsletter, insistiendo en un universo inconográfico y simbólico restringido y excluyente. Pura iteración, puros replicantes. Glups. El viejo Batty was back.

Tanto es así que, pese a la constante referencia al 15M madrileño y al deseo declarado de explorar la novedad, elementos que se explicitaban en no pocas intervenciones en las asambleas, el proceso material de organización en torno a la idea de ocupar Wall Street pronto se estrió en exceso, hasta devenir un espacio atrapado en gestos y discusiones que subrayaban su compromiso con lo ya vivido, en detrimento de un interés por los relevantes elementos de innovación creativa y de nueva política que el movimiento 15M ha puesto sobre la mesa. Ese compromiso con lo conocido del activismo clásico tout court se expresa sintéticamente en dos coordenadas que quizá resulten útiles para construir la imagen de la distancia entre lo activado hasta ahora en Nueva York y las lógicas más potentes que emanan de los mil y un relatos de lo experimentado durante los primeros pasos del movimiento en España.

La primera de esas coordenadas es una obsesión enfermiza por la identidad: las preguntas que orientaban y conducían de manera latente los primeras discusiones en las asambleas en Nueva York eran fundamentalmente qué somos y quiénes somos. De manera recurrente, esos interrogantes connotaban y orientaban los debates, en una tensión en la que algunos activistas apelaban constantemente a la necesidad de que el espacio conversacional y organizativo abierto en torno al proyecto de ocupar Wall Street se definiera (“¡¿Somos o no somos anticapitalistas?!”). Si uno tuviera que colocar esta coordenada en un mapa, seguro sería en el epicentro de las antípodas del 15M, un movimiento que ha inaugurado la posibilidad de una práctica política multitudinaria eminentemente post-identitaria, una especie de no ser en común que, lejos de uniformar y reducir las diferencias, convoca a las singularidades en cuanto tales y permite arrancar el ser de las garras de los significantes y las representaciones, hasta el punto de hacer del anonimato su clave de sentido más importante.

La segunda coordenada de la distancia entre lo activado hasta ahora en Nueva York y la racionalidad emanada del 15M se deriva de la primera. Cuando la creación de un espacio está condicionada por una pretensión constante a su delimitación, ese espacio se acaba definiendo inevitablemente a partir de la configuración de sus márgenes y de sus fronteras: nosotros y lo que está afuera o, en el argot del activismo clásico, el grotesco nosotros y la gente normal (“the regular people” o “the people out there”, tan escuchado en algunas intervenciones). Esa geografía de la composición y de la acción colectivas, anclada en el binomio adentro-afuera, vuelve a colocar a Nueva York en las antípodas de la Puerta del Sol: es posible que el 15M sólo resulte verdaderamente aprehensible desde la potencia incluyente que ha determinado su capacidad, a veces intermitente, para componer un nos-otros tan masivo y tan complejo que el único significante que se ha encontrado para nombrarlo es un estado de ánimo, común e ilimitado, en el que cada cual puede colocar y compartir sus razones particulares: indignados. Incluso durante el repliegue a la izquierda y a las trincheras de lo trillado por parte de las reducidas huestes estivales del movimiento 15M durante la faraónica visita de Benedicto XVI a Madrid, surgió una iniciativa de encuentro y reconocimiento mutuo con los peregrinos católicos que visitaban la ciudad: el hashtag #JMJ15M abrió en Twitter una conversación muy participada y dio lugar a una asamblea común en una plaza.

Las reseñadas coordenadas en el mapa de Nueva York no sólo explican la distancia que separa a la gran manzana de Madrid, sino que sirven para subrayar la potencia y la importancia de la racionalidad y de la lógica que muchas de las prácticas del 15M han puesto sobre la mesa de la política y de la sociedad. Al mismo tiempo, ambas coordenadas explican seguramente parte del escaso eco que la convocatoria para ocupar Wall Street ha encontrado entre los neoyorquinos, así como que muchos de los que nos sumamos a sus asambleas iniciales fuéramos perdiendo fuelle y presencia con el paso de las semanas.

Límites antropológicos: entre culturas, disposiciones psicológicas y estados de ánimo made in USA

Desde el comienzo de mi vivencia del proceso abierto en torno a la idea de ocupar Wall Street y dar el pistoletazo de salida a una esfera de acción política en la onda del 15M y de los movimientos en el Mediterráneo, ha habido dos elementos que me han llamado la atención sobremanera. El primero ha sido la notable presencia de españoles habitantes de la gran manzana en las asambleas, algunos instalados en la escucha y otros empeñados activamente en contribuir con toda la modestia del mundo a la apertura del proceso a parámetros no identitarios ni trillados, lamentablemente, con una escasa suerte en su propósito. El segundo elemento que me ha llamado la atención ha sido la existencia de un campo magnético permanente, del tipo de la cúpula que impedía la fuga de Logan en la película de Michael Anderson, que condicionaba las conversaciones y los modos de estar en las asambleas: un estado mental colectivo ciertamente inquietante que en numerosas ocasiones se movía entre el miedo y la paranoia. Desde el clásico rechazo del activista tout court a ser filmado y fotografiado, aunque esté participando de una reunión absolutamente pública en una concurrida plaza céntrica de Manhattan y formando parte de una corriente general de acción colectiva que prima la proliferación y la circulación de imágenes de sí a través de Internet, a la policía como vector perenne de sentido en el tejido de estrategias y planes en la actitud de algunos de los participantes en las asambleas (¡En esa plaza no, que los cerdos nos pueden rodear y detener a todos! o ¡Cuidado con lo que decimos porque seguro que estamos infiltrados por la policía!). Ese estado mental entre el miedo y la paranoia, tan generalizado en una parte significativa de la población estadounidense, tuvo durante las asambleas previas al 17 de septiembre manifestaciones ciertamente virulentas que se plasmaron en algún que otro comportamiento que no sólo lindaba con lo patológico, sino que condicionaba y lastraba constantemente el funcionamiento y la evolución de las conversaciones y de las discusiones en las asambleas, logrando determinarlas en no pocas ocasiones y sujetando el proceso a un estado de ánimo en el que, inevitablemente, primaban las pasiones tristes, lo que componía un campo magnético alejado de la alegría y de la ilusión, poco capacitado para la seducción y generador de una natural fuerza centrífuga que expulsaba a la gente más que atraerla.

Junto a este campo interno de gravedad, ha existido además un campo energético externo que puede aportarnos pistas no sólo sobre la distancia entre el impacto social del 15M en España, sino sobre el escaso eco que la convocatoria #OccupyWallStreet ha tenido entre los neoyorquinos. Para entender de qué estoy hablando me pondré insoportablemente aburrido e irremediablemente pesado, proponiendo brevemente un marco abstracto en el que situar nuestro punto de vista.

Ese marco propone una manera posible de pensar el presente que habitamos, entendiéndolo como el espacio-tiempo de la culminación neoliberal de un violentísimo proceso integral de reconfiguración de los poderes tal como los definió Michel Foucault: poder soberano (hoy ya no gobiernan los gobiernos, sino las instancias económicas transnacionales y las agencias de calificación tipo Moody’s: Democracy is dead), poder disciplinario (el viejo orden industrial y su regulación a través de la relación salarial tradicional se disuelven irremediablemente: Welcome Knowledge Capitalism) y poder biopolítico (la precariedad se constituye en forma de vida y condición universal por obra y gracia del secuestro financiero de la moneda: Bye Bye Welfare). Mundialización, sociedad postindustrial y capitalización de los derechos y las prestaciones sociales es una triada con la que resulta posible el abordaje del sentido de la coyuntura histórica presente. La tercera de las coordenadas de esa triada, la constitución biopolítica de un régimen generalizado de precariedad en el que los derechos sociales se capitalizan, al mismo tiempo que se impone su conversión definitiva en deuda colectiva (deuda pública) y en deuda e inversión individuales (créditos y seguros privados), es la que está provocado en países como España un estado general de shock en el que la gente asiste, entre la indignación y la incredulidad, al cambio radical de paradigma que significa el desmantelamiento del Welfare. Desde este punto de vista, es muy probable que el carácter multitudinario del 15M y su conexión con amplios sectores de la población haya encontrado su caldo de cultivo precisamente en los efectos anímicos y en los profundos malestareas generados por el carácter extremadamente virulento de dicho cambio de paradigma.

En Estados Unidos, sin embargo, las cosas son muy diferentes. Y, lo que es más importante, el llamamiento a ocupar Wall Street lanzado por los Adbusters ha encontrado un estado de ánimo y una predisposición entre los estadounidenses completamente divergente respecto a la de los españoles. Para los neoyorquinos, como para el resto de sus compatriotas, los efectos de la intensificación de la ofensiva neoliberal no constituyen shock ni cambio radical de condición alguna: hace más de treinta años que el Welfare es historia en el país de las barras y las estrellas, más de tres décadas de intervención y de reconfiguración biopolítica a través de un proceso de capitalización absoluta de los derechos y de las prestaciones sociales ya culminado hace tiempo. Desde este punto de vista, el estado de ánimo generalizado en Estados Unidos tiene más que ver con la abulia y con la apatía que con la indignación: la aguda desafección de Bartleby, el enigmático copista de Wall Street creado por Melville, constituye la piel de gran parte de la población estadounidense. Al parecer, la otra parte ha optado decididamente por inmolarse junto al Tea Party. Dios. Que el Reverendo Billy y la Iglesia del Earthalujah nos pille confesados. Sin embargo, ¿significa eso que no hay nada qué hacer y que ya todo está perdido? Seguramente no. Tal vez quiera decir que un llamamiento a los “rebeldes, radicales y soñadores utópicos” de Estados Unidos para ocupar ni más ni menos que Wall Street, quizá no haya sido la mejor manera de conectar con el estado de ánimo generalizado ni de comenzar a andar el camino. De la abulia a la indignación no sólo hay un océano, también hay un mundo.

Izquierda y lógica patrimonialista: ¿y tú de quién eres?

Las cifras de participación en la movilización en Wall Street el sábado contrastan con la cantidad de gente que el pasado 12 de mayo se movilizó en el distrito financiero neoyorquino contra la política municipal de recortes sociales del alcalde Bloomberg y contra el secuetro de la política por Wall Street: entonces se manifestaron más de veintemil neoyorquinos y neoyorquinas provenientes de prácticamente todos los rincones de la ciudad, mientras que #OccupyWallStreet apenas ha conseguido juntar a unos cuantos cientos de personas. Pero, todavía más importante, la cualidad de la gente que ha movilizado la convocatoria de Adbusters también es diametralmente diferente a la diversidad y al carácter multitudinario de la manifestación del pasado mes de mayo. Si entonces una marea multiétnica, compuesta por personas de todas las edades, entre familias de renta baja, migrantes, estudiantes de secundaria y de universidad, profesores, sindicalistas, abogados, trabajadores sociales y activistas de organizaciones comunitarias tomó las calles del distrito funanciero, el perfil de los que nos movilizamos en Wall Street el sábado pasado se resume básicamente en la proposición jóvenes-universitarios-blancos. Si a eso le añadimos que una parte significativa de esos jóvenes ha llegado desde otros puntos de Estados Unidos, entederemos que el impacto de la iniciativa lanzada por los Adbusters ha sido prácticamente nulo en la ciudad de Nueva York.

Pero, ¿dónde están las más de veintemil personas que se movilizaron el pasado mes de mayo? ¿Por qué han decidido no participar en #OccupyWallStreet? Es probable que muchos de ellos y de ellas ni siquiera se hayan enterado de la iniciativa. Lo que es seguro es que las organizaciones, los tejidos sociales y los espacios comunitarios que construyeron la movilización del pasado mes de mayo no han querido saber nada de la convocatoria. La desconfianza ha sido la actitud predominante entre las instituciones de la izquierda y del espectro progresista de la ciudad, también entre sus gentes. Es cierto que el colectivo que ha gestionado durante un mes y medio el aterrizaje de la convocatoria de Adbusters en la ciudad no ha tenido la capacidad de articular una estrategia sólida de socialización de la iniciativa entre las redes, las asociaciones y los diferentes movimientos de la ciudad. Tampoco ha sido capaz de expandir la comunicación hacia los barrios. También es cierto, sin embargo, que los contados intentos que se han emprendido han chocado contra un muro de desinterés y de desconfianza.

Hace unas semanas me tocó presenciar una conversación en la que una persona de la Asamblea General de #OccupyWallStreet le exponía a una activista de la red Make The Road el sentido de la iniciativa en el distrito financiero. La respuesta de la receptora del mensaje fue sencilla: “¿Quiénes sois, de dónde salís, cómo os llamáis?”. La compañera de la asamblea, con una actitud muy agradable y con gran capacidad discursiva, le habló una y otra vez del anonimato, de la necesidad de establecer puentes de método y forma con los movimientos en el Mediterráneo, del deseo de abrir un espacio ciudadano en el que no hubiera siglas, ni signos, ni referentes de lo instituido, así como un etcétera hilado y coherente que no hizo más que despertar todavía mayor desconfianza en la oyente. Esa dinámica se replicó en otros encuentros con sectores y colectivos del espectro progresista y comunitario de la ciudad. Hay en la izquierda neoyorquina y en los movimientos ciudadanos locales una cultura política marcadamente patrimonialista, adherida a una especie de foto fija de organizaciones que determina que todo aquello que no salga en esa foto o no posea referencia formal o patrimonio alguno, sea objeto de una desconfianza y de un desinterés extremo. También hay una fragmentación particularmente intensa y un posicionamiento que en muchas ocasiones prima lo ideológico y se enroca en procedimientos y discursos cliché, más allá de su utilidad o su sentido. Como muestra un botón: el pasado sábado, coincidiendo con el desarrollo de la iniciativa #OccupyWallStreet en el distrito finaciero neoyorquino, la coalición ANSWER, referente en Estados Unidos de la lucha contra la guerra desde hace años, celebraba una conferencia en Harlem sobre la necesidad de construir y defender el socialismo (“Socialism: Building the Movement We Need For the Society We Deserve!” -nótese el marcial signo de exclamación-).

Habrá quien diga, con toda la razón del mundo, que mi descripción de la izquierda de Nueva York no difiere notablemente del retrato posible del conjunto de las izquierdas planetarias, incluidas por supuesto las de la Península ibérica. Esa es una de las razones más evidentes del sentido urgente del 15M, así como de la creativa ruptura cultural y política que éste ha puesto sobre la mesa. Sin embargo, que la convocatoria para ocupar Wall Street no haya tenido la capacidad de conectar ni con el estado de ánimo generalizado entre la población flotante que habita la gran manzana, ni con las redes sociales terrestres que componen el universo comunitario y de disenso de la ciudad, coloca la convocatoria de Adbusters en una marcada situación de aislamiento, con una suerte verdaderamente incierta. Parte de ese aislamiento, además, se deriva del desinterés evidente de los convocantes y organizadores de la iniciativa por permear elementos vitales de la vida de la ciudad, como por ejemplo la esfera lingüística: en la profunda y tupida Babel de Nueva York la comunicación de la convocatoria únicamente se ha desarrollado en inglés. En este sentido, más que hablarnos de una apertura, #OccupyWallStreet tal vez nos esté hablando de un cierre. Un verdadero sinónimo de Half Nelson. Bloqueo total. S.O.S. Sólo nos salva un milagro.

El día D a la hora H o Martín Romaña en Wall Street

La experiencia de movilización del sábado pasado condensó notablemente algunos de los elementos problemáticos señalados en páginas anteriores. Nada nuevo bajo el cielo: presencia mayoritaria de activistas sujetos a un universo estético y de enunciación típicamente altermundialista e izquierdista, algunos de ellos llegados desde diferentes partes de Estados Unidos, incluidas varias localizaciones ciertamente remotas. Una especie de resurrección, incluida la de la mítica Roseanne Barr, que arengó a las masas megáfono en mano para emoción de los que allí estábamos congregados.

La Wikipedia, dotada de esa certera capacidad definitoria que suele caracterizar a la inteligencia colectiva, cuenta ya con una entrada sobre Occupy Wall Street: “(…) typically of anti-capitalist and radical leftist persuasions, including the NYC General Assembly and U.S. Day of Rage. (…) Socialist, anti-capitalists (…) Organizers hoped to bring between 20,000-90,000 protesters to Wall Street, but only several hundred people have joined the demonstration so far”. Me gustaría poder decir lo contrario, pero la Wikipedia no miente. Lo que sí es cierto es que no dice que además de la composición que describe, había otras cosas: por ejemplo, un montón de jóvenes universitarios sin adscripción ni experiencia política previa que dieron vida a un interesante cúmulo de pequeñas asambleas simultáneas en la plaza de Zuccotti. Ese momento asambleario levantó aire fresco y pobló la movilización de gentes nuevas. Nos regaló un motivo para la esperanza, pero tal vez su efecto tuvo un carácter demasiado efímero. Lamentablemente,me temo que la asamblea general celebrada a las siete de la tarde volvió a recomponer los universos descritos por la Wikipedia. Mi experiencia en dicho foro se resume en tres intentos fallidos de participación. Veamos:

Intento 1. Charlo a unos metros de la asamblea con algunos amigos españoles con los que he compartido la travesía hasta el 17 de septiembre. Se acerca el amigo italiano que nos visita estos días y que no entiende ni papa de inglés. Viene alterado y asustado. “Todo es muy raro, parece que están rezando”, nos dice. Nos dirigimos a la asamblea. Efectivamente, todos los presentes al unísono parecen estar rezando una plegaria a voz en grito. Pero no, no es eso. Respiramos. Resulta que como no hay megafonía amplifican las intervenciones en la asamblea con el siguiente método: uno habla y el resto repite a grito pelado sus palabras, para que así el eco se distribuya por la plaza y todos puedan oírlas. Tras unos minutos de intento de comprensión de lo que se habla y completamente abrumado por semejante griterío, desisto por completo. Definitivamente, la metodología de amplificación usada no ayuda a la conversación y al debate. Demasiado ruido.

Intento 2. Vuelvo a la carga unos veinte minutos después. Un joven con un pañuelo negro al cuello está interviniendo, mientras la asamblea entera amplifica sus palabras. El chico está indignado, completamemte fuera de sí. Resulta que la policía ha retenido a un amigo suyo en la calle Broadway. El motivo: iba encapuchado. Tras sugerirnos que nos movilicemos inmediatamente y que liberemos a su amigo, el joven inicia una defensa enconada de la pertinencia de vestir capuchas y de taparse el rostro, reivindicando el derecho a ir encapuchados por la calle. Una parte significativa de la asamblea rompe en aplausos y vítores. Me retiro de nuevo completamente abrumado.

Intento 3. Nuevo amago de inmersión en la asamblea. Esta vez un señor mayor está en el uso de la palabra. Su edad y el hecho de que hable usando un megáfono, lo que nos libera del coro ensordecedor, son buenas noticias. Me animo. Me paro a escuchar al tipo. Un momento… Sí, he oído bien: “Estados Unidos es una máquina represora y criminal. Hay cientos de luchadores y presos políticos pudriendose en sus cárceles y nadie hace nada. El primer punto en nuestra agenda debería ser la libertad de todos los presos políticos, pero no aquí, en el mundo entero”. De nuevo, una parte significativa de los congregados rompe en aplausos. Me estremezco. Máximo respeto para gran parte de la población penitenciaria del mundo. Sin embargo, convendremos en que ni la temática ni la forma de su formulación por parte del anciano del megáfono resultan de gran ayuda. Yo pensaba que habíamos ido a Wall Street a hablar y a hacer otras cosas. Estoy cansado. Son las tantas. Tengo un largo camino hasta Brooklyn.

Antes de marcharme a casa, sin embargo, compruebo que los activistas de la guerrilla Yes Men que huyeron el 2 de agosto han vuelto y están entre nosotros. La noticia me alegra y me vuelve a regalar cierto ánimo. Además, comparto mi temor a que la policía pueda intervenir y desalojar a la gente que va a acampar en la plaza. La explicación que me dan los compañeros encargados de la logística y de la negociación con las autoridades me quita el temor, pero me instala en un reseñable estado de conmoción y de zozobra. Me dicen que el desalojo es imposible, ya que la policía no está autorizada a intervenir en esa plaza. “¿Por qué?”, pregunto yo. “Sencillo”, me dicen ellos, “la plaza es propiedad privada y pertenece a una corporación. No es raro, hay varias calles y plazas de la ciudad que hace años que fueron privatizadas. Sin la autorización del propietario, la policía no puede intervenir”. Viaje al futuro. Nunca dejará de sorprenderme la violencia con la que la comodificación de la ciudad viste la gran manzana. Es el porvenir que nos espera por todas partes si no lo remediamos. Por otra parte, la potencia de lo suscitado por la convocatoria de Adbusters aparece como ínfima al lado de la complejidad del escenario que habitamos. Estados Unidos es un futuro anterior, una enorme anticipación de lo que se nos viene encima si no nos fugamos del escenario presente. Lástima que lo que hasta ahora hemos sido capaces de desplegar en #OccupyWallStreet no sea más que un pasado anterior. De nuevo recuerdo a Jesús Ibáñez: para enfrentar y cambiar un sistema es necesario manejar una complejidad y una lógica superiores a la del sistema que se enfrenta y que se pretende cambiar. Me temo que en la plaza Zuccotti estamos jodidos. Al menos de momento.

Epílogo: Twitter Hype Horror Picture

Mientras escribo no dejo de recibir tweets sobre la acampada en el corazón del distrito financiero de Nueva York. Uno de ellos me llama la atención por encima de los demás: “Indignados of Spain reach Paris as Wall Street is occupied! This is a global revolt against neo-liberal oligarchs. http://fb.me/LlNHRsWz”. Hay un evidente desfase entre el mensaje y el estado de cosas real. ¿Wall Street está ocupada? ¿En sus calles se recrea una revuelta global contra la oligarquía neoliberal? Me temo que las cosas son un pelín más complejas.

Ese desfase entre la producción virtual de realidad y la materialidad de los procesos y las situaciones reales va camino de convertirse en un dato permanente y repetido dentro del escenario abierto por el 15M y por los movimientos en el Mediterráneo. Tengo la sensación de que hay una especie de constante sobredeterminación de las pasiones que puede convertirse en un verdadero problema. Una euforia desmedida, por ejemplo, que tal vez esté generalizando una peligrosa atracción por el evento permanente en detrimento del proceso, a la par que instaura en mucha gente un estado de ánimo que puede estar abriendo una peligrosa brecha entre los deseos y las realidades. También veo picos de angustia o de miedo, sobredimensionados y socializados masivamente a través de Internet, que contribuyen a desenfocar el punto de mira y a concentrar la atención en sucesos o lógicas que probablemente no sean las que posean mayor potencia: mientras Twitter se convierte en una autopista hiperpoblada de mensajes pasionales por el enésimo desalojo de los acampados en París, pasa prácticamente desapercibido para la red que profesores, padres, madres y estudiantes se han encerrado en un instituto de secundaria de Carabanchel.

Hace unos mil años Public Enemy cantaba: “Don’t believe the Hype”. En cierta medida, estamos ante el peligro de recrear en el bucle telemático la lógica del Hype: “un producto mediático, que ha tenido una sobrecobertura o una excesiva publicidad, obteniendo de esta manera una popularidad altísima independientemente de su calidad” (Wikipedia). El Hype, como la euforia del continente sin contenido, casi siempre deviene en decepción. Seguramente conviene que nos rebelemos a su lógica y recreemos una lógica completamente diferente para la comunicación.

Brooklyn, 20 de septiembre de 2011.