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Tiempo y dinero

07 nov 2011
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Un texto de Franco Berardi (Bifo), al que he entrevistado un par de veces en Fuera de Lugar. Bifo es escritor, filósofo y teórico de los medios de comunicación, implicado en experiencias políticas de base desde los años 70.

Lo que me atrae más del discurso de Bifo es la mezcla entre análisis económico (en este caso, sobre el origen y las implicaciones del dominio de las finanzas) y el análisis de las formas de vida (en este caso, cuerpo, atención o lenguaje).

Es el método que Bifo llama “composicionismo” y que articula las dimensiones políticas, culturales, económicas y subjetivas en una misma mirada sobre la realidad. “El composicionismo piensa la realidad como un ambiente químico en el cual enfermedad, sexualidad y deseo combaten y se encuentran, se mezclan y continuamente cambian el panorama”.

Frente a otras visiones más autorreferenciales y desencarnadas del hecho económico, el enfoque “composicionista” permite pensar que si la economía es subjetividad (se encarna y depende de nuestro cuerpo y nuestro lenguaje, nuestra atención y nuestros imaginarios), la creación de nueva subjetividad es por tanto un acto político “que cambia el panorama”.

Si la economía pasa por nosotros (y nuestras mil decisiones diarias orientadas por valores subjetivos e imaginarios), nosotros somos entonces los actores fundamentales del cambio y la transformación (y no tanto, por ejemplo, un Estado capaz de regulación de las finanzas). 


Pensemos en estas frases:

 “Dame tiempo”

“Estás perdiendo el tiempo”

“Ahorrar tiempo”

Son frases sin sentido, que podemos entender solo metafóricamente, en tanto en cuanto presuponen la idea de que el tiempo es algo que se puede dar o quitar, implican que el tiempo es algo que podemos ganar o perder, poseer o almacenar. Pues bien: en este tipo de absurdos se basa la economía, una maquinaria cuyo fin es la cosificación y acumulación del tiempo. ¿Qué ponemos en el banco, cuando vamos a depositar una suma de dinero? Tiempo. En cierto sentido depositamos allí nuestro tiempo pasado o nuestro tiempo futuro. Nuestro tiempo o el de los demás, en caso de que pertenezcamos a la clase capitalista y de que nos dediquemos, precisamente, a despojar a los demás de su tiempo. La transformación que ha llevado del capitalismo burgués al semiocapitalismo actual implica un cambio en la percepción de las relaciones entre dinero, lenguaje y tiempo. Cuando hablamos de bancos hablamos de lugares en los que se deposita y se guarda tiempo. Pero la manera de hacerlo va ligada a los cambios en la historia del capitalismo, así como a la historia de las relaciones entre capitalismo y vida, subjetividad e individualidad. Nos resulta difícil ser sistemáticos a propósito del tiempo y, por lo tanto, renunciamos a la sistematicidad. El gran misterio de la etapa financiera del capitalismo radica en esto: ¿el dinero que pongo en el banco es mi tiempo pasado, el tiempo que he vivido antes? ¿O el dinero que pongo en el banco me da la posibilidad de comprar un futuro? ¿Y esta pregunta encierra más bien un secreto o un enigma?

¿Sabéis cuál es la diferencia entre un secreto y un enigma? Un secreto es algo que está escondido en algún sitio. Tenéis que saber el código, hay que encontrar la clave correcta, y el secreto dejará de serlo, se convertirá en la verdad. El enigma es distinto porque no podéis encontrar la clave, la clave no está en ningún sitio, y tampoco la verdad está en ningún sitio. Así pues, cuando hablamos de capitalismo financiero, cuando hablamos de la relación entre tiempo, futuro y deuda, ¿estamos hablando de un secreto o de un enigma? Creo que estamos hablando de un enigma, porque nadie sabe nada acerca del futuro, nadie sabe qué se esconde en el tiempo futuro de quien se ha endeudado, de modo que el único medio para resolver el enigma es la violencia. O pagas o te elimino. O me das tu tiempo presente a cambio del tiempo futuro, o te dejo en la miseria. Esta es la razón por la que actualmente griegos, portugueses, españoles e irlandeses tienen que pagar dinero a los bancos alemanes: para evitar que les echen de la Unión Europea y no acabar tirados en la cuneta. Pero el problema es que para pagar la deuda con los bancos alemanes se ven obligados a empobrecerse, a renunciar a la educación, a la sanidad y a una vida cómoda. Un enigma, se trata sin duda de un enigma.

Valores fluctuantes

La verdad del capitalismo financiero no se puede encontrar porque el truco esencial del capitalismo financiero es precisamente este: la verdad ha desaparecido, se ha esfumado. Ya no existe. Ya no existe ninguna verdad, sino tan solo un intercambio de signos, tan solo una desterritorialización del significado. En El intercambio simbólico y la muerte, Baudrillard afirma que todo el sistema se hunde en la indeterminación. En esto consiste esencialmente el desplazamiento que ha conducido del capitalismo industrial al semiocapitalismo: en que la indeterminación reemplaza a la relación fija entre tiempo de trabajo y valor de la mercancía, y de este modo toda la regulación del intercambio cae en el sistema aleatorio de los valores fluctuantes.

El capitalismo financiero se basa esencialmente en la pérdida de toda relación entre tiempo y valor. En las primeras páginas de El capital, Marx explica que el valor es tiempo, acumulación de tiempo. Tiempo objetivado, tiempo que se ha transformado en cosas, en mercancías, en valor. Cuidado: para determinar el valor no vale cualquier tipo de tiempo, sino el promedio de tiempo que la sociedad necesita para producir una determinada mercancía. Si eres gandul o demasiado rápido, eso no cuenta. Lo que cuenta en el momento de determinar el valor es el promedio de tiempo necesario para producir un determinado bien. Esto era así en los viejos y buenos tiempos en los que era posible determinar el tiempo que se necesitaba para producir algo. Luego las cosas cambiaron: de repente ocurrió algo en la organización del trabajo y en los métodos de producción que modificó las relaciones entre tiempo, trabajo y valor.

Llegó un momento en que el trabajo dejó de ser la actividad física muscular de la producción industrial. Basta de productos materiales, ahora serían signos; basta de producir cosas tangibles, visibles, materiales, ahora se iba a producir algo que sería básicamente semiótica. Cuando queréis establecer el promedio de tiempo necesario para producir un objeto material la operación que tenéis que hacer es muy sencilla: cuánto tiempo de trabajo físico se requiere para transformar la materia en aquel producto. Es fácil establecer el tiempo que se requiere para producir un objeto material dadas determinadas condiciones técnicas. Pero intentad establecer el tiempo que se requiere para producir una idea. Intentad establecer el tiempo que se precisa para producir un proyecto, un estilo o una innovación. Intentadlo y veréis que cuando el proceso de producción pasa a ser semiótico la relación entre tiempo de trabajo y valor imprevisiblemente se evapora, se volatiliza. Baudrillard fue el primer pensador que entendió y describió este cambio.

Baudrillard escribió El intercambio simbólico y la muerte en 1976. Pero algunos años antes el presidente de Estados Unidos Richard Nixon había hecho algo que había cambiado el mundo. En aquella época, los presidentes de Estados Unidos eran auténticos profetas, no porque fueran capaces de predecir el futuro, sino porque eran lo bastante poderosos como para determinarlo, o –mejor dicho– eran lo bastante poderosos como para imprimir la voluntad del capitalismo americano en el futuro del mundo. Nixon hizo algo que tuvo consecuencias futuras cruciales: decidió que el dólar saliera del sistema del “patrón oro” que en 1944 se había establecido en Bretton Woods. En otras palabras, decidió que el sistema basado en una relación fija entre las distintas monedas se había terminado, y desde aquel momento el dólar quedó libre de toda regulación fija. Independiente, autónomo o – mejor– aleatorio, fluctuante e indeterminado. Aleatorio es aquello que no puede preverse, fijarse o determinarse en modo alguno. El latín usa la palabra ratio para definir la relación fija, el patrón, la medida. En el lenguaje filosófico, ratio es la medida universal por la que se rige la comprensión de las cosas: la razón. Con la decisión de Nixon se puso fin al patrón de referencia. La unidad de medida ya no existía. La posibilidad de decidir la cantidad de tiempo que se necesitaba, en promedio, para producir un bien ya no existía. Naturalmente esto quería decir que el presidente estadounidense Nixon había decidido que la violencia tenía que ocupar el lugar de la medida. Porque, en condiciones de aleatoriedad, ¿qué es, si no, lo que condiciona la decisión final? ¿Qué elemento o qué proceso determina el valor? La fuerza, la violencia. ¿Cuál es la manera de decidir algo, por ejemplo de decidir el valor del dólar en los mercados internacionales? La violencia, naturalmente. Dame tiempo. La coincidencia entre financiarización del capitalismo y violencia no obedece a una coyuntura casual o improvisada. Es algo totalmente estructural. No hay economía financiera sin violencia, porque la violencia se convierte en el único medio con el que decidir, cuando ya no hay patrones de medida.

Semioinflación

Asimismo, quisiera hablar de semioinflación, ese tipo de inflación que tiene lugar en el campo de la información, de la comprensión del significado y de los afectos. William Burroughs dice que la inflación consiste básicamente en el hecho de que cada vez haga falta más dinero para comprar cada vez menos cosas. Con el término semioinflación quiero decir que nos hacen falta cada vez más signos, más palabras, más información para comprar cada vez menos significado. También en este caso se trata de un problema de aceleración. Cuando Marx habla de productividad y de plusvalía relativa, habla igualmente de esto: de aceleración, de aumento de la velocidad. Marx afirma que si se quiere conseguir un aumento en la productividad, lo que conlleva a su vez un aumento de la plusvalía, es preciso acelerar el ritmo de trabajo. Pero llega un momento en que la velocidad salta a otra dimensión. Baudrillard hablaría de hiperaceleración; Virilio, de velocidad absoluta.

La aceleración de la productividad en el ámbito de la producción industrial equivale a intensificar el ritmo de la máquina, de manera que los trabajadores se ven obligados a actuar con más rapidez durante la manipulación de la materia física y durante la producción de objetos físicos. Cuando la herramienta principal de la producción empieza a ser la máquina lingüística y la principal fuerza productiva es el trabajo cognitivo, entonces la aceleración entra en otra fase, en otra dimensión. Aumentar la productividad en el ámbito del semiocapitalismo equivale básicamente a imprimir una aceleración en la infoesfera. En el ámbito del semiocapitalismo si se quiere intensificar la productividad es necesario acelerar la infoesfera, el medio por el que la información circula y estimula el cerebro de los agentes semioproductivos. ¿Qué le pasa entonces al cerebro de esas personas, al cerebro social? El procesamiento mental requiere tiempo. Pensemos en lo que supone poner atención. La atención es la activación de reacciones físicas en el cerebro, pero también de reacciones emocionales, afectivas. La atención no puede intensificarse ilimitadamente, y esta es la razón por la que la “nueva economía” se vino abajo, a finales de la década de 1990, tras un largo período de aceleración e intensificación constantes.

A principios de la pasada década, en el año 2000, la crisis de las empresas tecnológicas fue consecuencia de la sobreexplotación del cerebro social. Tras la explosión de la burbuja de Internet empezaron a salir un montón de libros sobre la economía de la atención. De repente, los economistas se dieron cuenta de que el mercado del semiocapitalismo es un mercado de atención. El mercado y la atención se convirtieron en una misma cosa. De hecho, la crisis del año 2000 fue una crisis de sobreproducción en el campo de la atención. Marx habla de crisis por sobreproducción: si produces demasiadas unidades de determinada mercancía, la gente no podrá comprar todo y las mercancías se quedarán sin vender en los almacenes. Entonces el capitalista, como no necesita producir más, despide a obreros, lo que provoca, como es bien sabido, que empeore la situación general. Pero ¿qué es la crisis de sobreproducción en el marco del semiocapitalismo? La sobreproducción es un efecto de la relación entre la cantidad de bienes semióticos producidos por el trabajo cognitivo y la cantidad de tiempo de que disponemos.

La cantidad de tiempo de atención de que dispone la sociedad no es ilimitada, habida cuenta de que la atención no se puede acelerar más allá de ciertos límites. Podemos acelerarla en cierta medida: por ejemplo, nos tomamos unas anfetaminas y se intensifica nuestra atención. Existen técnicas y drogas que nos permiten ser más productivos en el plano de la atención, pero ya sabemos a dónde lleva todo esto. La década de 1990 fue la época de las pequeñas empresas de la “inteligencia colectiva”, la época de la productividad en constante aumento, del entusiasmo por la producción, de la euforia de los trabajadores del conocimiento (knowledge workers) y de los agentes financieros. Pero también fueron los años de la Prozac-manía. No se puede explicar lo que Alan Greenspan llamó “exuberancia irracional” si no se tiene en cuenta el simple hecho de que millones de trabajadores del conocimiento consumieron toneladas de cocaína, anfetaminas y Prozac a lo largo de toda una década. Esto puede funcionar durante algún tiempo; después ya no. Y, de repente, de un día para otro, tras la excitación y la aceleración, llegó el apocalipsis.

Apagón

Seguro que todos vosotros os acordáis de la noche del cambio de siglo, cuando todos estábamos a la expectativa del llamado “efecto 2000”. Esa noche estaba sentado delante del televisor, esperando el apagón definitivo, y no ocurrió nada. Nada de nada. Había creído a pies juntillas el vaticinio de que esa noche de fin de año sería la última de nuestra vida moderna y, en cambio, no ocurrió nada. Ahora bien, la expectativa de un colapso general estaba en el aire. ¿Cómo puede explicarse dicha expectativa? El colapso no estaba en el efecto 2000, sino en la bajada de la excitación provocada por el Prozac en el cerebro de los trabajadores del conocimiento de todo el mundo. Cuando Greenspan decía notar cierta exuberancia irracional en los mercados no hablaba de economía, o por lo menos no hablaba solo de economía. Hablaba de la pérdida de efecto del Prozac, del final de los efectos de la cocaína en el cerebro de millones de trabajadores cognitivos. ¿Y después qué pasó? El paso siguiente fue la crisis de sobreproducción del semiocapitalismo. El primer año del nuevo siglo, el problema fue la percepción de un colapso inminente. Después vino el once de septiembre y la guerra apareció como la solución de todos los males. El organismo cognitivo colectivo, deprimido por causas económicas y farmacológicas, fue sometido a la terapia anfetamínica de la guerra administrada por el loco del doctor Bush. El doctor no estaba en sus cabales, pero los efectos de su terapia siguen ahí: la guerra infinita. El doctor Bush no quería ganar la guerra, le era totalmente indiferente ganarla o perderla. Era evidente, por lo demás, que emprender una guerra en un lugar como Afganistán con un aliado como Pakistán era cosa de locos, era una manera de buscar la derrota. Pero la cuestión no era ganar o perder, la cuestión era dar inicio a una guerra destinada a no acabarse nunca. En efecto, la guerra infinita es un signo de ese tipo de locura que tiene su causa en la semioinflación. Cada vez más signos adquieren cada vez menos significado. El significado tiende a desaparecer, el sentido se pierde, mientras que la burbuja de la producción de signos se va hinchando al infinito.

En su libro Data trash, Arthur Kroker cuenta una anécdota: en una carta dirigida al lingüista Thomas Seboek, Bill Gates escribía lo siguiente: “el poder consiste en poner las cosas fáciles”, palabras que demuestran que Gates entiende perfectamente la relación entre significado y poder. El poder consiste en simplificar las cosas. Steve Jobs y Steve Wozniak habían creado las interfaces fáciles de Apple partiendo de una idea hippy: “la información para el pueblo”. Pero las interfaces simplificadas solo eran el principio de un proceso extremadamente peligroso que llevó a Gates a la idea de “simplificar para tener poder”. Si pones las cosas fáciles, la gran mayoría de la gente, por no decir casi todo el mundo, seguirá el camino que tú marques. La evolución de la red ha derivado en la evolución casi totalitaria de un sistema que empieza como un proceso difícil y personal de búsqueda y hallazgo, y de creación, pero termina por ser un lugar en el que las cosas son fáciles. El proceso de simplificación de la red empezó con el Windows 95, con el navegador Explorer, y después ha seguido con Facebook, que facilita incluso las dificilísimas relaciones de amistad, de amor y la vida en general. Basta con contestar a la pregunta: ¿eres o no eres amigo mío? Sí, soy amigo tuyo, y la amistad queda sellada. No hace falta que busques la respuesta. La respuesta está allí.

¿Qué necesitamos en un contexto de semioinflación, cuando la infoesfera empieza a ir demasiado rápido y nuestra atención ya no logra seguirla? Necesitamos algún dispositivo que facilite las cosas, algún dispositivo que reduzca la velocidad de la infoesfera. Es un problema de tiempo, de aceleración y desaceleración, es un problema de facilitación. El fin de la modernidad empezó con el colapso del futuro, con Sid Vicious que gritaba “No future”. Después de eso, la historia posmoderna, por lo que a mí me consta, ha sido y es la historia de la creación de una máquina tecnolingüística que penetra en todos los recovecos de nuestra vida diaria, en todos los espacios del cerebro social. Tecnolingüística es la máquina que da lenguaje a los seres humanos y que reemplaza a los seres humanos en la generación del lenguaje, como sugería Rose Goldsen en 1975 cuando afirmaba que “estamos criando a una nueva generación de seres humanos que aprenderán más palabras de una máquina que de su madre”.

Esa generación ya está aquí. La primera generación que ha aprendido más palabras de una máquina que de su madre tiene un problema en cuanto a la relación entre las palabras y el cuerpo, entre las palabras y la afectividad. Este fenómeno mediante el que se separa el aprendizaje del lenguaje del cuerpo de la madre, y del cuerpo en general, modifica al propio lenguaje y modifica las relaciones entre lenguaje y corporeidad. Según lo que nos es dado saber, durante la historia humana el acceso al lenguaje ha estado siempre mediado por la confianza en el cuerpo de la madre. La relación entre significante y significado siempre había sido proporcionada por el cuerpo de la madre y, por consiguiente, en términos más generales, por el cuerpo de otra persona. Sé que la palabra agua quiere decir “agua” porque mi madre, y no una máquina, me dijo: “esto es agua”. Sé que el significante significa el significado porque la corporeidad, el calor del cuerpo, el “otro” como calor corporal me inició en la relación entre significante y significado. ¿Qué ocurre cuando la dimensión del lenguaje y del deseo, cuando el acceso al lenguaje queda desvinculado del cuerpo? Cuando la relación entre significante y significado ya no se establece mediante la presencia del cuerpo, la relación afectiva con el mundo empieza a resquebrajarse. La relación con el mundo quizás se haga más funcional, operativa, rápida, pero también se hace más frágil. A partir de ese momento todo pasa a ser inseguro, inestable: a partir del momento en que el lenguaje se desvincula del cuerpo.

Texto original

Otros textos de Bifo en castellano

De Bifo en Acuarela Libros publicamos El sabio, el mercader y el guerrero

“La sensibilidad es hoy el campo de batalla político”

29 ene 2011
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Entrevista con Franco Berardi (Bifo) publicada el 29 de enero de 2011 en Público

Franco Berardi (Bifo) es filósofo, escritor y teórico de los medios de comunicación. Implicado en los movimientos autónomos en los años setenta, preconizó en los ochenta la futura explosión de la Red como vasto fenómeno social y cultural, y fundó en 2005 la primera “televisión de calle” en Italia. En castellano ha publicado La fábrica de la infelicidad o El sabio, el mercader y el guerrero. Ha lanzado recientemente el sitio de comunicación th-rough.eu, una plataforma comunicativa transeuropea donde se dan cita la política, la filosofía y la crítica literaria y de arte.

La primera entrevista de esta sección, hace ya dos años, se la hicimos a él. En ella hablamos sobre la crisis que recién comenzaba y Bifo apuntó tres claves de orientación teórica y práctica: en primer lugar, no estamos ante una crisis puramente financiera, sino de un modelo entero de civilización; en segundo lugar, el desenlace del cataclismo económico es incierto: puede derivar hacia un “sálvese quien pueda” generalizado, o bien hacia la creación de una nueva cultura de la solidaridad y el compartir; por último, la disolución de la izquierda europea es un dato positivo, porque nos empuja a pensar y experimentar fuera de un marco conceptual y práctico que pertenece al siglo XX. Dos años después retomamos la conversación con Bifo sobre el mismo asunto.

¿Qué ha pasado en estos últimos dos años?

Sobre todo dos cosas: la esperanza Obama se ha disuelto y la crisis europea ha estallado. Una nueva lógica se ha instalado en el corazón de la vida europea a partir de la crisis financiera griega: Merkel, Sarkozy y Trichet han decidido que la sociedad europea debe sacrificar su nivel de vida actual, el sistema de la educación pública, las pensiones, su civilización entera, para poder pagar las deudas acumuladas por la elite financiera.

¿Y qué es lo que no ha pasado? Me refiero a la ausencia de las grandes luchas sociales que todos esperábamos. ¿Cómo lo explicas?

Durante los últimos diez años, la precarización general de la vida no sólo ha fragmentado el tiempo de vida y reducido el salario, sino que sobre todo ha instalado en la vida social el dominio del espíritu competitivo, con sus consecuencias de agresividad, aislamiento y soledad en las personas, sobre todo entre los jóvenes. Los efectos sobre la sensibilidad han sido devastadores y están a la vista de todos: depresión de masas, crisis de pánico, enfermedades del vacío, etc. Esa des-empatía generalizada explica el actual “sálvese quien pueda” ante la crisis.

¿Ves ahora alguna salida?

Me temo que la catástrofe presente no tiene ninguna solución, la barbarie es el nuevo orden social europeo. Eso no se puede cambiar, ya sólo podemos desertar. Tenemos que olvidar la palabra democracia, porque no hay ninguna posibilidad de restaurarla, y en su lugar escribir la palabra autonomía. Autonomía de las fuerzas de la producción técnica, cultural, creativa: lo que yo llamo ‘cognitariado’. Autonomía significa abandono y vaciamento del imaginario y los lugares del trabajo, el consumo, la competencia, la acumulacion y el crecimiento. Y la creación de un nuevo espacio mental y social separado definitivamente del económico. Ese es para mí el sentido profundo al que apuntan las primeras movilizaciones contra la crisis en Europa (Londres, Roma, etc.).

Pero los estudiantes han salido a la calle para protestar sobre todo contra el desmantelamiento del sistema educativo.

Desde luego, los estudiantes no pueden tolerar el fomento organizado de la ignorancia en los países europeos. Pero yo veo además otro elemento a tener en cuenta en la movilización furiosa y creativa del mes de diciembre: una tentativa de re-activación de la dimensión corpórea, física, deseante y sensible de las personas que componen la clase cognitaria europea. Es decir, los millones de estudiantes, investigadores, ingenieros, informáticos, periodistas, poetas y artistas que constituyen ese cerebro colectivo que es la fuerza de producción crucial y decisiva en el tiempo presente.

Pones mucho énfasis en la cuestión de la sensibilidad.

Sensibilidad es la capacidad de entender señales que no son verbales, ni verbalizables. Es la facultad de discernir lo indiscernible, aquello que es demasiado sutil para ser digitalizado.  Ha sido siempre el factor primario de la empatía: la comprensión entre los seres humanos siempre se da en primer lugar a nivel epidérmico. Y ahí está hoy el campo de batalla político. La intensificación del ritmo de explotación de los cerebros ha colapsado nuestra sensibilidad, por eso la insurrección que viene será ante todo una revuelta de los cuerpos. Pienso en un nuevo tipo de acción política capaz de tocar la esfera profunda de la sensibilidad mezclando arte, activismo y terapia.

¿Por qué el arte?

Hay una expresión artística importante en la última década que se dedica a la comprehension de la fenomenología del sufrimiento psíquico. Pienso en escritores como Jonathan Franzen y Miranda July, en vídeoartistas como Lijsa Ahtila o en cineastas como Gus Van Sant y Kim Ki-Duk. Pero el arte por sí solo no consigue modificar la realidad, sólo conceptualizarla y denunciarla. El arte debe mezclarse con la política y la política con la terapia.

Terapia y política, una extraña pareja, ¿no?

Cuando el primer efecto de la explotación capitalista del trabajo cognitivo es el agotamiento nervioso y el sufrimiento psíquico, la acción social tiene que proponerse antes que nada como terapia mental y relacional. Pero cuando hablo de terapia no me refiero a una técnica que reintegre al individuo roto a la normalidad del consumo compulsivo y la competición económica, sino a la práctica que reactiva la sensibilidad y la empatía. La terapia que propongo no es otra cosa que revuelta y solidaridad, el placer de los cuerpos mezclándose con otros cuerpos. Las movilizaciones de diciembre en Londres y Roma han sido las mejores acciones auto-terapéuticas que pueden imaginarse. Mejor que un millón de psicoanalistas.

Para acabar, te pido unas palabras sobre la situación italiana.

Dos procesos de barbarización se suman en Italia. Por un lado, un grupo de criminales notorios, de fascistas mafiosos y racistas están desmontando la estructura institucional y moral del país. Y por otro, hay una aplicación sistemática de las directrices neoliberales y monetaristas de la Unión Europea. No hay solución italiana a la situación italiana. Pero yo ya no soy italiano. Los estudiantes italianos ya no son italianos, muchos han dejado el país y viven en Londres, Berlín, Barcelona o París. Somos europeos, porque sabemos muy bien que sólo a nivel europeo se puede crear una nueva forma política adaptada a la riqueza de la inteligencia colectiva. Sólo una insurrección europea puede abrir un nuevo horizonte a la sociedad italiana.

“La felicidad es subversiva”

“Transformemos la catástrofe en subversión”

21 ene 2009
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Entrevista con Franco Berardi, Bifo (Público, 3-12-2008)

Bifo rodeado de estudiantes en una protesta en Bolonia

Bifo rodeado de estudiantes en una protesta en Bolonia

Franco Berardi (Bifo) participó en los movimientos autónomos y creativos de los años 70. Su reflexión sobre las transformaciones del trabajo y de la comunicación conjuga saberes de la antropología, la psicología, la filosofía y la poesía, así como se nutre de experimentaciones políticas en el ámbito de las nuevas tecnologías.

¿Cuál es tu lectura sobre las causas de la crisis?

El origen de la crisis financiera es mucho mas profundo del que los economistas pueden reconocer. Naturalmente, la causa inmediata de esta crisis catastrófica se encuentra en la colosal estafa del crédito inmobiliario americano, pero lo que se manifiesta es una crisis conceptualmente mucho más amplia y profunda: la crisis del crédito como herramienta fundamental de la dinámica económica capitalista y de la organización mundial de la división del trabajo y del consumo.

¿Una crisis de civilización?

Sí. El capitalismo estadounidense ha podido fortalecerse desde los años setenta gracias a un endeudamiento sin límites. Su hegemonía político-militar le permitía imponer las condiciones de las relaciones económicas internacionales. Pero esa hegemonía ha entrado en crisis: por supuesto, debido a su desastrosa derrota en las guerras de Irak y Afganistán, pero también a la situación de Pakistán, al borde de la guerra civil. El mundo ya no acepta pagar los costes del hiper-consumo norteamericano: la deuda ya no puede aumentar. Más aún: la deuda económica y también simbólica que el mundo occidental en su conjunto ha acumulado en quinientos años de modernidad, la deuda de la la colonización y la esclavitud, hoy reclama ser pagada.

Los políticos aún creen que tiene margen de maniobra…

La intervención del gobierno estadounidense pretende sostener a la clase financiera a costa de los ciudadanos que pagan los impuestos, de las empresas y de los consumidores. Pero no creo que la intervención estatal pueda frenar la crisis económica, porque salvar a la clase financiera supondrá dilapidar los recursos necesarios para inversiones y para un relanzamiento de la demanda. ¿Puede Occidente aceptar una reducción drástica de su nivel de vida? No lo creo. Eso significa que la guerra por la apropiación de los recursos se volverá una condición permanente y ubicua.

¿Qué puede pasar en los próximos meses y años?

La dirección del cataclismo económico es imprevisible. Podrían crecer los movimientos populistas que catalicen el egoísmo desesperado y lo movilicen contra los chivos expiatorios externos e internos (migrantes, disidentes…). Pero también se pueden crear las condiciones para una nueva cultura de la solidaridad, del compartir. Para ello, intelectuales, activistas y movimientos ciudadanos tienen que desarrollar dos vías de transformación social: un proceso de redistribución de la riqueza y del tiempo de trabajo; y la creación de una cultura de autonomía con respecto al consumo, de ascetismo y gozo del tiempo.

¿Cómo se concreta eso?

Hay que lanzar tres líneas de acción, a la vez directa y reivindicativa. Por un lado, el aumento de los salarios, la apropriación social de los bienes, la ocupación de los espacios urbanos. Los bienes que la clases depredadoras han robado tienen que volver a la sociedad, si es posible de manera pacífica. Por otro, la reducción del tiempo de trabajo y la abolición del trabajo superfluo. Quien impone el trabajo extra es el peor enemigo de la comunidad. Finalmente, necesitamos limitar el peso de la economía sobre la vida social, aprender qué significa el gozo del tiempo fuera del dominio de la mercancía, un nuevo ascetismo. De ahora en adelante, las comunidades extra-económicas se multiplicarán para experimentar formas de autosubsistencia, de vida compartida.

Wallerstein ha dicho que estamos ante el fin del capitalismo

No se trata de esperar un desplome del capitalismo como efecto de la catástrofe. La idea misma de un desplome del capitalismo olvida que éste no es una construcción material como un edificio, sino un sistema de relaciones simbólicas. Lo que ocurre en este momento es una catástrofe. Catástrofe, en su sentido etimológico (en griego, kata: bajo; strofein: desplazar), significa una acumulación de inestabilidad que produce un viraje del punto de observación y el desvelamiento (apocalipsis en griego significa revelación) de un horizonte que antes no podía verse. El fin del capitalismo sólo puede ser efecto de un cambio en los imaginarios, las expectativas, las formas de interpretar el mundo de la mente colectiva. Sin imaginación no hay subjetivación colectiva y sin subjetivación colectiva no hay salida de la pesadilla presente. Transformemos la catástrofe en subversión.

“Ni Estado ni privatización”

Las formas de resistencia siguen siendo puramente defensivas porque no logramos salir del marco cultural y político del siglo XX. Tenemos que considerar la disolución de la izquierda en Francia, en Italia o en Inglaterra como un acontecimiento positivo, porque nos permite experimentar fuera del contexto conceptual y político del pasado. Ni Estado ni privatización. Esa vieja alternativa -herencia del siglo XX- no tiene ya sentido, como puede verse en la situación estadounidense donde la intervención estatal se hace al servicio de los intereses de las finanzas y del capital.

Franco Berardi (Bifo) fue uno de los fundadores y promotores de la revista A/Traverso y de la Radio Alice, la primera radio libre europea, dos de las iniciativas más importantes en el ciclo de luchas en Italia conocido como “largo mayo”. Durante las últimas tres décadas, Bifo ha volcado su trabajo de reflexión sobre las transformaciones en el mundo del trabajo y en el paisaje mediático contemporáneo, vinculando siempre sus reflexiones a experimentos políticos y comunicativos. En castellano ha publicado La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, Madrid, 2003), Telestreet: máquina imaginativa no homologada (El Viejo Topo, Barcelona, 2004) y El sabio, el mercader y el guerrero (Acuarela & A. Machado, Madrid, 2007).