El milagro de todas las primaveras

Jorge Bezares

Cuando era un crío, hace ya demasiadas primaveras, un Viernes Santo en mi pueblo, Guadiaro (provincia de Cádiz), a finales de los setenta, la Virgen del Rosario se paró en una casa del barrio alto, a un centenar de metros del cementerio, donde no hacía tantos años las chozas con techo de biznaga y palma copaban el paisaje.

Hasta la misma puerta salió María, consumida por un cáncer y apoyada en su marido, a mirarle a los ojos a la madre de Dios. No le dijo ni pío, sólo la miró durante un rato en medio de un gran silencio que, súbitamente, se rompió con una saeta que salió de un balcón cercano: sonó a súplica, a llanto sostenido, a petición desesperada de un prodigio.

Era una voz prestada, un canto que partía de los ojos de María.

Pero no hubo milagro: la rusca de otra sonrisa etrusca consumió a esta mujer joven en pocos meses. Lo único parecido fueron esos minutos eternos de fe, devoción, desesperación o magia.

Años más tarde, la Virgen del Rosario se hizo milagrosa tras derrumbarse el techo de la iglesia de mi pueblo pocos minutos después de una multitudinaria comunión. No había nadie en ese momento, y, por tanto, no hubo víctimas… La madre de Dios también salió ilesa.

Recuerdo que mi querido Juan José Téllez firmó una crónica magnífica en Diario 16 titulada “Milagro en Guadiaro”.

En eso quedó una cúpula experimental, largamente cuestionada por algunos de los maestros de obra de mi pueblo. Felipe Cerdán, posiblemente el mejor de todos ellos, lo pregonó hasta la saciedad, pero predicó en el desierto.

El hecho es que se libró hasta el devoto arquitecto, que jugó con los ángulos, los espacios y las vidas de muchas criaturitas. Desde luego, con él, la Virgen hizo el mayor de los milagros al evitarle una temporada en la sombra más que merecida.

Desde entonces, la Virgen de Rosario sale en procesión los Viernes Santo, a hombros de mujeres, que son las que han mantenido viva la llama de aquella Semana Santa de mi infancia y las que continúan alimentando la creencia en aquel milagro que evitó que medio pueblo pereciera en mitad de una comunión.

No creo en milagros, ni en el Dios verdadero ni en el los Testigos de Jehová ni en el del paraíso y el follón de vírgenes a cambio de asesinar infieles. Soy un descreído, un ateo sin complejos.

Pero todas las primaveras, en la mi patria de las cuatro esquinas en las que me meaba cuando era chico, no puedo remediar emocionarme con tanto derroche de devoción, con las saetas que cruzan la noche buscando un milagro.

Si por mi fuera, si no tuviera poquita voz y fuera tan desagradable, saldría a un balcón y cantaría una saeta. Pero sería para todas esas madres que, con salarios de mierda, con el sufrimiento de no poder llegar a fin de mes, con el esfuerzo titánico de administrar la miseria, crían a sus hijos con más dignidad, decencia y cariño que los hijos de los ricachones que tienen este mundo crucificado con cuatro clavos.

Son muchas, en España tantas como los 2,5 millones de niños que hoy por hoy viven bajo el umbral de la pobreza. Ellas en sí mismas son el milagro de todas las primaveras. Para ellas, mi saeta más rabiosa.