Fernández Buey, un hombre rojo y bueno

Se ha ido a asaltar los cielos Paco Fernández Buey. Un hombre bueno. Camino de la última batalla, cargado de un cuaderno de quejas inmenso para los inexistentes dioses. “Un neoliberalismo de mierda, una globalización de mierda, un imperialismo de mierda, una depredación ambiental de mierda. ¿No os da vergüenza estar tan llenos de mierda?”. Ya lo había dicho antes: “Nunca te bañas dos veces en el mismo río: la segunda está más sucio”.

Lo imagino estos días cansado del mundo -llevaba tiempo cansado de este mundo desalmado-, aún más desilusionado cuando su compañera ya se había marchado. Paco miraría cada mañana la prensa y se diría: “qué disparate, qué disparate”. Paco se va a los 69 años. Qué solos nos estamos quedando. Y los Papas llegando a los 90…

Pudo ver las fotos terribles de España ardiendo, de un gobierno con una gestión descerebrada, más atenta al qué dirán que a solventar los problemas del país, de una Europa volviendo a sus fueros. También, con sana sonrisa, vio el nacimiento del 15M y las urgencias de convertirlo en un instrumento político eficaz que reclamaba más tiempo del que él desearía. No pudo ver la foto terrible de esta mañana, donde tres subsaharianos miran a la desvencijada Europa desde la desahuciada África. Imagen de un mundo que no invita a grandes alegrías. Quedarse aquí ¿para qué?

A todos nos compete un pedazo de esa mirada desapasionada. Un mundo donde el socialismo se cayó junto con un muro que los ciudadanos no quisieron sostener, donde la mayoría de esa tierra de cabreros llamada España prefería las mentiras del PP y del PSOE a enfrentar un futuro lleno de desafíos, con un medio ambiente gritando desesperado ante la mirada displicente del, con exceso y sólo por comparación, llamado homo sapiens.Demasiado “pesimismo de la inteligencia”.

Pero también estaba “el optimismo de la voluntad”. Paco sonreía ante cada gesto hermoso del mundo. Siempre con esa cara de ternura hacia los que buscábamos pero aún no encontrábamos. Él nos puso sobre las pistas. Nos deja muchas enseñanzas. Después de él no podemos seguir reclamando la intolerancia en nombre de la consecución de nuestras metas. Después de Paco no podemos leer a Marx con maneras de loro ortodoxo ni de Torquemada radical por que no sabe entender los tiempos de perplejidad que nos han tocado. Después de Paco sabemos que Gramsci es el marxista que nos va a conducir con más astucia por el siglo XXI. Después de Paco sabemos que no hay socialismo si no es ecologista, si no es feminista, si no es pacifista. Después de Paco sabemos que los partidos -él, un hombre siempre “del” partido- no bastan para cuidar de los asuntos públicos. Después de Paco -y mucho antes que Zizèk y otros asustaviejas- sabemos que en la vertiginosidad de los fotogramas de una película hay más pistas sobre nuestro mundo que en buena parte de los libros políticos que editan editoriales que hacen dinero con libros de cocina. Después de Paco sabemos que sin una buena teoría la práctica anda ciega, que necesitamos hacer el esfuerzo de interrogar a la metodología, de volver a preguntarle a la ciencia por las cuestiones de la objetividad y de la transformación social. Después de Paco sabemos que “ni Marx ni menos”. Con esa mirada irónica, nunca -nunca- cínica, llena de compasión, profundamente humanista porque era profundamente de izquierdas. Paco nos obliga a los críticos feroces de nuestros mayores a no meter en el mismo saco a la generación del 68 y sus entornos. Él no fue como toda esa cuerda de paniaguados que dejaron de pelear, que sembraron la transición con las minas del consenso y la ocultación y que, además, pretendían seguir dando lecciones de radicalidad de izquierda a los que venían detrás.

Hoy Paco no ha podido leer en la prensa cómo cuenta Francisco Rubio Llorente, uno de los vicepresidentes del Tribunal Constitucional, que suya fue la idea que debía contentar a Tirios y Troyanos -valga decir fascistas y demócratas- cuando en 1976 había que hacer algo en el Parlamento de la democracia con los símbolos del franquismo: “Dejarlos y quitarlos era un problema (…) ¿Solución: los tapamos con tapices”. Esa es la democracia que hemos heredado: franquismo tapado con tapices. Paco nos ayudó a arrancar los trapos de fieltro y bordados falsos a tantas mentiras. Porque era generoso. Porque primó en su vida luchar por la democracia y el socialismo antes que adornar su biografía con falsas gestas.

Allá anda, por ese mundo que puebla nuestra conciencia, arrancando las hojas de parra a los tímidos, preguntando a los ángeles por qué son tan aburridos, organizando el infierno para decirle al diablo que su sitio en verdad está entre las nubes, gritándonos desde el más acá: ¡No dejéis de luchar, que se acerca vuestro tiempo!

Paco Fernández Buey, de los hombres más generosos de la izquierda española. Un hombre bueno que nos deja un poco más solos, un poco más urgidos, un poco más comprometidos, un poco más, como siempre nos recomendaba, insumisos. Parece que le oigo decir desde algún lugar del eter: “¿cómo que no vais a rodear el congreso? ¡El pueblo siempre ha de estar por encima de los políticos! ¿Quién tiene miedo al pueblo? Prudencia siempre, pero también coraje”. Y en esa insumisión ya te has quedado con nosotras y nosotros.