Pero siempre nos fusilan juntos

Esta mañana, en el Cementerio de la Almudena de Madrid, Rafaela Molina Ortega, de 73 años, hija del último alcalde republicano de Huétor Tájar, en la provincia de Granada, ha podido depositar un ramo de rosas rojas en la fosa común donde yacen los restos de su padre, un labrador que cometió el error de ser socialista, de defender la República y de ser honesto y leal con la Constitución que había jurado.

En 1945, la Guardia Civil visitó a la familia del alcalde para informarles de que su padre y marido había muerto en un hospital en Madrid. La viuda, con cinco hijos pequeños, sintió lo que otras 200.000 familias de españoles asesinados por Franco: impotencia de pobres que no podían ni siquiera viajar a donde yacían los restos de sus familiares y tampoco llevar el cadáver a su pueblo o ciudad.

Rafael Molina Mantas fue condenado a muerte el 23 de junio de 1939 acusado de auxilio a la rebelión, que era como acusaban los franquistas a los que habían intentado frenar a los fascistas. Los fascistas que eran los que habían dado el golpe de Estado en 1936. Cuarenta y cinco simpatizantes del bando nacional escribieron una carta diciendo que el alcalde Rafael era un hombre bueno, pero para los que se levantaron con el apoyo de la iglesia católica, eso no era relevante. Rafael era católico. Daba igual.

En el caso de Rafael la historia se retuerce. En 1944 le conmutaron la pena de muerte por 20 años de prisión. Ese es el recuerdo que les quedó a su mujer y sus hijos. Rafaela recuerda la última vez que vio a su padre, gritándole saludos a lo lejos tras las rejas. Quizá su último grito fue ¡No dejéis de estudiar! Rafael estaba obsesionado con la educación de sus hijos como pasaporte a la libertad. En el reverso de las sentencias donde se condenaba a muerte a los compañeros les dictaba urgentes clases de lengua, de literatura, de matemáticas. Un cuaderno escolar de la memoria más triste de España.

En 1945 y sin avisar a nadie trasladaron a Rafael a la prisión de Yeserías en Madrid y de ahí le internaron en el hospital Eduardo Aunós: un laboratorio donde los Mengele nacionales experimentaban con los presos republicanos. Rafael entró supuestamente a operarse de una hernia y los doctores firmaron que falleció de una angina de pecho. En el Madrid de Franco se hacían experimentos con los detenidos, igual que les robaron las pertenencias a las familias, igual que se quedaron con sus hijos, igual que les quitaron las cátedras, fusilaron maestras y modistas, exiliaron la inteligencia.

Rafael está en la misma fosa que las 13 rosas, que el padre del fundador del PSOE Pablo Iglesias, que cientos de personas más. Siempre que preguntábamos por nuestros abuelos, nos contestaban: era un hombre bueno, muy bueno. Nos decían eso nuestras abuelas porque el franquismo, además de asesinarles, quiso también manchar su memoria.

Esta mañana, delante de la hija de Rafael, en la tapia del cementerio de la Almudena, junto a ese muro triste golpeado por una lluvia triste, con la memoria de tantos héroes fusilados golpeándome delante de esos ladrillos, he pensado: siempre estamos separados y siempre nos fusilan juntos. Me he acordado hoy, víspera de la moción de censura contra el PP, un partido de ladrones fundado por un ministro del gobierno de Franco. Ver a Rafaela con tanta paz, después de toda una vida esperando, me ha sosegado.