Opinion · La oveja Negra

‘La misericordia del verdugo, Coburn 2’: Pulp en estado puro

Hace algo más de un año que comencé a escribir esta columna. Y recuerdo que aquella primera entrega para los lectores de Público la dediqué a la novela Coburn, de Pablo García Naranjo. Decía por aquel entonces que era un pequeño monumento a la novela negra, una obra imprescindible. Incluso aconsejaba robárselo a un amigo si todavía no lo habían leído. Algo que sigo pensando hoy.

Pues ahora los lectores que no hayan leído a Pablo García Naranjo tendrán doble tarea. Acaba de publicarse La misericordia del verdugo, Coburn 2, de la editorial Cuadernos del Laberinto. Sí, efectivamente. La segunda parte de aquella maravilla que reseñábamos hace un año. ¿Recuerdan eso de que las segundas partes nunca fueron buenas? Pues olvídenlo, porque esta secuela supera incluso a la primera entrega.

Coburn ha desatado una jauría que va tras sus pasos. Sabe que le buscan, sabe que tiene que huir. Y sin embargo, espera. Emborrachándose en un viejo motel de carretera junto a la frontera mexicana. Ya no tiene nada por lo que pelear. Solo su orgullo y la costumbre de dar trabajo siempre que puede a las funerarias. Eso es lo que dejara tras de sí cuando desaparezca: Muertos, solo muertos. En su escapada llegara al pueblo de Humilladero, donde vive algo parecido a un amigo: Quint. Se conocieron en la guerra de Corea. Matando. Muertos. Solo Muertos. Quint es ahora millonario. Y como todos los millonarios quiere más. Se ha enredado con un cartel de la droga. Tiene problemas. Pero Coburn no soluciona los problemas. Los mata.

Brutal retorno de Pablo García Naranjo. Ha merecido la pena esperar este Coburn 2. Diálogos contundentes y precisos, cargados de lirismo. Pulso narrativo que no decae en ningún momento y que va creciendo a medida que pasamos las páginas. Nada sobra y nada falta. Sin complacencias ni poses de cara a la galería. Personajes cargados de magnetismo, herederos de los clásicos norteamericanos. Siempre los he imaginado con esas caras de cabrón que ya no existen. Las que tenían Lee Marvin, James Coburn, Jack Palace… Esos tipos que a todos nos gustarían ser, aunque fuese solo una vez, aunque solo se lo reconozcamos a la almohada. Una novela que, una vez iniciada, ya no se puede abandonar. Porque es ella la que no nos suelta. La que nos agarra por la pechera y nos escupe cuatro verdades a la cara. No se me ocurre nada más divertido en que emplear su tiempo. Una de esas obras que hay que leer con un desfibrilador cerca. Una verdadera gozada.