Tijeras

10 Sep 2017
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Sofía Castañón
Secretaría de Feminismos Interseccional y LGTBI de Podemos. Diputada por Asturies en el Congreso

Ante la crítica lógica a las gracietas y tijeras de Juan y Medio, hay quienes salen en su defensa argumentando que se trata de una simple “salida de tono”. Durante tiempo, pensé que siempre están quienes precisan ocupar el contradiscurso para que alguien les lea, de un modo no ideológico sino oportunista. Cuando hablamos de cuestiones que tienen que ver con una sociedad justa y democrática, me inclino más a pensar que, aunque esas voces buscan que les hagan casito, son además muy conscientes del discurso de desigualdad y odio que alimentan con su prosa. Juan y Medio recortando en directo el vestido de una compañera en su programa de Canal Sur no es más que alguien con una salida de tono. Y al fin y al cabo, él está dando lo que el público quiere, y mucho bien le hace a su público, muchas risas y mucha compañía y mucho español todo. 

Reformulemos esto. No estamos sentados viendo un programa de Canal Sur. Estamos esperando turno en la carnicería. De repente, el carnicero, tras usar las tijeras para cortar una ristra de chorizos que le han pedido, piensa que es bastante gracioso cortarle la falda y el delantal a la carnicera que está atendiendo a otro cliente. Algunas de las personas que ven esto se ríen y otras no sabemos ni qué decir. Pero bueno, es sabido por el dueño que su dependientatiene mucho salero y a la clientela, gente mayor por lo general, les divierte un montón y venden como nadie en el barrio. 

Reformulemos esto. En un centro de día, uno de los trabajadores, intentando sacarle la sonrisa a varios ancianos que ve un poco tristones, coge unas tijeras y empieza a recortarle la bata a otra compañera que, inmediatamente, no sabe dónde meterse,avergonzada (y sin otra bata para lo que queda de día, por lo que no sabe si irse a casa o asumir que tendrá que enseñar el culo o trabajar con su ropa normal).

Reformulemos esto: está una misma subida a tribuna, en el Congreso, defendiendo el posicionamiento de un partido con más de cinco millones de votantes. De repente, a un diputado, uno de mi propio grupo parlamentario para que sea además un compañero le parece que mi intervención ganará mucho si mientras hablo comienza a recortarme la camisa que llevo a la altura del pecho. Obligándome, como poco, a parar mi intervención y dejar de decir lo que esté diciendo. 

¿Es esto una salida de tono? ¿Importa menos en un sitio que en otro? ¿Vale menos, merece menos dignidad, estar haciendo una cosa que otra? ¿Se puede entretener por televisión de una manera,pero en la vida cotidiana no? ¿Un vestido en televisión es más dementira que fuera de pantalla? ¿O es que  si las mujeres salen por la tele están expuestas a esto? ¿O es que si vemos a una mujer por la tele esperamos que sea tratada como cuerpo y no como persona, y como cuerpo de dominio ajeno y no propio?

Pero el problema no es el humor cortante de Juan y Medio. El problema es toda esa gente que, además de feministas, resultan ser monjas y puritanas para escritores que todos los domingos mendigan clics en su columna a base de misoginia. El problema es que no le dejamos a este tipo tan gracioso expresarse en una televisión pública, con la gran labor de compañía que hace a nuestros mayores. Pagar con dinero de todas actitudes misóginas y caer en esencialismos paternalistas simplificando a la gente mayor como demandantes de un humor zafio y casposo no son, por su parte, síntomas de una sociedad fuertemente arraigada en la desigualdad de género y en el canon patriarcal. 

De hecho, aquí estamos, esta caterva de corinas mojigatas y poco divertidas quejándonos de las actitudes machistas. Ejerciendo lo que ha venido a llamar algún iluminado, que busca su sitio en el mainstream más pretencioso, como poscensura. De repente, que señalemos lo machista, lo xenófobo o lo estúpido, con nuestras humildes opiniones y voces en el espacio público, es censurar. Como si nos hubiera dado el Ministerio unas grandes tijeras para seccionar celuloide, frames o tuits. Cuando lo que se tiene es precisamente la voz para opinar (y no en espacios de privilegio, por lo general, como sí tienen los prosistas cipotudos de domingo) que acusen de poscensura suena más bien a que es muy molesto que haya voces críticas. Que más guapas estabais calladas y no hablando de eso que no sabéis y ofendiéndoos con un humor que de toda la vida se le ha reído al señorito cuando se lo hacía a su criada. 

Tal parece que las tijeras de la poscensura quieran acallar, desde el poder de las cabeceras de opinión de las editoriales, las voces discrepantes que se han cansado de aceptar un aluvión de machismo y mala baba y hasta mala escritura. Suerte que el lenguaje, como las tijeras de Juan y Medio, es una herramienta y depende de quien lo use también puede servir para cortar los espacios  de privilegio que algunos popes han acordonado ante el susto que les da el pensamiento feminista. Pues no les queda 


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