Cosa de hombres

02 nov 2013
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Lluís Rabell

President de la Federació d’Associacions de Veïns i Veïnes de Barcelona

El llamado “Manifiesto de los 343 cabrones”, enarbolando la consigna de “no toquéis a mi puta”, ha causado no poco revuelo en Francia. El texto, que tiene la altura intelectual de un exabrupto tabernario, no merecería mayor atención… si no fuera porque, aunque involuntariamente, arroja cierta luz sobre el debate social acerca de la prostitución. Un debate que, la mayoría de las veces, se nos presenta bajo un enfoque equivocado.

El bodrio en cuestión tiene el mérito de probar que la prostitución es cosa de hombres. Ni “el oficio más viejo del mundo”, ni el “trabajo sexual” revelado por la postmodernidad, ni “una estrategia de mujer”. Históricamente – y más que nunca en la era del capitalismo globalizado –, la prostitución ha sido y es, esencialmente, un comercio entre hombres. La prostitución no es algo que hagan o ejerzan las mujeres, sino aquello que hacen los hombres con ellas cuando, deshumanizadas, objetivadas o transformadas en mercancía, acceden a sus cuerpos mediante dinero. El lenguaje ordinario nos engaña. Las mujeres no “se prostituyen”, son prostituidas. La prostitución funciona sobre un continuum de violencias en que unos hombres condicionan a un cierto número de mujeres para ponerlas a disposición de otros hombres.

Pero, a cada paso, una legión de defensores de la prostitución, muchas veces financiados por las poderosas industrias del sexo, invoca una compleja casuística – e incluso “el derecho de las mujeres a disponer de su propio cuerpo” – para difuminar el papel determinante de los hombres. Sin cesar, somos conminados a distinguir entre una prostitución “forzada” y otra “libre”. La primera, reprobable, nos dicen, constituiría un epifenómeno, una desgracia que se da en los márgenes de un legítimo intercambio mercantil – y a la que la policía, persiguiendo la trata, ya se encargará de poner coto -.

Los 343 “cabrones”, que abundan por supuesto en esa distinción, nos devuelven sin embargo a la realidad. Curiosamente, a esa “libertad de prostituirse” se acogen, en su abrumadora mayoría, mujeres. Y son pobres, proceden de regiones y países económicamente deprimidos, pertenecen a minorías étnicas o a pueblos colonizados, entraron en el mundo de la prostitución a muy temprana edad, abundan los casos de abusos en la infancia y son frecuentes las situaciones de alcoholemia y las drogodependencias. En tales condiciones, la evocación de la “libertad” es un contrasentido y sólo pretende evacuar la opresión de género, social y racial que conlleva la prostitución. Pues bien, nuestros “cabrones” certifican que, en una sociedad con prostitución, no hay en realidad más libertad que la suya en tanto que “hombres”.

El término, misógino por excelencia, con que se regodean para referirse a las mujeres prostituidas – “puta”- constituye algo más que un insulto o una grosería: significa la atribución de una identidad. En la fantasía machista, la “puta” es un ser lascivo, en cierto modo subhumano, tan deseable sexualmente como profundamente despreciable. Pero, si se admite la institución de la prostitución, la “puta” es la mujer por antonomasia. Desde esa óptica, sólo una cosa distingue a la mujeres prostituidas de las demás: las primeras tienen un precio; en cuanto a las otras, aún no ha sido fijado. De hecho, la prostitución constituye la piedra angular de la construcción de la identidad masculina bajo los parámetros de la dominación patriarcal – decisivo descubrimiento que el feminismo ha aportado al pensamiento crítico -.

Los “cabrones” así nos lo dicen cuando reivindican a “sus putas” independientemente del hecho que acudan a ellas o no. No es una cuestión de sexo propiamente dicha, sino de dominación. La existencia de una reserva de mujeres a disposición del capricho de los hombres rubrica su preeminencia en la sociedad – por mucho que ésta adhiera a proclamas o políticas de igualdad -. Y el hecho de que tal privilegio beneficie a todos los varones simplemente por serlo, contribuye poderosamente a cimentar una bárbara solidaridad viril.

La prostitución plantea el debate sobre la sociedad que tenemos y las relaciones humanas a que aspiramos. Cuando, al término de la cruenta guerra civil americana, fue abolida la esclavitud, la libertad de la población negra de los estados sureños se fundamentó en la prohibición de que ningún ciudadano americano pudiese comprar o vender a otro ser humano. Ya va siendo hora de que abordemos la cuestión de la prostitución como un urgente desafío civilizatorio. Va en ello el destino de millones de mujeres y niñas, violentadas y traficadas en todo el mundo, justamente porque los “cabrones” de todos los países siguen detentando un privilegio ancestral. Va en ello el destino de la propia democracia, que no puede ser tal sobre la base de semejante desigualdad estructural entre hombres y mujeres. Va en ello la emancipación de las mujeres y una nueva identidad de los hombres, forjada en el respeto y la empatía, y no en la brutalidad, siempre latente, de un poder de derecho divino.

Tiene razón el abolicionismo feminista al proclamar que no existen “putas”, sino mujeres en situación de prostitución. Mujeres a quienes, lejos de estigmatizar o recluir en ese universo, es imperativo restituir su dignidad y su condición de ciudadanas. Un crimen es un crimen aunque la víctima, presuntamente, consienta en ello. Hay que educar y prevenir. Hay que combatir las causas de la prostitución y los entornos que la favorecen, perseguir la explotación y desenmascarar a las industrias del sexo. Pero también habrá que acabar, por la convicción o por la fuerza sancionadora de la ley, con la arrogancia de los “cabrones”. La prostitución no es un derecho del hombre. Una sociedad democrática, por el contrario, debe proclamar y hacer efectivo el derecho de las personas a no ser prostituidas.