¿La Europa de las cuchillas o de los derechos humanos?

06 Nov 2013
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Florent Marcellesi
Coordinador de Ecopolítica y miembro de Equo

Si la Unión Europea quiere estar a la altura de su premio Nobel de la Paz, tendrá que revisar profundamente su política migratoria. Las cifras son tristemente escandalosas. Las fronteras europeas se han cobrado más de 20.000 vidas en 20 años. Solo en 2011, murieron 2.000 personas intentando alcanzar España, Italia o Grecia a través de las islas Canarias, los estrechos de Gibraltar y de Sicilia, el Canal de Otranto o el Mar Egeo. Solo en Lampedusa perecieron casi 350 personas a principios de octubre.

La respuesta del gobierno español a este drama humano ha sido vergonzosa: instalar cuchillas en las verjas que separan Melilla y Marruecos. Con esta práctica, denunciada por Amnistía Internacional y SOS Racismo, se violan de forma flagrante los derechos humanos y se pone en peligro la salud de miles de personas migrantes (como deja patente este video de Equo Melilla realizado en un campo de emigrantes). Les expone a lesiones físicas graves y refuerza el ya alto sufrimiento ocasionado por su éxodo, a menudo a manos de organizaciones mafiosas. No, el derecho a protegerse de un Estado no tendría que anteponerse nunca a la dignidad humana.

La política migratoria no es solo un asunto español. Si bien el gobierno es culpable de no respetar el derecho europeo e internacional, nuestras fronteras son ante todo fronteras europeas. Como tales, tendrían que estar bajo la responsabilidad conjunta de la Unión Europea (UE) y de la autoridad local. En este sentido, el recién aprobado “Sistema europeo de vigilancia de fronteras”, llamado EUROSUR, es decepcionante. Aunque representa una mejora bienvenida de la coordinación transnacional, privilegia los vehículos de combate no tripulados (drones) para luchar contra la inmigración, en detrimento de las patrullas marinas para salvar vidas.

Además, en el último Consejo Europeo, ha ganado de nuevo el doble lenguaje y la hipocresía: los jefes de Estado lamentan los acontecimientos de Lampedusa, pero no toman ninguna iniciativa. Más bien, como argumenta la eurodiputada verde Ska Keller, su inacción termina convirtiéndose en una visión darwinista de las migraciones. En efecto, los refugiados que encuentran cobijo en Europa han sido los más fuertes para sobrevivir a su peligroso periplo hasta Europa. Dicho de forma cruda, los hombres jóvenes tienen más capacidad de nadar que las mujeres y los niños.

Europa tiene la capacidad y la obligación legal de responder primero a la emergencia. Las personas en situación de peligro en el mar deben ser rescatadas: lo dicta el derecho marítimo internacional. Esto supone abolir las leyes inhumanas que, como en Italia, acusan de tráfico de seres humanos a los pescadores o propietarios de barco por rescatar inmigrantes. ¿Acaso hemos olvidado que detrás de “los que llegan en pateras” o “los que saltan”, hay personas? ¿No son mujeres y hombres en busca de un futuro mejor, al igual que lo eran nuestros antepasados que migraban ayer a otras partes de España y del mundo y lo son nuestros jóvenes que se van hoy al norte de Europa o Latinoamérica? Los derechos humanos, en la ONU y en la UE, garantizan a todo individuo derecho a la vida y a la integridad personal. Tal podría ser la prioridad que marque el norte de la brújula europea.

Por supuesto, estas medidas de urgencia humanitaria y de respeto al derecho internacional sirven ante todo para prevenir las pérdidas humanas. Pero no resuelven el fracaso de la política migratoria europea, hoy rehén de las visiones egoístas de cada Estado-miembro y de la obsesión generalizada por la seguridad. Sin embargo, estas visiones son caducas. El mundo es cada vez más interdependiente y las migraciones son —como recuerda la ONU— un factor esencial del desarrollo humano (a pesar de ser el último en la cola de la globalización después de la libre circulación de los capitales, bienes y servicios). Por su parte, el rico continente europeo se envejece y depende cada vez más de la mano de obra cualificada y no cualificada de la otra orilla del Mediterráneo donde la población es mucho más joven y cada vez más preparada. Por mucho que se pongan verjas y cuchillas, ¡las personas migrantes no dejarán de saltar! Existen asimetrías sociales, económicas, laborales, demográficas y ecológicas entre el Norte y el Sur que alimentan una migración estructural y regular de África a Europa. Por eso, la respuesta militarizada y el cierre de las fronteras son malas respuestas a realidades globales: solo generan y seguirán generando más inseguridad, rechazo del otro y fanatismo de todo tipo ya sea aquí o allí.

Repensemos por tanto esta realidad migratoria en base al espíritu del proyecto europeo: fraternidad, solidaridad y responsabilidad. Basemos la política migratoria en el respeto a los derechos humanos, buscando siempre una salida positiva para las personas, los países de salida y de llegada. En este sentido, apuntemos tres líneas de trabajo:

1. El derecho a la movilidad, objetivo para el siglo XXI. Es posible y deseable organizar espacios regionales de libre circulación, también a nivel mediterráneo, más abiertos, que reconozcan la utilidad de los flujos migratorios en la economía europea. Ampliemos la categoría de personas migrantes que se puede desplazar legalmente con visados.

2. La vigilancia fronteriza, competencia conjunta europea para no abrumar a los países fronterizos. En este marco, Frontex (la Agencia Europea para la Gestión de las Fronteras Exteriores de la UE) tiene que aplicar los convenios internacionales, priorizando el rescate de vidas humanas. Además, coordinemos a nivel europeo el sistema de asilo para que toda persona que necesite refugio conforme al Convenio de Ginebra pueda acceder a un procedimiento de asilo más justo en Europa.

3. El cambio de modelo de producción y de consumo en el Norte, una condición necesaria para disminuir parte de los flujos migratorios. Solo en 2011 más de 40 millones de personas migraron debido al cambio climático, fenómeno cuya mayor responsabilidad es de los países del Norte (lo que incluye la UE) y cuya carga económica recae principalmente en los países del Sur. Por tanto, construir sociedades sostenibles en el Norte y cooperar con los países del Sur en asuntos migratorios, así como luchar a nivel internacional contra la pobreza y las injusticias sociales y ambientales, son la mejor respuesta a largo plazo frente un mundo inseguro y cambiante.

La Europa de las cuchillas nos proyecta hacia un futuro de bajeza moral y de inseguridad global. Por su parte, la Europa de los derechos humanos nos abre horizontes de solidaridad y de estabilidad. Está en nuestro interés y en nuestras manos promover la segunda vía, la vía de la paz.


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