Netanyahu y la maldad

29 ene 2010
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GIDEON LEVY

Los peces gordos de Israel atacaron al alba en un enorme frente. El presidente, en Alemania; el primer ministro, en Polonia, rodeado de un gran séquito; el ministro de Asuntos Exteriores, en Hungría; su viceministro, en Eslovaquia; el de Cultura, en Francia; el de Información, en Naciones Unidas, e incluso Ayoob Kara, diputado del Likud en la Knesset y miembro de la comunidad drusa, hizo lo propio en Italia. Todos ellos se desplazaron para pronunciar floridos discursos sobre el Holocausto.

El miércoles pasado fue el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Hacía una eternidad que no se veía semejante campaña de relaciones públicas por parte de Israel. No es casual el momento elegido para llevar a cabo este inusitado esfuerzo (pues jamás habían desplegado tantos ministros por todo el planeta): cuando el mundo habla de Goldstone [informe que culpa a Israel de crímenes en Gaza], nosotros hablamos del Holocausto, como para difuminar esa impresión; cuando el mundo habla de ocupación, nosotros hablamos de Irán, como si quisiéramos que olvidasen.

No servirá de gran cosa. El Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto ha pasado; pronto se olvidarán los discursos y sólo quedará la deprimente realidad de todos los días. La imagen de Israel no mejorará ni siquiera después de esta campaña de relaciones públicas. La víspera de su viaje, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, habló en Yad Vashem. “Hay maldad en el mundo –declaró–. La maldad debe arrancarse de raíz”. Hay quienes “intentan negar la verdad”. Palabras grandilocuentes, dichas por la misma persona que tan solo un día antes, en un tono muy distinto, pronunciaba otras muy diferentes, llenas de maldad, de una maldad que habría que arrancar de raíz, de un maldad que Israel trata de ocultar.

Netanyahu habló de una nueva “política de inmigración”, una política que rezuma maldad. Maliciosamente, metió en el mismo saco a los trabajadores inmigrantes y a los infelices refugiados y advirtió que todos ellos suponen un peligro para Israel, hacen que bajen nuestros salarios, perjudican nuestra seguridad, nos convierten en un país del Tercer Mundo e introducen drogas en nuestro territorio. Apoyó con fervor a nuestro ministro de Interior, Eli Yishai, un racista que habla de los inmigrantes diciendo que propagan enfermedades como la hepatitis, la tuberculosis, el sida y sabe Dios qué más.

No hay discurso sobre el Holocausto capaz de borrar esas palabras incitantes y difamadoras sobre los inmigrantes. No hay discurso conmemorativo capaz de anular la xenofobia que ha surgido en Israel, no sólo en la extrema derecha, como sucede en Europa, sino en todo el Gobierno.

Tenemos un primer ministro que habla de maldad, pero que está levantando un muro para evitar que los refugiados de guerra llamen a las puertas de Israel. Un primer ministro que habla de maldad, pero que ha participado en el crimen del bloqueo a Gaza, el cual ya va por su cuarto año y ha dejado a un millón y medio de personas en unas condiciones vergonzosas. Un primer ministro en cuyo país los colonos perpetran pogromos contra palestinos inocentes con el eslogan “etiqueta de precio”, lo cual también tiene unas connotaciones históricas espantosas, pero el Estado literalmente no hace nada para pararles los pies.

Es el primer ministro de un Estado que detiene a cientos de izquierdistas por protestar contra las injusticias de la ocupación y de la guerra en Gaza, en tanto que el tiempo otorga un perdón generalizado para los derechistas que en su momento protestaron por el plan de retirada israelí. En su discurso, Netanyahu comparó a la Alemania nazi con el Irán fundamentalista, lo cual no deja de ser burda propaganda. Y luego hablan de “degradar el Holocausto”. Irán no es Alemania, Ahmadineyad no es Hitler, y equipararlos no resulta menos falaz que relacionar a los soldados israelíes con los nazis.

El Holocausto no debe caer en el olvido, pero tampoco hay necesidad de compararlo con nada. Israel tiene que participar en los esfuerzos por mantener viva su memoria, aunque para hacerlo ha de tener las manos limpias, limpias de la maldad de sus propios actos. Y no debe dar pie a que se sospeche que está usando con cinismo el recuerdo del Holocausto para borrar y difuminar otras cosas. Lamentablemente, no es esto lo que ocurre.

Qué hermoso habría sido que, en este día internacional de conmemoración, Israel se hubiese detenido a examinarse, a mirarse a sí mismo y preguntarse, por ejemplo, cómo es que el antisemitismo repuntó en el mundo precisamente el año pasado, un año después de que lanzásemos bombas de fósforo blanco en Gaza. Qué hermoso habría sido que, en este Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, Netanyahu hubiese promulgado una nueva política de integración para los refugiados, en vez de expulsarlos, o que hubiese levantado el bloqueo a Gaza.

Ni mil discursos contra el antisemitismo servirán para extinguir las llamas que encendió la operación Plomo Fundido, unas llamas que amenazan no sólo a Israel, sino a todo el mundo judío. Mientras Gaza siga sufriendo el bloqueo e Israel hundiéndose en una xenofobia institucionalizada, los discursos sobre el Holocausto seguirán estando vacíos de sentido. Mientras la maldad siga campando a sus anchas aquí, en nuestro hogar, ni el mundo ni nosotros seremos capaces de aceptar que prediquemos a los demás, aunque lo merezcan.

Gideon Levy es periodista israelí


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