Víctimas de ETA (1): aplausos en la investidura y mordazas en la legislatura

24 Nov 2016
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Víctor Sampedro
Catedrático de Comunicación Política, sus obras pueden consultarse en www.victorsampedro.com

La Audiencia Nacional ha procesado por terrorismo a unos jóvenes de entre 19 y 24 años por agredir a un sargento y un guardia civil en un bar del pueblo navarro de Alsasua. Aunque ETA cesó su actividad hace cinco años, sigue generando nuevas víctimas. Los verdugos etarras anteriores fueron un par de titiriteros y nueve abertzales beodos, siete de ellos en prisión, les toman el relevo. Son ejemplos de como las víctimas de ETA han sido utilizadas en el combate político, algo que por la gravedad de la afirmación, necesito demostrar en tres entregas. Esta primera hace referencia a la estrategia de fondo que consiste en estigmatizar a la oposición parlamentaria al nuevo Gobierno de Rajoy… Ahora se dirige contra Uxue Barcos y el gobierno de coalición que preside en Navarra.

Recordemos. El último debate de investidura dejó – entre otras muchas – una escena reveladora. Para reprochar el apoyo “pasivo” del PSOE a Rajoy, el diputado de ERC, G. Rufián y O. Matute de Bildu recordaron a Lasa y Zabala, dos presuntos miembros de ETA que con 18 años fueron secuestrados, torturados, asesinados y enterrados en cal viva en 1983 con F. González de presidente. El diputado catalán arrancó su intervención señalando que el PSOE siempre da “una de cal y otra de arena”. A lo que Matute añadió que “todavía huele a cal viva”. Antonio Hernando, el portavoz socialista, respondió: “El PSOE ha vertido sangre, sudor y lágrimas para que hoy él [Rufián] esté hoy…”.

Impulsadas por un mismo resorte, las bancadas del PP, PSOE y Ciudadanos se levantaron a aplaudir. Dicen que a las víctimas de ETA. Pero el gesto pretendía marcar como antagonistas a los adversarios del “partido único” que sostiene a Rajoy en el poder. El objetivo implícito era representar a Podemos y a los nacionalismos periféricos como aliados irreconciliables con un proyecto democrático. Son los actores que P. Sánchez (y cualquiera en su sano juicio) sabe imprescindibles para formar una coalición que hubiese aupado y hecho viable un gobierno progresista. La ovación a tres bandas trataba de desmarcarlos, marcarles como anti-sistema, expulsarles del campo de juego de lo políticamente legítimo, en el borde de la legalidad.

Piensen en los efectos que en la próxima legislatura va a tener el solapamiento de la ley mordaza en la calle y la criminalización de la oposición. Si ésta sigue con la lengua absuelta puede, como quedó de manifiesto con A. Otegi, acabar en un calabozo e inhabilitada para la representación política. Veremos en qué desembocan los procesos judiciales contra varios cargos del independentismo catalán. Pero la guerra sucia de Interior contra el nacionalismo catalán y Podemos sigue librándose sin coste político para sus responsables y en connivencia con fiscales anticorrupción, policías, espías y pseudo-periodistas. En suma, profesionales de las cloacas del sistema y de la mentira pública.

Siguen vigentes las libertades políticas, pero asusta su precariedad y, sobre todo, la falta de consciencia y coraje que se perciben para defenderlas. Mientras la manifestación de “Rodea el Congreso” era diezmada por la Ley Mordaza, la oposición parlamentaria fue criminalizada por ejercer de tal y no aplaudir al PSOE. Ahora la trifulca nocturna de Alsasua se considera un acto terrorista. Se intenta criminalizar al gobierno navarro del cambio, una coalición arcoiris que no debe conocerse ni replicarse en el resto de España. No vaya a ser que un sorpasso de Podemos al PSOE, algo que pudiera ocurrir pero que todos dan ya por imposible, desemboque en algo semejante y a escala nacional.

Que los representantes de Podemos se quedaran sentados y no aplaudieran a Hernando ha sido motivo de escándalo generalizado. Incluso en medios supuestamente progresistas donde ese discurso en principio sería impensable (y no me refiero a El País). Desde la banca podemita se hicieron gestos señalando que la “Triple Alianza” (PP+PSOE+Cs) se ovacionaba a sí misma y esto resultó inadmisible. Interpelados desde los bancos de Ciudadanos – “Vosotros estáis con los terroristas” – se enzarzaron en una muy poco edificante disputa. José Manuel Villegas, vicesecretario general de Ciudadanos y uno de los más activos en la bronca, explicaba en El País (¿dónde si no?):  “En un momento en el que aplaudíamos una referencia a los demócratas que habían vertido su sangre, algún representante de Podemos ha gesticulado haciendo mofa de que estuviéramos aplaudiendo juntos […] Y les he dicho que los que no están con las víctimas están con los terroristas”.

Repasemos: Hernando y el PSOE se arrogan “la sangre, el sudor y las lágrimas” derramados por la democracia. PP y Ciudadanos les/se ovacionan. Los tres partidos se identifican como protagonistas y albaceas del sacrificio de las víctimas. Quien no se une es catalogado de “estar con los terroristas”…. que, insisto, no están ni se les espera desde hace cinco años.

Propongo esta lectura: el PSOE se auto-retrata como víctima sacrificatoria de la democracia. El mismo sentido de Estado que le hizo mártir de ETA le obliga ahora a aceptar a Rajoy. Los partidos que le deben la posibilidad de gobernar le/se arropan calurosamente. Juntos patrimonializan los fluidos del dolor con los que – ¿ellos solos?– parieron la democracia. El resto: adversarios a excluir y enemigos a batir.

Nunca será suficiente el reconocimiento al sacrificio de los cargos políticos que sufrieron la violencia ETA. Sin olvidar, claro, a todos los demás que padecieron esa sinrazón. Lo cuestionable, como intentaré exponer en siguientes entregas, es el uso que se hace de su ejemplo y memoria. La democracia por la que cayeron no se merece que se les emplee para devaluarla, degradando las libertades que el asesinato les arrebató. En todo caso, la zafiedad y la falta de altura no son patrimonios exclusivos de podemitas e independentistas. Campan a sus anchas en el hemiciclo desde hace décadas. Y hubieran merecido una respuesta diferente, con argumentos y sin palmas. Dialogando, sin aspavientos ni exclusiones. Por cierto, perseverar en una política de gestos y gesticulaciones podría ser una de las peores inercias para quienes pretenden erigirse en portadores de una nueva política.

Incontables editoriales y columnas de opinión aplicaron la regla no escrita que usa las víctimas (de ETA) como mordaza. Es una ley del silencio fundacional de la Transición. Identifica etarras detrás de todo conflicto que cuestiona de plano el régimen del 78, la trama de intereses y la estructura de poder que sostiene. Esa ley mordaza se aplica con tres maniobras retóricas. Primero, se capitalizan las víctimas: algunos políticos se ponen a la cabeza, en primer lugar de las listas electorales y en las plazas preferentes de los homenajes. Mientras, sitúan al resto de los afectados como reclamo en la cabeza de las manifestaciones. El propósito no es tanto visibilizar su sufrimiento o ensalzar su valor, como arrogarse su representación. Si pudiera ser, en exclusiva. En segundo lugar, tras esta puesta en escena, se decreta “la beligerancia con el terrorismo” (Gallardón, sí, Gallardón dixit). Se trata de una lucha sin tregua ni cuartel, de enemigo borroso y al que se le condena por pecados de omisión, convertidos en delitos de expresión. Se estigmatiza así no ya a quien justifica o enaltece el terrorismo, sino también a quien no lo condena de forma explícita o de alguna forma (pacífica) defiende objetivos políticos semejantes (incluyendo la independencia). Por último, la derecha y el nacionalismo españoles se sienten muy cómodos en este campo de juego. Como veremos se quitan el bozal cuando les conviene y le arrojan al PSOE la cal de los GAL.

En las dos siguientes entregas aportaré datos de un estudio académico que evidencia cómo se ha instrumentalizado políticamente la cobertura mediática de las víctimas de ETA.


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