Historia del ‘no es no’

18 Ago 2017
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Marta Nebot
Periodista

Es curioso que, aprendiendo a decir no antes que sí, de manera instintiva, luego se ponga tan difícil la negación. El no, aún sin saber hablar, nos sale solo a todos cuando queremos evitar que nos metan el chupete, el biberón o la cuchara en la boca, siendo recién nacidos. Esa forma primigenia del no ya implica un acto de defensa, una confrontación. Aprendemos pronto que es más fácil decir que sí.

Sin embargo, el no es tan necesario… En realidad tanto como su antónimo. Solo quien sabe decir no puede decir sí seriamente.

Hay muchos tipos de no. Muchos. El “no es no” es un eslogan feminista ya viejo que sigue vigente. En 2009 Naciones Unidas organizó una campaña internacional protagonizada por Nicole Kidman con él y dio la vuelta al mundo. Hoy el “no es no” vuelve a estar de moda porque se sigue abusando de las mujeres y porque es una idea indiscutible y muy potente. Dice tanto con tan poco.

El año pasado Pedro Sánchez lo cogió prestado con mucho éxito. Aplicarlo como lo hizo fue brillante. La analogía convertía a Mariano Rajoy en violador y a todos los que se opusieran al no, en  cómplices.  Aquella batalla la ganó la víctima. En breve veremos si su “no es no” lo era más allá de su victoria.

Este verano varios ayuntamientos de España lo han recuperado para tratar de evitar los abusos sexuales que se multiplican en las fiestas estivales fruto del exceso de alcohol y drogas en grandes aglomeraciones, que da rienda suelta a instintos incontrolados por la cultura machista y viejuna que todavía, inconscientemente muchas veces, llevamos puesta en los ojos, en los oídos y (lo que es peor) en la cabeza.

La diferencia entre la campaña de la ONU de 2009 y ésta es significativa. Aquella pretendía concienciar a las mujeres de que se puede decir que no en cualquier idioma. Quería contarnos a todas que en cualquier lugar del mundo una violación es una violación y un abuso un abuso, diga lo que diga la cultura de muchos países y la presión social que empuja a decir sí a lo que todas sabemos que son torturas y que no pueden hacer feliz a nadie, ni siquiera en nombre de la tradición.

Ahora, más allá de que en el mundo las mujeres sigamos siendo ciudadanos de segunda en muchas regiones, aquí se ha recuperado el eslogan para otra cosa. La idea es dirigirse a tod@s para que el “no es no” se convierta en una consigna colectiva, al menos, en el presunto primer mundo. Recordemos que una consigna, según la RAE, es una directriz que se imparte a los integrantes de un colectivo organizado. Es la misma idea esperanzadora de la última campaña contra el bulling, ideada por el enorme Langui, con el eslogan “Se buscan valientes”.  Se trata de hacer grupo, de construir sociedad, de ser algo más que individualidades.

Mi hijo, de seis años, el otro día, sin venir a cuento, me preguntó en una cola para coger un tren en una estación:  “Mamá, ¿en el mundo que hay más:  buenos o malos?” Debo de tener ya músculo para contestar a sus grandes dilemas filosóficos disparados a bocajarro en situaciones imposibles, porque le contesté sin pensarlo: “Buenos. Porque si no sería el caos, estaríamos todos peleando con todos todo el rato”. El señor de delante en la fila se giró y me miró con gran aprobación. Entonces, me quedé pensando.  Sí, somos más los buenos pero podríamos conseguir más para muchos. Quizás a los buenos se nos esté olvidando cómo se consiguió lo que tenemos y cómo hay que pelear para no perderlo y para seguir avanzando.

Volviendo al “no es no”, de momento deberíamos seguir luchando porque se respete una negativa. Porque el hecho de que ellos puedan forzarnos y de que a la sociedad todavía haya cosas que no le parezcan para tanto, no nos disuada de decir no alto y claro. Por ejemplo, Taylor Swift  acaba de ganar una batalla legal larga para sacarle un euro a un locutor que le manoseó el culo. David Mueller se lo tendrá que abonar  como compensación simbólica. Ella ha declarado que lo peleó para que otras no se sientan indefensas y peleen también, aún con menos armas, contra estas cosas.

Y cuando consigamos que el no sea no, habrá que ir a por lo siguiente:  el quizás. Es decir, que cambiar de opinión no sea un agravante. Las últimas sentencias en España han dictado sin piedad que en esto las mujeres no tenemos derecho a cambiar de opinión. Lamentablemente si te metes en la cama con alguien a él se le pueden quitar las ganas y dejarte a ti con las tuyas, al revés, según la judicatura española, no.

Los abusos de poder, las injusticias (sean las que sean:  sociales, raciales, de género…) son los muros que deberíamos seguir empujando, vergüenza del siglo XXI y del ser humano. La historia nos cuenta que algunos muros han caído pero quedan tantos y solo cuando se ha luchado mucho (con todo) y juntos han ido retrocediendo y no avanzando-


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